Reflexión de un domingo tarde y la muerte de lo salvaje

Hemos cercenado la vida silvestre, lo salvaje de la existencia, para que vivamos a todo trapo acá, al otro lado del mundo

Antes de empezar esta extrañeza literaria, explicaré el motivo. Bien, el motivo es que estamos presenciando la muerte de la vida silvestre, o como me gusta llamarlo —y otros antes hicieron—: de lo salvaje. Pero con ello, también morimos nosotros, aunque ahora estemos tan complacidos con nuestros logros individuales y colectivos y eso otro que llaman progreso —para mí, lejos del progreso verdadero; en cambio yo lo llamo progreso nocivo—. La ciencia denomina este momento geológico del planeta Tierra El Antropoceno, y coincide con otro concepto científico: la extinción masiva, concretamente la sexta; la última fue hace 65 millones de años, cuando los dinosaurios dominaban el espectro de la biota planetaria. Estos eventos, escasos y raros, son cuellos de botella que reducen la biodiversidad hasta porcentajes mínimos, pero es la primera vez que este tipo de evento se produce a causa de otra especie, en este caso, la nuestra. Antes fueron fenómenos volcánicos o geológicos, asteroides o cometas, o cambios en la órbita terrestre los que provocaron tales sucesos. Esta vez se debe a la acción de nuestra “avanzada” sociedad.

     Para que se hagan una idea, daré unos cuantos datos brutos. En términos de densidad poblacional y biomasa, el humano, junto con todos los animales domésticos que ha ido domesticando para su uso y disfrute personal, ocupa el 95 por ciento de toda la biomasa de los mamíferos, por ejemplo. El 5 por ciento restante corresponde a especies silvestres, y continúa en descenso. En otras palabras, hemos aniquilado lo salvaje y aún queremos más. Un suicidio, sin duda.

     A nivel de poblaciones hay aproximadamente 8.000 millones de humanos, 1.500 millones de vacas, más de 1.200 millones de cerdos… en comparación con algunas de las especies más emblemáticas de mamíferos: lobos, menos de 200.000 en total (en todo el mundo); leones, entre 20.000 y 40.000; elefantes, 400.000 (africanos) y unos 40.000 (asiáticos)…

     En conclusión, hemos cercenado la vida silvestre, lo salvaje de la existencia, para que vivamos a todo trapo acá, al otro lado del mundo; pero no solo hemos sacrificado la vida no humana: también la mayoría de esos ocho mil millones de Homo sapiens viven en condiciones de miseria y esclavitud para que otros gocemos de un café en Starbucks, una hamburguesa con Coca-Cola en McDonald’s, el último disco de Rosalía, un viaje a Punta Cana o el nuevo iPhone

     Dicho esto, os dejo con esta reflexión-extrañeza literaria que he llamado Reflexión de un domingo por la tarde y la muerte de lo salvaje:

¿Cuál es el mensaje del viento y su latido?

Madre y padre, los auténticos,

os estamos matando inexorablemente.

Cada metro cuadrado que os compone,

esas montañas, mares, ríos, bosques,

selvas, praderas y valles que conformáis.

Sabiduría de eones reducida

por eso que nos osamos a llamar: progreso.

Yo lanzo la siguiente reflexión, vital y necesaria:

Una vida sin los ingredientes que la integran realmente no merece la pena. Igual que una economía artificial, la que ahora mismo tenemos y nos ha acompañado por milenios —y nos ha dispuesto en esta situación dramática y de peligro—, para todos los seres vivos que habitamos el planeta Tierra, es un suicidio mientras no sea una economía real e integral. ¿Y cuál es esta última? Aquella que considera el valor real de toda la riqueza que alberga la Tierra. Donde cada componente es dimensionado de forma auténtica y real, y no ignorado como hasta ahora. La economía no puede medirse simplemente por el dinero y aquello que lo produce, porque a la vista está a lo que hemos llegado: el apocalipsis social —las relaciones humanas están en descomposición debido al individualismo egoísta y superficial que impera, donde los humanos somos consumidores que nos consumimos los unos a los otros; fin de la comunidad y la familia; consecuencia: soledad fría y, por mucho que lo nieguen, impuesta, no elegida—, el apocalipsis natural —el fin de la biodiversidad y la vida salvaje porque hemos reducido todo a los estándares del modelo socioeconómico basado en el crecimiento económico y el PIB; mitos y fantasías del capitalismo, sin pensar que vivimos en un mundo real con límites y recursos finitos; en última instancia, una economía basada en el deliberado drenaje de recursos y dinero de unos a otros, de unas partes del mundo a otras, un empobrecimiento parasitario de los enriquecidos a los empobrecidos que ha causado la gran asimetría que tantos problemas e injusticias nos trae (el monstruo que hemos creado y alimentado hasta este punto crítico, y fuente de todos los problemas que ahora nos amenazan de muerte)—, y el apocalipsis espiritual —un humano perdido, sin valores y vacío, que sufre y cae en las enfermedades del espíritu, donde la salud mental se deteriora, pues al final va ligada a esta otra salud espiritual; al venderse al sistema como objeto de consumo y lanzarse a la imagen virtual que proyecta en las redes sociales, ha disuelto su verdadera identidad por otras falsas y creadas para alienarse con la moda del momento, y esa pérdida tiene un alto coste: suprimirnos a nosotros mismos por la imagen—. Es lo que yo he llamado los tres apocalipsis.

     Es triste ver cómo, por algo tan artificioso como el dinero, nos hemos vendido y esclavizado. Ya sea nuestro cuerpo, nuestra mente e incluso el espíritu —si todavía queda alguien que sepa qué es eso—. Todo está monetizado y bajo el yugo de la producción y el estatus: ser alguien en este mundo de consumo y competitividad. Y tras los densos y complejos telones de tal engaño, la realidad se abre paso y llama a la puerta. Un monstruo que hemos creado —y al que me refería antes—, alimentado e ignorado, pero que ya no puede pasar desapercibido. El clima, los ciclos de nutrientes, la atmósfera, los océanos… todos los sistemas que autorregulan la biota de este planeta están en riesgo de colapsar, y eso será el fin de nuestra civilización, quizás el cuarto apocalipsis que se añade a los anteriores: el apocalipsis civilizacional (lo que serían los cuatro, y no tres, apocalipsis). Desafiantes, egocéntricos, engreídos y arrogantes nos han educado para ser el lubricante de las piezas del engranaje que da cuerda al mundo humano; un antropocentrismo excluyente y estúpido que ahora ha dispuesto a todos los seres vivos al borde de su fin, y pese a los logros del intelecto humano, su tecnología e incluso ese nuevo ser que ha creado, la IA, parece que nos dirigimos sin freno, por voluntad propia. Pero a nadie parece importar, incluso ahora que parece que el “meteorito” se puede apreciar en el cielo y se dirige a aniquilarnos. Nadie lo mira; todos están atentos a las maniobras de un ser naranja y tiránico y a sus caprichosas ideas, que representan a toda la élite que gobierna este mundo. Sedientos y codiciosos, están pensando aún en los nuevos recursos que explotar. Esa enajenación no es más que una psicosis disfrazada con trajes y corbata, maletines pesados, pantallas de smartphones y ego desmedido. Ese es nuestro tiempo, nuestro Zeitgeist, y todas las personas hemos contribuido a él (de una forma más o menos consciente).

     He aquí la tragedia de nuestro tiempo, y valga la siguiente metáfora:

“Ahora, sin excepción, cada uno de los seres humanos nos encontramos atrapados, pegados a una densa tela de araña. Allí nos agitamos y temblamos, pues vemos que el enorme arácnido, que ha crecido hasta dimensiones inefables, se alza sobre nuestras cabezas; su sombra cubre todo cuanto se ve. Lleva creciendo desde que todo ese cuento fue creado por quienes, por poder y codicia, pensaron que podrían acapararlo todo y que con simples migajas se conformaría el resto. Mientras nos fuimos pegando más y más a la densa tela de araña, fuimos cómplices a gusto de todo aquello, pues aceptamos las modas, la moral y las normas que ideologías y otros movimientos culturales fueron creando, y por ser aceptados ante los ojos de la masa asentíamos ante tremendo error. Fuimos cobardes y, lejos de valientes, hemos llegado a este momento. La araña, inmensa como el mundo, ya no parará hasta inocular su veneno a cada uno y luego devorarnos. Es opaca y no refleja más que la ambición de unos pocos, pero ha atrapado a todos”.

     Ahora bien, hay una solución que llamo los cuatro equilibrios:

Económico: una economía integral, holística y completa que dé el valor real y auténtico a cada parte y componente del planeta Tierra, no solo a lo monetario o bancario, y que dé una distribución justa y equitativa de dicha riqueza, un uso armonioso y un respeto a todos sus componentes —cada ser vivo, montaña, mar, río… y, por supuesto, los llamados servicios ecosistémicos, esas funciones que nos regalan con la sabiduría de los eones, los ecosistemas—.

Social: consecuencia del equilibrio económico; se produciría una sociedad justa, equilibrada, armoniosa e igualitaria, donde las asimetrías son eliminadas, pues estas son la primera causa de la distopía que hemos construido y destruye a las personas, la vida y el planeta.

Natural: derivado de los anteriores, llegaríamos a un estado de paz y salud global de toda la naturaleza, y nosotros dentro de esta, como parte que somos.

Espiritual: el equilibrio y la paz completos, al alcanzar esa armonía interior; en palabras de Jung: el sí-mismo; o de Nietzsche: Übermensch; conceptos que estos y otros grandes filósofos ya vislumbraron, pero para alcanzar ese nivel superior de consciencia y plenitud son necesarios todos los equilibrios anteriores.

     Sí, todo es utópico para cualquiera que lea estas palabras que me he apresurado a escribir; sin embargo, no nos queda otra alternativa si no queremos sucumbir a la araña, al monstruo que, cual Frankenstein, hemos creado. Es, sin embargo, un esbozo somero —de momento— esto que he llamado los cuatro equilibrios, quizás un concepto que está por desarrollar por todos, antes de que sea demasiado tarde.

¡Oh madre y padre Tierra!,

aún el viento nos habla de esta verdad,

pues no es tarde para la armonía.

Que este mensaje nos despierte

antes de la resolución de esta era de tribulación.

Panteísmo, hilozoísmo y panpsiquismo,

las verdaderas religiones deben ser.

Que los ríos fluyan libres de las montañas,

prístinos cual copos de nieve que caen

sobre bosques primigenios.