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Dos restabeñas en el Desembarco de Normandía

El golpe de estado del 18 de julio de 1936 y la opresión y censura de libertades que trajo consigo convierten a la familia Jiménez Morillas en un objetivo sobre la que se descargó una brutal represión

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El pasado día 11 de marzo, entre los actos programados para la celebración del Día de la Mujer en El Valle, el Ayuntamiento cumplió con el acuerdo plenario de denominar con nombres de vecinas a varias calles del municipio. Un hito histórico y un acto de justicia significativo que da visualización colectiva a la inclusión de la Calle Hermanas Jiménez Morillas en la nomenclatura urbana de Restábal. Mujeres silenciadas y olvidadas que vivieron la época más dura, cruel e injusta de la reciente historia de España, y con las que toda la sociedad tenemos una deuda histórica. Biografías imprescindibles y cargadas de valores gracias a los cuales hoy nosotras somos mujeres libres, valientes, comprometidas y trabajadoras.

Los acontecimientos históricos que viven Ángela y Rosario Jiménez Morillas tienen su origen en los años treinta del siglo XX en Restábal, donde vivía el matrimonio formado por Juan Jiménez y María Ortega con sus hijos Trinidad, José, Ángela y Rosario. Una familia de clase media alta, propietarios agrícolas y de El Ventorrillo, negocio que era atendido por la madre María y sus hijas Trinidad y Ángela, donde daban hospedaje y comida a arrieros, transeúntes y viajantes, gozando de buen prestigio entre la clientela por el trato y la buena comida que dispensaban. La holgada posición económica de la familia permitió que Rosario y José estudiaran magisterio. Rosario, estudiante brillante, inteligente, culta, reflexiva y con una enorme visión de futuro, terminó la carrera en 1936. Los años que permanece estudiando en Granada junto a otras compañeras entra en contacto con los círculos intelectuales de la cultura granadina. Impregnada por los valores e instrucciones de la Institución Libre de Enseñanza, se implica en sus proyectos. Con el advenimiento de la II República en abril de 1931, junto con otras maestras, maestros y estudiantes de Restábal, se convierten en el soporte ideológico y organizativo del recién creado Centro Obrero, ayudando a las trabajadoras y trabajadores en la defensa de la legalidad laboral aprobada por la nueva legislación vigente, participando y reivindicando junto a otras mujeres del pueblo la dignificación del trabajo y el cumplimento de la subida de salarios de las jornaleras en las diferentes especialidades agrarias, en la aplicación de medidas socio sanitarias y de protección de la mujer y la infancia, y, en la defensa del voto femenino. De forma abnegada lucha contra los altos índices de alfabetización de las mujeres, enseñándolas a leer y escribir y acercándolas a la cultura. Junto a un grupo de jóvenes entusiastas restabeñas bordan la bandera republicana para el centro obrero. La labor que desempeñó el magisterio republicano en estos pueblos fue inmensa y conviene recordar que es mucho lo que le debemos a ese colectivo.

El golpe de estado del 18 de julio de 1936 y la opresión y censura de libertades que trajo consigo convierten a la familia Jiménez Morillas en un objetivo sobre la que se descargó una brutal represión. En los primeros días son detenidos José y Serafín, esposo de Trinidad, rápidamente juzgados, sentenciados a muerte y fusilados el 16 de septiembre en Granada. La familia queda sumida en un profundo duelo que se vio interrumpido el día 23, cuando a las 9 de la mañana la brusca frenada de vehículos y los golpeantes chasquidos de fusiles de guardias de asalto y falangistas del pueblo llamaban a la puerta. Alertadas, Ángela y Rosario saltan por una ventana trasera de la vivienda y se esconden entre las matas de maíz de una huerta lindera, mientras la casa es registrada, detienen a su madre María y a Trinidad, que son subidas a un camión en el que comparten espacio con otras dos vecinas, Encarnación García y Virtudes Palma; las cuatro fueron fusiladas ese mismo día en Nigüelas, quedando en total desamparo su padre, que sufría una ceguera progresiva. Al mediodía salen de su escondite y comienzan la huída sorteando calles, camino de la sierra la atraviesan y llegan a Güájar Faragüit, zona republicana, donde coinciden con numerosas familias huidas de la comarca y con varios paisanos. Rosario se dedica a impartir clases a los niños y Ángela participa en labores de cocina y mantenimiento en el Comité que las acoge. En febrero de 1937, con la invasión de Málaga por el ejército sublevado, huyen hacia Motril, junto a los refugiados de la Desbandá, sorteando los continuos bombardeos de la aviación y los barcos de la Armada llegan a Almería. Instaladas en el puerto a los pocos días embarcan hasta Valencia, y aquí comienzan andando otro largo camino hasta Cataluña. En Gerona se refugian en los bosques y pinares cercanos a la frontera francesa. En los primeros días de enero de 1939 pasan a Francia, antes del gran éxodo de exiliados, lo que las libró del confinamiento en los campos de internamiento que se instalaron en el sur del país galo. La acogida que les proporciona una organización humanitaria las traslada en tren hasta Normandía, instaladas allí, en 1940 escriben a Restábal y reciben la noticia del fusilamiento de su madre y hermana, quedando su padre al cuidado de un familiar. Jamás volverían a abrazarse con él.

España quedaba atrás, otro país, otro cielo y otro paisaje las recibía. Tuteladas por la Organización comienzan a prestar ayuda humanitaria en varios pueblos de Normandía. El 3 de septiembre de 1939 Francia declara la guerra a Alemania y en mayo de 1940 el ejército de Hitler invade el país. Comienza aquí otra gran odisea al verse inmersas en la II Guerra Mundial. Testigos de la encarnación del mal absoluto, la barbarie uniformada del avance alemán, la ocupación de pueblos, la construcción de guetos y la deportación de miles de personas a los campos de exterminio, de los que se libran gracias a su trabajo y a la protección de la organización. En varios pueblos normandos desarrollan una gran labor humanitaria con los más desfavorecidos, ancianos, niños, enfermos… en un cruel ambiente de hostilidades bélicas, que van aumentando en la primavera de 1944, cuando los países aliados preparan la gran ofensiva que liberó a Europa del nazismo.

La noche del 6 de junio de 1944 (el día D como se denomina históricamente), las tropas aliadas cruzan el Canal de la Mancha, por la mañana, la niebla, el espanto y el rugir de ametralladoras de ambos frentes sembraban las playas y acantilados de Normandía con sangre de miles de soldados de distintas nacionalidades. La población civil sufría los bombardeos de incursiones aéreas de ambos ejércitos, pueblos y ciudades quedaban reducidos a escombros, los combates cuerpo a cuerpo recrudecían aún más el conflicto entre la población civil, ante la disciplinada resistencia de los soldados alemanes. Infinitud de personas a la fuga, desesperadas en su restringida libertad a causa de la nula previsión de las autoridades a la hora de evacuar los perímetros urbanos, el infierno instalaba un trauma colectivo mientras se sacudían los cimientos de los edificios y las víctimas civiles se contaban por miles ante la total devastación. Once largos días de lucha, asedio y destrucción, sumidos en un caos colectivo donde supervivientes, voluntarios, liberados, Cruz Roja, organizaciones humanitarias y las hermanas Jiménez Morillas, participaron en el rescate y traslado de heridos, improvisaron hospitales, puestos de asistencia, donde con cara de pánico se certificaba una muerte, se curaba una herida, se taponaba una hemorragia o se encendía el último cigarrillo a un moribundo. Una sucesión de situaciones extremas en las que mujeres y hombres fornidos de repente comenzaban a llorar como niños, no reivindicaban más privilegio que el de no morir y contribuir a que el aire y ellos fueran más libres, y por fin el 7 de mayo de 1945 el final de la II Guerra Mundial, los hizo libres.

Tras el apocalipsis bélico que supuso el Desembarco de Normandía, vendrían meses y años de duro trabajo para levantar un país desolado por la guerra. Ángela y Rosario se desplazaron por varios pueblos y ciudades de Francia, fijando definitivamente su residencia en Burdeos y comenzando allí una nueva vida. Sus biografías son largas e intensas en acontecimientos, experiencias, recuerdos y vivencias que escribirían más de un libro. Ángela falleció sin poder volver a España, Rosario pudo hacerlo por primera vez en 1980. En el año 2000, en una de sus visitas, la corporación municipal que entonces regía el Ayuntamiento de El Valle, las nombro Hijas Predilectas, un acto que culminó con una jornada de convivencia con los mayores de Restábal, donde Rosario pudo reencontrarse con amigas y amigos de infancia y juventud, recordaron tiempos y experiencias pasadas. En agradecimiento, abrió su intervención con dos grandes palabras: “Sin odio, pero con recuerdos vuelvo a mi pueblo, por el que luché y al que siempre llevo en mi corazón”.

Hoy con la guerra de Ucrania estamos viviendo momentos que no se alejan de los aquí relatados, y que creíamos imposibles de repetir en el tiempo, el éxodo y exilio de un pueblo que quiere la paz. No olvidemos que la ausencia es una forma muy dolorosa de estar presente. Las Hermanas Jiménez Morillas, como muchos otros exiliados españoles, fueron héroes en la liberación de Francia, del fascismo y del nazismo. Son muchos los nombres que hay en nuestros pueblos en el campo del olvido institucional y que con el rigor histórico de la época en la que fueron actores debemos recuperar y dignificar para el bien de las generaciones futuras.

A la memoria de Ángela y Rosario, a su legado familiar y cultural, a su entrega, generosidad y valores humanos. Aunque descansan lejos, bajo la tierra que las acogió y a la que ellas también amaron, su luz y sus estrellas siempre brillarán en el universo de Restábal.

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