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El robledal de Albuñuelas, una singularidad de la naturaleza

Artículo de Jorge Castro. Catedrático de Ecología de la Universidad de Granada

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En la cara norte de la Sierra de Almijara, muy cerca de la granja escuela Huerto Alegre, encontramos un bosque inesperado, algo que rompe la lógica de las montañas y los paisajes de esta comarca y cuyo origen es el resultado de la fusión entre el tiempo, las fuerzas telúricas y el clima: el robledal de Las Albuñuelas.

Robles los hay de diversas especies, pero el que aquí crece es el único capaz de vivir en el sur de España. Se trata del “roble melojo”, un árbol de hoja caduca que, como las encinas o los alcornoques, produce bellotas. Todos ellos son especies emparentadas, pero las que dominan el paisaje de nuestros montes suelen ser de hoja perenne, pues producir hojas nuevas cada año es un lujo que sólo las plantas que habitan sitios relativamente húmedos se pueden permitir. Aquí reside, pues, la primera peculiaridad de este bosque: a pesar de que el clima general de la zona no es apropiado, en este enclave confluyen precipitaciones ligeramente más altas y nieblas que suben desde el mar y se derraman por la falda norte de la Sierra de Almijara. El roble encuentra así una “isla” climática que permite su crecimiento.

La distribución de las plantas está igualmente determinada por características del suelo y de las rocas. Las hay que pueden vivir en suelos ácidos, otras en terrenos de caliza, o incluso otras que no pueden vivir sobre determinados tipos de rocas. Aquí reside otra de las sorprendentes peculiaridades que hacen posible la existencia de este bosque. El terreno que lo circunda está formado fundamentalmente por rocas calizas y dolomías. Ninguna de ellas permite el crecimiento de este árbol. Y sin embargo, el robledal llena los fondos de los valles como ramas que confluyen en un tronco. La razón, como otras muchas cosas en la naturaleza, hay que buscarla en la historia de la Tierra y se remonta a tiempos geológicos. El roble melojo crece sobre rocas metamórficas (esquistos, cuarcitas, pizarras…) como las que hay en el corazón de Sierra Nevada. Estas rocas se formaron durante decenas de millones de años por la acumulación de materiales y grandes presiones en un lecho marino que se ubicaba entre Europa y África, y sobre ellas se formaron otras rocas más blandas, sedimentarias, como las calizas y las dolomías que dominan el paisaje de Las Albuñuelas. Es como una tarta con una capa de chocolate negro en la base (las rocas metamórficas) y otra de chocolate blanco encima (las rocas sedimentarias). Posteriormente, todos estos materiales fueron comprimidos durante la orogenia Alpina por el lento pero persistente acercamiento entre la placa tectónica africana y la placa euroasiática, originando lo que hoy día son las cordilleras Béticas (además de los Pirineos, Alpes, y otras muchas cadenas montañosas). En el centro de Sierra Nevada, por su mayor altitud y antigüedad, la capa de arriba se erosionó por completo y el “chocolate negro” afloró por encima del “chocolate blanco”. En la mayor parte de las montañas Béticas (como Almijara, Tejeda, Las Albuñuelas, los Güájares, etc.) la capa de rocas sedimentaria sigue estando encima de las metamórficas. Pero a veces, por diversas razones, como una erosión particularmente intensa en zonas más bajas o una peculiaridad en el proceso de plegamiento, se abre un hueco en los estratos geológicos más modernos que deja aflorar el material subyacente. A esto se le llama “ventana tectónica”, y es otra de las razones que permite que hoy día exista el robledal de Las Albuñuelas: las rocas metamórficas que requiere este árbol afloran aquí, y sólo aquí, por casualidades casi inexplicables.

Ya está casi todo aclarado, pero no se nos puede pasar un detalle: ¿cómo han llegado aquí los robles? Los más próximos están en Sierra Nevada, donde ese tipo de rocas y el clima necesario son más comunes. Pero están a decenas de kilómetros, y las bellotas no vuelan. O sí. Los arrendajos y las urracas, aves espectacularmente bellas e inteligentes, dispersan las bellotas a larga distancia. Recogen miles de bellotas cada otoño, las transportan en su pico y las esconden para comérselas poco a poco a lo largo del invierno. Pero todos los años se olvidan algunas, o puede que escondan más de las que finalmente necesitan, y como resultado actúan como dispersores de los árboles que producen bellotas. Son tan importantes para estas plantas que no se puede explicar la expansión de los encinares, robledales o alcornocales sin el concurso de estas aves. Si visitamos el robledal de Las Albuñuelas con atención, veremos que centenares de metros antes de llegar a él hay pequeños robles creciendo bajo matorrales, al lado de piedras o al lado de troncos de pinos, hitos visuales que las urracas y los arrendajos utilizan para recordar dónde escondieron las bellotas. No sólo llevaron allí a los robles hace decenas de miles de años, sino que siguen favoreciendo que el robledal se expanda allá donde encuentre condiciones apropiadas de suelo y de clima.

La naturaleza es un crisol de pequeños detalles, y los pequeños detalles dictan el funcionamiento de todo el conjunto, desde un modesto bosque hasta el ecosistema Tierra. Conviene por tanto cuidar los pequeños detalles. Conviene preservar este robledal, esta singularidad de nuestras montañas.

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