El mundo al revés, ¡el demonio se ha largado… y yo casi me voy detrás!

El pasado 30 de mayo, la honorable y ligeramente artrítica compañía Mira de Amescua, a la que tengo el placer y el honor de pertenecer, estrenó en Dúrcal el Auto Sacramental de Manuel Benítez Carrasco: “Castillo de Dios”

El pasado 30 de mayo, la honorable y ligeramente artrítica compañía Mira de Amescua, a la que tengo el placer y el honor de pertenecer, estrenó en Dúrcal el Auto Sacramental de Manuel Benítez Carrasco: “Castillo de Dios”. Una obra tan bonita, tan llena de ternura, amor y mística celestial que, si San Pedro la hubiera visto, seguro que nos abría las puertas del cielo sin hacer cola.

La música celestial, los cantos polifónicos, las túnicas bien planchadas… Todo hacía pensar que aquello sería un espectáculo glorioso. ¿Y qué podía salir mal? Bueno… digamos que algunas cosas se torcieron con bastante estilo.

Los ensayos comenzaron en septiembre de 2024 en el Salón de Actos del Instituto Padre Manjón. Allí disfruté como un niño chico —uno de esos niños de 70 años que se sabe el calendario de vacunación mejor que los diálogos—, rodeado de actores con más tablas que una carpintería.

Y aunque voy a cumplir 71 primaveras (bueno, algunas ya eran otoño), no soy de los más mayores. ¡Había quienes recordaban haber hecho de figurantes en la Primera Pascua! Aun así, ahí estábamos todos, memorizando textos larguísimos, complejísimos, casi en arameo, con un entusiasmo admirable y más profesionalidad que un actor de Shakespeare… aunque con menos flexibilidad lumbar.

El problema me llegó cuando Luzbel, interpretado con maestría por el gran Antonio Pérez Casanova —una leyenda viva del teatro granadino—, tenía que caer derrotado ante mí. Yo interpretaba, nada menos, que a Jesucristo. Tranquilito el papel, ¿eh? Solo tenía que vencer al demonio en directo. ¡Fácil!

Por precaución (y por sentido común), en los ensayos evitábamos que los personajes se tiraran al suelo. Especialmente en las escenas donde Luzbel tenía que sucumbir ante el poder celestial del Conquistador (un servidor). La escena era imponente, sí… pero con margen de seguridad.

Llega el día del estreno. Todo marcha de maravilla. El público, entregado; la música, divina (literal); los actores, inspiradísimos.
Acto primero: perfecto.
Acto segundo: sublime.
Acto tercero… apoteosis… o apocalipsis.

Mi momento cumbre llega: la confrontación final con Luzbel. Yo, con la túnica al viento, mirada celestial. Él, con su porte infernal. El duelo dialéctico arranca… hasta que creo —o al menos esa fue mi impresión— que Luzbel se equivoca en una frase clave. Dice algo que no estaba en el guion (ni en los Evangelios, ni en el Apocalipsis), y yo, claro, me quedo en blanco. Tan blanco que parecía recién resucitado.

Intento mirarlo para ver si me daba una pista con la mirada… pero ¡había desaparecido! Nada, ni rastro. Me entra el pánico. ¿Ha huido? ¿Se ha arrepentido? ¿Ha hecho mutis por el limbo?

Intento entonces escuchar al nuevo apuntador, mi buen amigo Pepe —el Poder en la obra—, pero estaba tan lejos que parecía en otra parroquia. Y su voz… profunda, grave, cavernosa. Más que ayudarme, parecía que me hablaba desde la tumba de Molière.

Recuerdo que me había dicho:
No lo repases más, Antonio. Si se te olvida, yo te lo chivo.

Pero en ese momento no escuché nada. Ni una pista. Ni una sílaba. Supongo que, al darse cuenta de que no lo oía, confió en que mi memoria me sacaría del atolladero. Fue… demasiado optimista.

Desesperado, nervioso, miro a mi alrededor… ¡y por fin localizo a Luzbel! Estaba tirado en las escaleras, como dictaba la escena, pero claro… en los ensayos nunca lo había hecho. Así que, en ese momento de tensión, yo pensé que se lo había tragado el inframundo.

Me recompongo como puedo, termina la escena, y llega el momento más solemne: yo, como Jesús, abriendo los brazos al cielo para anunciar el premio al ser humano de la vida eterna. Inmediatamente después, todos debíamos arrancar a cantar un precioso canto polifónico.

Peeero… se le olvidó al encargado dar el tono con la flauta. Y claro, sin flauta no hay gloria.

El técnico de sonido, muy bienintencionado, decidió poner por su cuenta música clásica. Pero no la que tocaba. Sonó algo muy solemne que no tenía nada que ver. Yo, con los brazos en cruz, cara beatífica y labio torcido tratando de disimular, susurro a Antonio Serrano (que hacía de Adán y estaba a mi lado):

¿Qué hago ahora? ¿Me echo a volar?

Y él, con más reflejos que un ángel en prácticas, se gira al público y dice:

Señoras y señores, ha habido un pequeño error. Aquí acaba la función.

¡Y ovación! ¡Bravos! ¡Aplausos! ¡Viva el teatro!

Yo, mientras tanto, me vine abajo. Último en llegar a la compañía, con uno de los papeles clave, y convencido de que había ignorado al diablo como quien deja un WhatsApp en visto. Pero mis compañeros, con su cariño y experiencia, me animaron al instante.

Porque sí, puede que en plena escena me pusiera a buscar al diablo como un loco por el escenario… y acabara encontrándolo hecho una morcilla en las escaleras. Pero así son las cosas del teatro: inesperadas, emocionantes y, a veces, divertidísimas. Y a pesar de todo… fue una representación preciosa.

Ese día aprendí algo nuevo: el teatro es magia. Y a veces, también, comedia divina.