Al borde del abismo: Irán, el doble rasero nuclear y la erosión del orden mundial

Cuando las grandes potencias actúan al margen de los procedimientos que ellas mismas han defendido durante décadas, el sistema basado en normas pierde solidez. La política de hechos consumados debilita el multilateralismo y refuerza la lógica de bloques

La ofensiva conjunta lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán marca un punto de inflexión en el frágil equilibrio internacional. La operación, ordenada por el presidente estadounidense Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu, se ha justificado como una acción preventiva para impedir que Teherán desarrolle armas nucleares. Sin embargo, la magnitud del ataque, las víctimas civiles registradas y las implicaciones jurídicas abren un debate que trasciende lo estrictamente militar.

Según autoridades locales iraníes, al menos 60 niñas murieron y cerca de 50 resultaron heridas en el bombardeo de una escuela en Minab durante la primera jornada de ataques. A estas cifras se suman víctimas en otras ciudades y daños en infraestructuras civiles estratégicas. Irán respondió con lanzamientos de misiles hacia territorio israelí y contra instalaciones militares estadounidenses en la región, elevando la tensión a un nivel no visto en años.

Estados Unidos e Israel sostienen que el objetivo es frenar el programa nuclear iraní. Irán es firmante del Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), aunque ha sido acusado reiteradamente de incumplir compromisos de transparencia con el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). No obstante, el contexto resulta incómodo: Israel no es parte del TNP y mantiene desde hace décadas una política de ambigüedad estratégica respecto a su arsenal nuclear, que expertos internacionales estiman en decenas —algunas evaluaciones hablan de alrededor de 80— cabezas nucleares.

El contraste es evidente. Mientras se exige a Irán una transparencia absoluta bajo amenaza de sanciones y ataques, el arsenal israelí permanece fuera de cualquier marco formal de supervisión internacional. Esta asimetría alimenta la percepción de un doble rasero que erosiona la credibilidad del sistema de no proliferación.

El conflicto se produce en una región que ya arrastra cifras devastadoras. Según datos de Naciones Unidas, las guerras en Oriente Medio en las últimas dos décadas han provocado cientos de miles de muertes y millones de desplazados. En Gaza, por ejemplo, organismos internacionales han documentado decenas de miles de víctimas civiles desde el inicio de la última gran escalada bélica. El riesgo al abrir un frente directo con Irán —país de más de 88 millones de habitantes y actor central en el equilibrio regional— multiplica exponencialmente el potencial impacto humanitario y económico.

En el plano energético, Irán produce aproximadamente tres millones de barriles diarios de petróleo. Cualquier interrupción prolongada podría afectar al mercado global y disparar los precios internacionales, con consecuencias directas sobre economías europeas ya tensionadas por la inflación y la inestabilidad geopolítica.

El momento político de los líderes implicados añade una dimensión delicada. Donald Trump ha alentado en varias ocasiones la posibilidad de reformar la Constitución estadounidense para poder optar a un tercer mandato, pese a que la Enmienda 22 limita la presidencia a dos periodos. Aunque modificarla exigiría mayorías parlamentarias y estatales difíciles de alcanzar, el simple debate introduce una tensión institucional significativa.

Benjamin Netanyahu, por su parte, enfrenta procesos judiciales por presunta corrupción y malversación en Israel. La experiencia histórica demuestra que los contextos de confrontación externa tienden a reforzar liderazgos internos cuestionados, al concentrar la atención pública en la amenaza exterior.

La Carta de las Naciones Unidas establece que el uso de la fuerza solo es legítimo en caso de legítima defensa o con autorización del Consejo de Seguridad. Hasta el momento no consta mandato específico que avale esta operación. En Estados Unidos, además, la Constitución atribuye al Congreso la potestad de declarar la guerra. La ausencia de una autorización formal abre interrogantes sobre la legalidad interna de la intervención.

Cuando las grandes potencias actúan al margen de los procedimientos que ellas mismas han defendido durante décadas, el sistema basado en normas pierde solidez. La política de hechos consumados debilita el multilateralismo y refuerza la lógica de bloques.

El conflicto con Irán se produce mientras aumentan las tensiones entre Estados Unidos y China en torno a Taiwán. Aunque son escenarios distintos, la acumulación de focos de confrontación eleva el riesgo de errores de cálculo estratégicos. En un mundo interconectado, una crisis regional puede transformarse rápidamente en una crisis global.

La reacción de la ONU y de la Unión Europea ha sido pedir contención y diálogo. En este contexto, la postura del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, condenando el ataque por considerarlo contrario al derecho internacional y apelando a la diplomacia, sitúa a España en la defensa explícita del marco jurídico multilateral.

La guerra no es una declaración retórica ni un recurso táctico sin consecuencias. Las primeras víctimas —incluidas decenas de niñas en una escuela— recuerdan el precio real de las decisiones estratégicas. A ello se suma el riesgo económico, energético y político que afecta no solo a Oriente Medio, sino a Europa y al conjunto del sistema internacional. El cierre del estrecho de Ormuz con el que ha amenazado anteriormente a Irán, tendría graves consecuencias para la economía mundial

La cuestión de fondo es si el mundo está entrando en una etapa donde la fuerza sustituye definitivamente al derecho como principio rector. Si esa tendencia se consolida, el orden internacional surgido tras 1945 quedará seriamente comprometido.

La historia demuestra que las escaladas no siempre se controlan una vez iniciadas. En ese contexto, la prudencia, la legalidad y la diplomacia no son signos de debilidad, sino condiciones indispensables para evitar un abismo mayor.

El margen de error es mínimo. Y las consecuencias, potencialmente irreversibles