Cuando Europa calla y Gaza arde
La dignidad, cuando se pronuncia, no muere y la historia sabrá recordar quién calló y quién habló
Nunca me conté entre los adeptos del presidente Sánchez. Más bien al contrario: he mirado con desconfianza cada uno de sus movimientos, cada uno de sus pactos, cada una de sus calculadas sonrisas. Pero en ocasiones la Historia, caprichosa y severa, pone a prueba a los hombres, y entonces ya no importa la simpatía ni la ideología, sino el coraje de decidir. Y debo decirlo: en este tiempo de sombras, Sánchez ha sabido pronunciar la palabra justa.
En mayo de 2024, junto a Noruega e Irlanda, España reconoció al Estado de Palestina. Un gesto que parece pequeño sobre el papel, pero que resuena como un golpe de martillo en la conciencia de Europa. Palestina: ese pueblo convertido en espectro, expulsado de su tierra en 1948, humillado, condenado a vagar entre muros y alambradas. Un pueblo que lleva generaciones resistiendo, incluso cuando ya no tiene más que ruinas, cenizas y hambre. Hoy se habla, sin tapujos, de exterminio. Se sueña en voz alta con un gran Estado de Israel que absorba todo y que relegue a millones de palestinos a la condición de refugiados perpetuos, parias sin horizonte.
Once países europeos se han sumado a ese reconocimiento, y pronto Eslovenia añadirá su nombre. Incluso el Reino Unido, arrastrando la sombra de su propio papel en la región, ha anunciado que podría dar el paso cuando la Asamblea General de la ONU se reúna del 23 al 27 septiembre en Nueva York, salvo que Israel se detenga en su campaña de devastación. “Nuestra historia nos obliga”, dijeron sus diplomáticos, como si por fin recordaran el peso de su legado.
Lo extraordinario del gesto de Sánchez es que no había en él cálculo ni ganancia. Ningún rédito electoral, ninguna ventaja inmediata. Solo la voluntad de ponerse del lado de quienes no tienen voz. El valor de decir: la dignidad de un pueblo no es negociable.
La respuesta de Israel fue, como siempre, dura, fría, implacable. El ministro Katz se apresuró a acusar: “Este reconocimiento envía al mundo un mensaje: el terrorismo merece la pena”. Pero no se molestó en precisar qué terrorismo: ¿el de Hamás, que no representa la totalidad de un pueblo? ¿O quizás el de un Estado que cercena vidas con la precisión de sus drones, que condena a niños al hambre, que borra hospitales y escuelas como quien arranca páginas de un libro?
El 9 de septiembre, el Consejo de Ministros aprobó nuevas medidas contra el genocidio en Gaza. Y esa palabra —genocidio— fue pronunciada sin ambages por el presidente. Europa tembló. Porque nombrar lo innombrable es un acto de resistencia. Porque el genocidio es la palabra prohibida, la palabra que desnuda la verdad sin matices.
Netanyahu respondió con la cantinela de siempre. Tildó de “antisemita” al Gobierno español, olvidando —como se olvida siempre en estos discursos— que el pueblo palestino también es semita, que la raíz de la palabra abarca a los hijos de la misma tierra. Israel vetó la entrada de dos ministras españolas, y España llamó a consultas a su embajadora. La tensión escaló como pocas veces en la historia reciente.
En casa, las reacciones oscilaron entre la tibieza y la negación. Mi admirado Felipe González, con su tono de patriarca cansado, minimizó la decisión: “Lo mismo que se dijo hace dos años, salvo que ahora lo llaman genocidio”. Una forma elegante de no mirar de frente la magnitud del horror.
Más hiriente fue la voz de José Luis Martínez-Almeida, alcalde de Madrid, que declaró: “No hay genocidio en Gaza”. No lo ve, dice. Como si la ceguera voluntaria fuera una forma de absolución. Como si el dolor pudiera disiparse con un argumento de salón. Para él, genocidio solo fue el Holocausto judío, como si el término se agotara en un único capítulo de la Historia, y no pudiera aplicarse al exterminio metódico de cualquier pueblo.
Almeida olvidó —o prefirió olvidar— que desde su fundación, Israel ha trabajado incansablemente para impedir siquiera la posibilidad de un Estado palestino. Ha arrancado casas, ha confiscado tierras, ha negado la condición de pueblo a quienes siempre habitaron allí.
Las críticas no tardaron en arreciar. Desde Más Madrid hasta el PSOE, las voces señalaron lo obvio: que lo que ocurre en Gaza es un exterminio. Reyes Maroto recordó las palabras de la relatora de la ONU, que ya calificó la situación como genocidio. Pero poco importan las declaraciones en los salones políticos: mientras se cruzan acusaciones, en Gaza siguen cayendo bombas.
Y entonces la Historia se abre ante nosotros como una herida antigua. Casi tres milenios de conflictos, expulsiones, conquistas. Una tierra donde cada piedra guarda la memoria de una guerra. Pero lo que ocurre hoy no es mito, no es relato bíblico ni símbolo. Son cuerpos enterrados bajo los escombros, son hospitales convertidos en polvo, son niños que crecen sin padres y sin infancia.
Europa duda, titubea, se contradice. Pero España, esta vez, ha hablado. Y al pronunciar la palabra maldita —genocidio— ha recordado que hay gestos que trascienden al cálculo político. Que hay momentos en que una sola voz basta para encender un eco en la conciencia del mundo.
Quizá el gesto no detenga las bombas. Quizá no salve de inmediato a quienes hoy esperan en Gaza un sorbo de agua o un rincón seguro. Pero la dignidad, cuando se pronuncia, no muere. Y la Historia sabrá recordar quién calló y quién habló.

