Premios Almósita 2026, donde la cultura se hace abrazo
Fue una noche en la que Dúrcal se miró a sí misma y se reconoció en lo mejor que posee: el talento que crea, la palabra que abraza, la música que hermana
El pasado 27 de febrero, el Centro de Día de Dúrcal se convirtió en el corazón palpitante de la cultura andaluza. Allí se celebró la XVI edición de los Premios a los Valores Andaluces, impulsados con constancia y delicadeza por la Asociación Cultural Almòsita, que cada año distingue a quienes encarnan, desde lo cercano y lo universal, el alma solidaria, culta y hospitalaria de nuestra tierra.
La velada, conducida con elegancia por Delia Molina, comenzó con la música luminosa del joven guitarrista José Diego Molina Villanueva. Tres piezas flamencas bastaron para levantar al público de sus asientos. Hubo un instante especialmente hondo cuando el intérprete dedicó su arte a su maestro, el guitarrista David Martínez, uno de los galardonados. En ese gesto vibró la verdad sencilla del agradecimiento, esa nobleza antigua que honra a quien reconoce la mano que lo guió.
Agustín Zarco Gutiérrez, secretario de la Asociación, recordó el origen humilde de estos premios, nacidos de la ilusión de un puñado de personas y hoy convertidos en referente cultural por la altura de quienes los han recibido: nombres como Emilio Calatayud, Tico Medina o Luis García Montero dan fe de ello. Pero, sobre todo, dan fe los vecinos y vecinas de Dúrcal, premiados a nivel local, que desde lo cotidiano engrandecen el nombre de Andalucía y sostienen, con gestos callados, la dignidad de lo común.
El presidente, Juan Jiménez Ruiz, tomó la palabra para recordar que aquella noche se celebraban vidas que laten y emocionan, vidas que demuestran que la cultura no se exhibe: se comparte. Presentó entonces a los dos premiados: María Ángeles Salguero Esturillo, en la modalidad local, y David Martínez García, en la modalidad Andalucía. “Celebramos su talento —dijo—, pero sobre todo su capacidad de unirnos: David con la música que nos eleva y María Ángeles con la palabra que nos acoge”. Sus palabras descendieron sobre el auditorio como una brisa cálida, dejando una emoción compartida, casi sagrada.
Fue el propio Agustín Zarco quien presentó a María Ángeles Salguero Esturillo. Lo hizo desgranando no solo su trayectoria, sino la huella humana que deja a su paso. Habló de esa voz suya que no se limita a pronunciar, sino que envuelve; que no lee, sino que siente; que no informa, sino que humaniza. Recordó cómo, allí donde María Ángeles toma la palabra, se crea un espacio de encuentro, un refugio donde la comunidad se reconoce. Subrayó que la Asociación Cultural Almòsita veía en ella uno de esos valores andaluces que no figuran en los libros, pero sostienen la convivencia: la capacidad de reunirnos y hacernos sentir parte de algo más grande que nosotros mismos.
María Ángeles, visiblemente emocionada, ofreció un discurso entrañable, dulce y sincero. Confesó que la vida la había conducido por caminos generosos, colocándola en lugares donde fue feliz sirviendo a los demás. Se declaró orgullosa del galardón y, sobre todo, profundamente orgullosa de ser andaluza, de promover la riqueza humana de esta tierra y de sus gentes. Cerró con un “gracias” repetido desde la emoción más limpia, y en ese eco agradecido latía el corazón entero de la sala.
Tuve el honor de presentar a David Martínez como un artista cuya biografía está escrita en la memoria de quienes lo han escuchado. “Su guitarra no es madera y cuerdas: es un puente”. Un puente entre la raíz y el horizonte, entre lo popular y lo académico, entre lo que sentimos y lo que apenas sabemos decir. Evoqualgunas de mis etapas en distintas sedes del Instituto Cervantes —El Cairo, Damasco, Estambul, Tokio, Argel— y cómo, en cada escenario, la emoción no necesitaba traducción. Recordé especialmente Japón, donde la música de David cerró el Año Dual España-Japón con una estancia de más de veinte días en Tokio, tejiendo lazos invisibles entre culturas lejanas.
David agradeció con humildad el reconocimiento, evocó los viajes compartidos y agradeció efusivamente el apoyo constante de Antonio Gil de Carrasco, quien confió en su arte y lo invitó a llevar su guitarra por el mundo. Habló de aquella intensa estancia en Tokio, de los aplausos contenidos y las miradas brillantes que confirmaban que la música es un idioma universal. Dedicó también palabras de admiración a su alumno José Diego, a quien conoció con apenas diez años y en quien ya latía un talento extraordinario, hoy convertido en promesa firme del flamenco.
La noche culminó con el público en pie entonando el himno de Andalucía. Las voces, unidas, transformaron el Centro de Día en un templo civil donde la identidad se hizo canto y la emoción, pertenencia. Cerró el acto Julio Prieto, alcalde de Dúrcal, quien destacó la talla humana y profesional de los premiados y agradeció a la Asociación Cultural Almòsita sus dieciséis años de entrega constante, asegurando que siempre encontrarán la mano tendida del Ayuntamiento.
Fue una noche en la que Dúrcal se miró a sí misma y se reconoció en lo mejor que posee: el talento que crea, la palabra que abraza, la música que hermana. Una noche donde el agradecimiento se convirtió en ceremonia y la cultura en abrazo colectivo. Porque hay actos que terminan cuando se apagan las luces… y otros que permanecen latiendo mucho después, como una llama encendida en la memoria compartida de un pueblo. Fue, en definitiva, una celebración de la gratitud, del arte y de la palabra. Una noche en la que Dúrcal no solo entregó premios: entregó reconocimiento, memoria y esperanza.




