“No tenemos una bola de cristal”

Al comienzo de la semana, Raúl le plantea a su pareja, Ana, la posibilidad de salir a cenar juntos el
viernes por la noche. A ella le apetece el plan, así que acepta de buen gusto. El miércoles, las
compañeras de trabajo de Ana le proponen salir juntas el viernes por la noche al sitio nuevo en la
ciudad al que Ana lleva semanas queriendo ir. Ana le dice a sus compañeras que sí y empieza a pensar
hacia sí misma cómo se lo va a decir a Raúl. Entre tanto pensarlo, llega el viernes por la tarde y Ana
aún no le ha comentado nada. Ambos llegan a casa del trabajo y, Raúl, le pregunta a Ana que a dónde
le gustaría ir a cenar. Es en ese momento, Ana, nerviosa por la situación, le dice a Raúl cuales son sus
planes. Raúl se mantiene en silencio, pero, finalmente, le dice a Ana que no importa y que se divierta.
Nada más lejos de la realidad, Raúl está muy molesto, pero no lo expresa. Ana suspira aliviada y se
dispone a arreglarse. Desde ese momento, cada vez que Ana se dirige a Raúl, él le contesta en tono
seco y apagado. Ana se da cuenta y le pregunta a Raúl que si le pasa algo. Él responde que no, no le
pasa nada, pero Ana insiste, a lo que Raúl contesta: “tú sabrás”. Después de un largo tira y afloja, Ana
sale con sus compañeras, pero la sensación amarga no la deja disfrutar al completo de la noche y,
Raúl, se queda en casa, sin dejar de pensar en lo sucedido.
¿Qué ha pasado? Como espectadores externos, es posible que hayáis vivido alguna situación similar.
Seguro que muchos de vosotros estáis incluso pensando en quién tiene la culpa de lo que acaba de
suceder. Spoiler: la “culpa” la tiene la falta de comunicación. En cualquier relación, ya sea de pareja,
familiar o de amistad, a veces tomaremos decisiones que, en ocasiones, podrán afectar a la relación y
a cómo nos sentimos dentro de ella. Como toda relación, esto es cosa de dos; no puede continuar si
ambas personas no la sostienen. El elemento clave sobre el cual se apoya cualquier relación es la
comunicación. Tomando como ejemplo la situación anterior, si Raúl no le comunica a Ana que está
molesto y por qué lo está, Ana no puede saberlo. Vale, puede intuirlo ante su actitud, pero si no
conoce el motivo, ¿cómo pueden ambos gestionar su malestar?
Hay que tener en cuenta algo muy importante: las personas no tienen una bola mágica de cristal para
saber cuándo algo nos ha sentado mal. Si la decisión o el comportamiento que ha tenido el otro no se
notifica, lo más probable es que vuelva a ocurrir y que el malestar que sentimos dentro de esa
relación sea constante. Dicho de otro modo, si el problema no se pone sobre la mesa, es imposible
encontrarle una solución. Solución que ha de ser conjunta. Y no, decir “tú sabrás” no es una forma
adecuada de expresión emocional. La comunicación ha de ser asertiva, no pasivo-agresiva. Mucho
menos, agresiva, como la que se suele dar durante una discusión. En la mayoría de las ocasiones, se
tiende a priorizar el transmitirle a la otra persona que su conducta “está mal”. Los juicios de valor
como estos sobre el comportamiento de otros dan a entender que percibimos mala intención en lo
que hacen. Y si algo no nos gusta que nos digan es que actuamos con maldad… así que, toca ponerse
a la defensiva y que comience la batalla por ver quién lleva razón. Creo que no hace falta que diga que
esto, como método de resolución de problemas, es bastante ineficaz.
Esto nos lleva a otra cuestión: ¿por qué es tan difícil la comunicación ante este tipo de situaciones? La
respuesta más común deriva de la inseguridad al pensar que la relación puede tambalearse si se
tienen conversaciones incómodas. Por otro lado, nadie nos enseña a comunicarnos, a expresar
nuestras necesidades y a reconocer nuestras emociones y las de otras personas.
Desafortunadamente, las conversaciones incómodas son necesarias para transmitirle a la otra parte
nuestras necesidades y que puedan comprenderlas, de la misma forma que podemos conocer qué
necesita y cómo podemos satisfacerlas. Si estas necesidades las expresamos durante una discusión, es
imposible comprenderlas. En mitad de un juego de “y tú más” y con predominancia de emociones que
nublan la razón, como la ira y la rabia, no se contemplan como necesidades, sino como “cosas que me
estás echando en cara”.
Aquí es donde entra la comunicación asertiva, calmada y comprensiva. Debemos buscar y crear el
espacio adecuado para transmitir nuestras necesidades y lograr el objetivo necesario para la
estabilidad en una relación: llegar a acuerdos. Sí, sé que de la teoría a la práctica hay un abismo, pero
nunca es tarde para entrenar la comunicación. Pero cuando estas conversaciones son fructíferas, cada

vez se hacen más cómodas y consiguen, no solo que el vínculo se refuerce, sino que el verdadero
objetivo de la comunicación adquiera la forma que, verdaderamente, hace posible una buena
relación: la confianza.