Venteros y tiendas de ultramarinos, el corazón de antaño en el Valle de Lecrín
En pueblos como Melegís, Padul o Béznar, las tiendas de ultramarinos eran mucho más que un lugar para comprar, eran el alma del barrio, el punto de encuentro donde se compartían risas, cotilleos y el aroma inconfundible de bacalao, café y especias
En el Valle de Lecrín, las tiendas de ultramarinos eran pequeños tesoros regentados por personajes entrañables que conocían a todos sus vecinos. En Melegís, por ejemplo, destacaba Trinidad la Chota, o “Chacha Trinidad”, una mujer luchadora y generosa que convertía su tienda en un universo de productos: desde tabletas de chocolate Elgorriaga hasta sellos para mandar cartas a Suiza. También estaban La Rondana, La Virginia, La Expiración y en la Era estaba La Paquita, nombres que evocan la esencia de esos comercios únicos.



En Dúrcal la tienda de Piedad en Balina y en Padul, La Manolita era un referente, mientras que en Béznar brillaban tiendas como la de La Moya, Sención, Antonio y Amancia o la de Josefica, vinculada al icónico bar Limonero.
Estas tiendas vendían de todo: aceite de oliva en garrafas, sardinas en lata, bacalao salado, jabón Lagarto, caramelos para los más pequeños, garbanzos a granel y hasta productos exóticos traídos de “ultramar” como café o especias. Eran un auténtico bazar donde el mostrador de madera o mármol era testigo de la vida cotidiana.
El suministro de mercancías en el Valle de Lecrín era toda una aventura logística. En una comarca rural como esta, situada entre Granada y la Costa Tropical, las carreteras no siempre eran modernas, y los venteros dependían de una red de distribución que combinaba tradición y esfuerzo.
Muchos productos venían de las provincias de ultramar españolas (de ahí el nombre “ultramarinos”), como café, cacao o especias de América y Asia. Otros, como el aceite de oliva, los embutidos o las legumbres, eran de producción local o regional, provenientes de los olivares y huertos del Valle de Lecrín o de las Alpujarras cercanas. Los cítricos, abundantes en la zona, también se vendían frescos o en conserva.
En los siglos XIX y principios del XX, las mercancías llegaban en carros tirados por mulas o caballos, especialmente por la antigua N-323 o caminos secundarios como la “carretera de la Cabra”. Más tarde, con la llegada de la A-44, camiones y camionetas facilitaron el reparto. Los venteros también se abastecían en mercados regionales de Granada o Motril, donde los mayoristas ofrecían productos frescos y envasados. Los puertos de la Costa Tropical, como Almuñécar, eran clave para los productos importados.
Los venteros, muchas veces, eran los propios intermediarios. Viajaban a los mercados o recibían a comerciantes ambulantes que traían mercancías a los pueblos. En algunos casos, los vecinos colaboraban trayendo productos de sus huertas o trueques, creando una economía circular que fortalecía la comunidad.
Entrar en una tienda de ultramarinos era una experiencia sensorial. El olor a bacalao salado se mezclaba con el dulzor de los caramelos y el toque exótico de las especias. Cada tienda tenía su “personalidad olfativa”.
Más allá de vender, estas tiendas eran centros sociales. Mientras Chacha Trinidad pesaba garbanzos o cortaba jabón, los vecinos intercambiaban noticias, recetas o incluso organizaban eventos. Algunas tiendas, como en otras partes de España, llegaron a tener pequeñas barras donde se servían tapas o un vasito de vino, aunque en el Valle de Lecrín esto era menos común.
En 1885, tras los terremotos que azotaron el Valle de Lecrín, las tiendas de ultramarinos jugaron un papel crucial. En lugares como Béznar, Melegís o Padul, los venteros ayudaron a distribuir alimentos y ropa a los afectados, mostrando su compromiso con la comunidad.
Con la llegada de los supermercados a finales del siglo XX, muchas tiendas de ultramarinos cerraron. Sin embargo, su legado vive en la memoria colectiva del Valle de Lecrín. Hoy, algunas tiendas modernas intentan recuperar ese encanto “retro”, pero nada iguala la magia de aquellos mostradores donde Chacha Trinidad o La Manolita hacían mucho más que vender: construían comunidad.



