De la batalla al abrazo, un hermanamiento con historia y alma

Del hermanamiento entre Dúrcal y Almócita ha brotado un proyecto superior, un puente que no solo une pueblos hermanos de la misma tierra, sino que se extiende a través del mar hacia las raíces comunes del otro lado del Estrecho.

El pasado 28 de abril, la historia no solo se subió a un coche: se despertó del letargo del tiempo, se calzó las botas del recuerdo y, con paso firme, tomó las curvas serpenteantes de la Alpujarra con un propósito tan antiguo como el alma humana: reencontrarse. Aquel día, una delegación de la Asociación Cultural Almòsita de Dúrcal —formada por tres de sus miembros más entregados: Juan Jiménez Ruiz, Agustín Zarco Gutiérrez y quien escribe estas líneas— partió hacia Almócita, un pequeño gran pueblo de la Alpujarra almeriense que custodia, como un farol encendido entre las montañas, la memoria de un pasado milenario.

El propósito era claro y palpitante: sembrar los primeros brotes de un hermanamiento entre dos lugares separados por kilómetros, pero unidos por la historia, la lengua y sobre todo, por la memoria profunda de sus nombres.

Porque lo que podría parecer una simple coincidencia toponímica —el barrio de Almócita en Dúrcal y el municipio de Almócita en Almería— es, en realidad, un lazo invisible, tejido por siglos de historia común, que enlaza personas, caminos y símbolos. “Almócita”, del árabe al-mawsata, “el lugar de en medio”, no es solo una referencia geográfica, sino también espiritual. Almócita entre Beires y Padules; Almócita entre Márgena y El Darrón, antiguos barrios árabes de Dúrcal. Y ambas, suspendidas en un tiempo que aún resuena, como guardianas de una herida antigua que la memoria se resiste a olvidar.

Pero no solo el nombre las une. También lo hace el eco de una historia compartida: en 1570, fue en Almócita donde Don Juan de Austria, hermano del rey Felipe II, firmó la rendición de los moriscos sublevados en la rebelión de las Alpujarras. A la sombra de una encina, en el cortijo de Hadid —rebautizado desde entonces como Cortijo de las Paces—, se selló una tregua en medio del dolor. Un año antes, en 1569, en el barrio de Almócita de Dúrcal, se libró la cruenta batalla que enfrentó a los moriscos con las tropas del Marqués de Mondéjar. Dos escenarios de un mismo drama. Dos heridas. Dos promesas de paz.

Y quizás, en ese espejo de sufrimientos y pactos, se halle la verdadera esencia de este hermanamiento: no se trata solo de tender puentes, sino de reconocer el dolor común y construir, desde las ruinas del pasado, un porvenir reconciliado.

A las once en punto de la mañana, la delegación fue recibida con una calidez difícil de describir por Francisco García García, alcalde de Almócita. Lo que comenzó como un encuentro entre pueblos hermanos, pronto se transformó en la semilla de un proyecto aún más ambicioso y trascendente. Inspirado por la visita y por la carga simbólica del momento, el alcalde compartió su anhelo de extender este reencuentro a través del mar y hermanar Almócita con una ciudad del norte de Marruecos, cercana a Xauen, donde todavía resuenan los ecos del exilio morisco tras la expulsión de 1609.

Así, del hermanamiento entre Dúrcal y Almócita ha brotado un proyecto superior, un puente que no solo une pueblos hermanos de la misma tierra, sino que se extiende a través del mar hacia las raíces comunes del otro lado del Estrecho. Un lazo que busca reencontrar a Almócita con aquellas comunidades magrebíes donde aún viven los descendientes de los desterrados, familias que conservan con orgullo las llaves oxidadas de las casas granadinas que se vieron forzadas a abandonar. Llaves de metal… y de memoria.

Este nuevo hermanamiento internacional no solo pretende estrechar vínculos culturales: pretende también intentar saldar una deuda histórica. Porque mientras España ha concedido la nacionalidad a los descendientes de los judíos sefardíes expulsados en 1492, los herederos del pueblo morisco —exiliados primero con Boabdil tras la caída de Granada, y más tarde, con la expulsión de 1609— siguen esperando un gesto de justicia, de memoria, de humanidad.