Transición energética o la transición del caos
Debemos volver a vincularnos con el entorno y con nosotros mismos, construir comunidades que de verdad sepan vivir en este planeta y frenar todo este caos devorador que supone nuestro modo de vida de consumo frenético, rapidez y obsesión por la imagen
Es irónico que hoy día llamemos «ecológica» a la transición energética. Lo que en principio parecía ser un nuevo paradigma para enfrentar el reto energético y resolver los graves problemas a los que nos enfrentamos —el más sonado: el cambio climático— está provocando otros impactos quizás más graves e irreversibles para la gran olvidada y víctima: la biodiversidad, ignorando ese otro concepto más global y holístico que es el cambio global, pues no sólo es el clima lo que el humano está comprometiendo. La biodiversidad es el principal proveedor y baluarte de la vida en la Tierra y, por ende, de nuestra supervivencia como especie. En otras palabras, nuestra existencia está ligada y depende a su vez de la existencia de todas las especies que conforman esa riqueza viva de este planeta, que orbita a una distancia adecuada —cualquiera hablaría de milagro cósmico— de la estrella, en este caso, el Sol. Y es que sería estúpido no usar la fuente de energía que este astro supone. De hecho, si lo hiciéramos bien, sería la revolución que nos independizaría energéticamente y nos llevaría a una nueva fase. Sin embargo, una vez más, hemos perdido la oportunidad porque, precisamente, es más importante que un solo lobby se beneficie, al igual que todos esos carroñeros que están ligados de un modo u otro con este. Sin pensar en los costes ni perjuicios, omitiendo que existen tecnologías que podrían liberarnos por fin energéticamente sin dañar el medioambiente o nuestro modelo de vida, han preferido basarse en tecnologías ya obsoletas que producen gran impacto y solo benefician a la multinacional energética que quiere que sigamos dependiendo, pagando cada mes una factura que nos esclaviza.
Así, estas enormes compañías —que fueron las que, en primer lugar, con su empeño en los combustibles fósiles, nos dispusieron en este escenario ya casi apocalíptico, salvo para el que no quiere ver lo que está pasando en el mundo— nos venden la salvación energética, pero son unos parásitos, los mismos que, con sus tentáculos, llevan expoliando, contaminando y destruyendo todo cuanto tocan con un único objetivo: enriquecerse sin la más mínima reflexión sobre las consecuencias. Tal vez guiados por ese extraño dogma que compone la economía de nuestro tiempo: el crecimiento económico —otra ironía teniendo en cuenta que vivimos en un planeta finito, con límites que estamos ya de hecho sobrepasando y con recursos cuantificables que estamos colapsando—.
Sí, este es el verdadero contexto y motivación. La presión por frenar el cambio climático nos lleva a otro escenario distinto, más trágico e impredecible, incluso con financiación de fondos europeos, usados por plataformas sin escrúpulos —y con el beneplácito de las administraciones—, cuyo nombre conocemos cuando cada mes llega el recibo. Quizás los mismos responsables del gran apagón que sufrimos hace poco. Nadie se está responsabilizando. Así es como se está gestando una tragedia en la que estamos siendo partícipes por nuestra pasividad.
¿Muchos se pueden preguntar aún dónde está el problema? Ya que los medios de comunicación tampoco están contando esto como es debido. Las infraestructuras que suponen estas energías renovables están ocupando espacios agrícolas y forestales, ya sea para plantas fotovoltaicas o aerogeneradores. Y se está haciendo sin analizar adecuadamente la zona donde se ubican, si alberga especies protegidas y sensibles que puedan verse afectadas. Esto es precisamente lo que estamos viendo por toda la geografía española, y concretamente en nuestra comarca, con varios proyectos que amenazan hábitats esenciales para muchas especies. Que se suman a los que ya están en marcha y siguieron esta misma línea. Hay varias zonas clave ya amenazadas y otras que lo serán próximamente si los nuevos proyectos siguen adelante. En estas áreas donde campean grandes rapaces —grupo de aves muy afectado por los aerogeneradores— y aves esteparias, que además pierden su hábitat cuando este es modificado por cambios de uso del suelo, como implica un huerto solar o plantas fotovoltaicas.
Las empresas, para eludir procedimientos ambientales costosos que implican estudios de impacto ambiental, fraccionan los proyectos, tirando de una ingeniería poco sostenible, poco honesta y maliciosa. Este es el modelo de funcionamiento, mientras estas especies van perdiendo su espacio vital, al que están adaptadas. Pero las aves no son la única víctima, quizás solo las que despiertan más simpatía. Los agroecosistemas que suponen los cultivos tradicionales que abundan en la comarca del Temple, con la que linda el término municipal del Padul, son un sistema vivo en el que diferentes especies de invertebrados y vertebrados conviven, muy ligados al uso tradicional que se venía haciendo, ahora amenazado por nuevos sistemas de explotación intensiva que los sustituyen o, como es el caso, infraestructuras energéticas para la producción de energía derivada del sol.
Lo importante es entender que todos los seres vivos que forman estos ecosistemas son vitales, pues hasta el cultivo que nos da de comer depende de estas intrincadas redes de biodiversidad, más allá de lo que aún ni siquiera comprendemos o la ciencia haya podido dilucidar. En otras palabras, estamos destruyendo sistemas cuya importancia aún ni conocemos. Un suicidio extendido por vastas superficies. La provincia de Granada se está viendo especialmente afectada por esta problemática. Sin embargo, a nivel social y económico, para el ser humano es igualmente peligroso, pues es la forma de obtener alimentos más sostenibles que tenemos y cercana. Estamos perdiendo nuestra soberanía alimentaria, cambiando métodos poco destructivos por métodos más agresivos y violentos, o directamente sustituyendo los cultivos por baterías y un montón de componentes creados por el humano de forma artificial, y cuyos residuos son un verdadero problema a la hora de gestionarse.
Aunque esto no quiere decir que tengamos que renunciar a las energías renovables y terminar de sucumbir con la explotación del oro negro y la dinámica de cambio climático vertiginosa que llevamos. Pero sí que se abra la necesaria reflexión y se actúe rápido antes de que sea tarde. Es necesario que se haga una adecuada planificación y diseño de dónde y cómo realizar esta transición energética, para que sí lo sea ecológica. Y que los beneficios sean comunales y globales, no particulares. Una verdadera revolución y emancipación energética del humano, pero comprometido con su entorno. Por ello, es trascendental realizar una custodia del territorio justa, audaz, rápida e inteligente. Hay demasiada superficie inerte donde poder establecer las plantas fotovoltaicas y huertos solares: grandes superficies y polígonos industriales que, por sí solos, nos desligarían de la necesidad de ocupar otros territorios. También tejados y techos de grandes infraestructuras públicas y privadas, espacios deportivos, carreteras, gasolineras —mientras sean necesarias—, ayuntamientos, edificios de instituciones o grandes edificios en las ciudades.
Por otro lado, usar nuevas patentes tecnológicas que existen, como aerogeneradores sin aspas que funcionan con turbinas internas, evitando así que las aves y murciélagos impacten con estas estructuras móviles y mueran —una de las principales causas de muerte en estos grupos—. Y, en el caso de la energía solar, nuevas baterías acumuladoras y placas fotovoltaicas más eficientes y eficaces, capaces de captar y almacenar energía a una escala inimaginable, que podría suponer el fin del problema. Pero es preferible usar la tecnología de hace treinta años, pues eso nos aparta de la revolución energética y seguir en el obsoleto modelo de la factura cada mes —he aquí la clave de por qué no avanzamos, pese al desarrollo tecnocientífico evidente, y más con la IA—.
Pero, por supuesto, es más necesario cambiar el modelo energético y económico. Las ciudades no pueden seguir siendo esos enormes ectoparásitos, cual garrapatas que exprimen de energía y recursos sitios distantes para calmar esas ansias de consumo que tanto nos han insuflado a las generaciones que conformamos esta extraña época de la posmodernidad, con ese egoísmo e individualismo enmascarados en un falso buenismo y tolerancia que nos aparta de un sentido práctico para resolver los verdaderos problemas que tenemos. Debemos extirpar la polarización y desinformación visceral generalizada en la que nos encontramos, para que una verdadera comunidad ocupe el espacio que antes ocupaba una sociedad de ciudadanos autocomplacidos en su individualidad, el falso empoderamiento —solo habría que mirar cuán empoderados estamos si la cadena de suministros desde puntos distantes a los supermercados de las urbes desapareciera, algo probable al ritmo que vamos—, la falsa búsqueda identitaria —todo un mercado de consumo— y el ego, alimentado por las redes sociales y la falta de vinculación. Tal vez esa es la palabra clave: debemos volver a vincularnos con el entorno y con nosotros mismos, construir comunidades que de verdad sepan vivir en este planeta y que, desde una perspectiva práctica y solidaria, podamos frenar todo este caos devorador que supone nuestro modo de vida de consumo frenético, rapidez y obsesión por la imagen.
Tal vez así necesitemos consumir menos energía, no haya tanta necesidad de crecer económicamente, pero sí desde una perspectiva humana e interna, una espiritualidad revolucionaria que nos devuelva nuestro espacio en el ecosistema planetario y ser una más de las especies que conviven, y así tener un futuro esperanzador. Pues la otra alternativa es la del caos, para que el bolsillo ya atiborrado de unos pocos siga creciendo. No debemos parar hasta lograr al fin ese cambio, que no es utópico o idealista, sino necesario, porque la otra opción no sería más que la de nuestro propio final.

