Israel, Irán y el discurso del victimismo: entre el antisemitismo y la geopolítica nuclear
Lo que está en juego no es solo el destino de dos pueblos enfrentados, es la credibilidad del derecho internacional
En el tenso tablero de la geopolítica del Medio Oriente, pocas piezas se mueven sin generar ruido. Israel, una de las potencias militares más avanzadas de la región, ha logrado mantener durante décadas un equilibrio complejo entre su condición de víctima histórica —por la persecución sufrida por el pueblo judío, especialmente durante el Holocausto— y su papel como potencia regional con arsenal nuclear no declarado y una política exterior agresiva. En los últimos años, ese delicado equilibrio parece estar roto.
Uno de los aspectos más controvertidos de la postura israelí es la facilidad con la que califica de “antisemitas” a quienes critican sus políticas militares o expresan apoyo a la causa palestina. Esta tendencia ha convertido el antisemitismo, un problema real y condenable, en una herramienta discursiva utilizada para deslegitimar a adversarios políticos o diplomáticos. Reconocer el Estado palestino, exigir el cumplimiento de resoluciones internacionales, o cuestionar los ataques preventivos contra Irán, puede bastar para ser etiquetado bajo ese estigma.
Desde hace años, Israel denuncia que Irán está desarrollando armas nucleares con el propósito de destruir al Estado judío. Esta alarma ha sido el argumento para ataques quirúrgicos a instalaciones iraníes, asesinatos selectivos de científicos nucleares y, más recientemente, un ataque sin precedentes que roza la amenaza de una guerra a gran escala, tras la contundente respuesta militar iraní. Pero el problema es más complejo de lo que se presenta.
Israel es, según estimaciones no confirmadas oficialmente (porque nunca ha firmado el Tratado de No Proliferación Nuclear), el cuarto país con mayor arsenal nuclear del mundo, detrás de Estados Unidos, Rusia y China. Se calcula que posee entre 80 y 300 ojivas nucleares, desarrolladas en secreto y al margen de cualquier inspección internacional. Las armas fueron construidas —como han señalado diversos informes de la CIA y del OIEA filtrados a la prensa— bajo el silencio cómplice de sus aliados, especialmente Estados Unidos.
La doble moral es evidente: mientras se lanza una campaña internacional para evitar que Irán obtenga armamento nuclear, Israel mantiene su propio arsenal sin supervisión. Es más: ha negado sistemáticamente su existencia, incluso a sus aliados más cercanos, y nunca ha rendido cuentas ante la ONU por ello. ¿Con qué legitimidad, entonces, se puede justificar un ataque preventivo a Irán? ¿No sería eso una agresión ilegal, y no un acto de defensa?
El hecho de que Israel haya contado en su ofensiva contra Irán con apoyo estadounidense, ha encendido las alarmas no solo en Oriente Medio, sino en las cancillerías de medio mundo. Un conflicto de esta magnitud no se limitaría a los dos países: afectaría inevitablemente a Líbano, Siria, Irak, Yemen y otros Estados con milicias o intereses vinculados. Arabia Saudita, aunque históricamente enemiga de Irán, se encuentra cada vez más incómoda con la agresividad israelí
Y lo que es peor: Rusia y China, aliados estratégicos de Irán, podrían considerar una intervención indirecta o incluso directa, dependiendo de la escalada. El ataque aéreo de los Estados Unidos contra Teherán es sin lugar a dudas el primer paso hacia un conflicto regional con ecos mundiales, en una época en la que los equilibrios nucleares están más tensos que nunca. Mientras Israel justifica sus políticas en nombre de su seguridad nacional, la situación en los territorios palestinos continúa empeorando. Gaza, asediada durante más de 15 años, ha sido escenario de bombardeos masivos que han causado decenas de miles de víctimas, muchas de ellas civiles. Organismos internacionales han denunciado posibles crímenes de guerra, el uso de municiones prohibidas, y el castigo colectivo como método de disuasión.
En este contexto, la acusación de antisemitismo contra quienes critican estas acciones pierde fuerza. De hecho, muchos de los mayores defensores de los derechos del pueblo palestino son ellos mismos judíos, tanto dentro como fuera de Israel. El problema no es étnico ni religioso: es político y ético. Denunciar la ocupación, el apartheid, o las políticas de exterminio sistemático no convierte a nadie en antisemita. Más bien, apunta a una preocupación por la humanidad, por los derechos humanos y por el futuro de la convivencia internacional.
Uno de los aspectos más problemáticos en la narrativa nacionalista israelí es la noción, heredada de ciertas interpretaciones religiosas, de que el pueblo judío es el "pueblo elegido" por Dios. Aunque no todos los israelíes suscriben esta idea —y muchos la consideran incluso peligrosa—, ha sido utilizada por sectores radicales para justificar políticas expansionistas y exclusivistas.
Pero si Dios existe, y si realmente es un ser superior justo y compasivo, es inconcebible pensar que bendeciría a un solo pueblo por encima de los demás. La divinidad, si ha de tener algún sentido en el siglo XXI, debe ser universal, no sectaria. La fe no puede ser excusa para violar derechos, masacrar poblaciones ni perpetuar un conflicto que ya ha desbordado los límites de la razón.
La inversión de la narrativa es urgente. No se trata de negar el antisemitismo —una lacra que persiste y que debe combatirse sin matices—, sino de señalar que no todo rechazo a las políticas de Israel es odio racial o religioso. En todo caso, habría que preguntarse: ¿no es más bien Israel quien, con ciertas políticas, parece practicar un tipo de anti-humanismo? ¿Qué mensaje se envía al mundo cuando se masacra civiles, se impide la ayuda humanitaria, se encarcela niños o se construyen muros que segregan y destruyen comunidades?
Israel tiene derecho a existir, a defenderse y a vivir en paz. Pero no tiene derecho a ser impune. Del mismo modo, Palestina también tiene derecho a existir, a defender su dignidad y a reclamar un futuro digno. Y el mundo, si quiere evitar una guerra regional —o incluso global—, debe abandonar el doble rasero, exigir el desarme nuclear de todos los actores, y frenar la deriva ideológica que convierte la crítica política en delito moral.
Lo que está en juego no es solo el destino de dos pueblos enfrentados. Es la credibilidad del derecho internacional.


