Pedro Delgado, un caballero del ciclismo y de la palabra
El campeón segoviano ha sido injustamente criticado por sus palabras tras los incidentes ocurridos durante la última Vuelta a España, cuando un grupo de manifestantes interrumpió una etapa para protestar contra la participación de un equipo israelí
Defender hoy a Pedro Delgado es defender la sensatez y la libertad de expresión. El campeón segoviano ha sido injustamente criticado por sus palabras tras los incidentes ocurridos durante la última Vuelta a España, cuando un grupo de manifestantes interrumpió una etapa para protestar contra la participación de un equipo israelí. Pedro simplemente dijo lo que muchos pensamos: que el fin no justifica los medios, y que ninguna causa justa se fortalece recurriendo a la barbarie.
Lo conozco desde hace años y puedo dar fe de su integridad. Nuestro primer encuentro fue en el aeropuerto de El Cairo, cuando yo dirigía el Instituto Cervantes de la capital egipcia. Él y su esposa, Ludy, viajaban en un avión de Iberia junto a una señora sudamericana de edad avanzada. Por error, intercambiaron sus pasaportes y se produjo una confusión monumental en el control de entrada al país.
En la sala de llegadas había diez ventanillas y diez filas de viajeros. En un extremo escuché una discusión entre una anciana y el oficial de su puesto:
—“Min hadretik?” (¿Quién es usted?)
—“¡Ay, que me da algo! Un señor me ha cambiado el pasaporte por error, no sé qué hacer”.
—“Ma fahem wala haga” (No entiendo nada).
Al mismo tiempo, en la parte central, otra escena: una pareja discutía con un agente. Reconocí enseguida a Pedro Delgado, el campeón del Tour de Francia y de dos Vueltas a España.
—“Hadha passport mish bitaak” (Este pasaporte no es suyo).
—“Yo ayudar a una señora mayor a rellenar formulario de entrada. Ella tener mi pasaporte”.
Me acerqué y comprendí enseguida el malentendido: un inocente intercambio de pasaportes mientras Pedro ayudaba a aquella mujer a completar su formulario. El equívoco se resolvió en un instante. Pedro me miró como si yo fuera el arcángel San Gabriel. Desde entonces, él y Ludy no se separaron de nosotros.
Aquel episodio marcó el inicio de una amistad que me honra. En 2005 lo invité a Damasco, donde también dirigía el Instituto Cervantes, para participar en un ciclo titulado Deporte y literatura. Pedro presentó su libro A golpe de pedal y ofreció una conferencia magistral sobre la ética del esfuerzo. No solo conquistó al público habitual, sino que atrajo a jóvenes deportistas y amantes del ciclismo que, por primera vez, se acercaban a la lengua y la cultura españolas. Tras su visita, la matrícula de estudiantes aumentó notablemente. Pedro había logrado algo tan difícil como hermoso: unir deporte y cultura bajo un mismo espíritu.
Después coincidimos en Estambul, y más tarde en Tokio, donde volvió a ganarse al público con su simpatía. En la sede de la Federación de Ciclismo de Japón improvisó un piedra, papel o tijera —yankenpon, en japonés— con los asistentes, repartiendo sonrisas y pequeños regalos. Dondequiera que iba, dejaba una huella de amabilidad y cercanía. No era solo el campeón del Tour del 88, sino un auténtico embajador de España: discreto, educado, accesible.


Por eso, cuando lo vi ser objeto de una campaña de desprestigio por expresar su opinión, sentí la necesidad de salir en su defensa. Me he demorado en hacerlo, pero, como dice el refrán, “nunca es tarde si la dicha es buena”.
Pedro no atacó ninguna causa política ni religiosa; defendió el respeto a un evento deportivo que prestigia a nuestro país y congrega a millones de aficionados. Interrumpir una competición como la Vuelta no ayuda a la causa palestina ni a ninguna otra: solo proyecta intolerancia y confusión.
Hablar con serenidad no debería ser motivo de condena. Sin embargo, en estos tiempos de redes sociales y juicios instantáneos, la reflexión se castiga y el matiz desaparece. Pedro dijo lo que muchos españoles piensan: que hay formas y lugares para protestar, pero sabotear un evento deportivo no es una de ellas.
Como alguien que ha defendido públicamente el derecho de Palestina a tener un Estado propio —he escrito artículos, impartido conferencias y donado los derechos de mi autobiografía a la ONG Paz con Dignidad— me siento con autoridad moral para decirlo: criticar un acto de barbarie no equivale a oponerse a una causa justa. Es, por el contrario, defender la coherencia y el sentido común.
Pedro Delgado siempre ha sido un hombre de principios. En el ciclismo destacó por su esfuerzo, su humildad y su respeto hacia rivales y compañeros. En su vida pública mantiene esas mismas virtudes. No busca polémicas ni protagonismos: habla con sinceridad, y eso, en estos tiempos de crispación, parece un pecado imperdonable.
Recuerdo su generosidad el día que presenté, en la sede central del Instituto Cervantes de Madrid, mi libro Del Palmar de Troya al Instituto Cervantes. Crónicas irreverentes. Aquel día vino a acompañarme sin esperar nada a cambio, solo por amistad. Esa es la esencia de Pedro: la lealtad silenciosa, el gesto sincero, el compromiso sin alardes.
Por eso, cuando se le señala o caricaturiza, siento que se comete una injusticia. Pedro Delgado no es un personaje altivo ni un opinador de ocasión. Es, ante todo, un caballero: un hombre que ha sabido representar a España con dignidad, dentro y fuera de las carreteras. Y, sobre todo, alguien que cree en la libertad: la de pedalear, la de pensar y la de hablar.
En una época en la que tantos se escudan en el ruido, Pedro demuestra que se puede defender una idea sin perder la elegancia. Por eso merece nuestro respeto. Porque en el ciclismo y en la vida, él siempre ha seguido la misma dirección: la de la coherencia y la decencia.
Pedro Delgado no necesita que nadie lo defienda. Su trayectoria, su educación y su humanidad hablan por él. Pero quienes hemos tenido la suerte de conocerle sabemos que, cuando alza la voz, no lo hace por orgullo ni provocación, sino por convicción. Y en una democracia, eso debería seguir siendo un motivo de orgullo, no de linchamiento.

