Ciencia y tecnología con raíces en el Valle de Lecrín

La ciencia en el Valle también tuvo durante generaciones un profundo rostro humano a través de la medicina rural, ejercida por profesionales que llevaron el conocimiento sanitario a los pueblos en tiempos de grandes dificultades materiales

Con motivo del Día Mundial de la Ciencia y la Tecnología, el Valle de Lecrín reivindica una parte esencial de su memoria histórica, la huella que el conocimiento, la innovación práctica y la vocación científica han dejado en el desarrollo de sus pueblos desde hace siglos.

Porque la ciencia no ha habitado únicamente en universidades o laboratorios. También ha estado presente en la inteligencia popular de las comunidades rurales, en su capacidad para comprender el entorno, aprovechar los recursos naturales y mejorar la vida cotidiana mediante soluciones técnicas e ingeniosas.

Uno de los ejemplos más evidentes de esa ciencia aplicada al territorio es el extraordinario patrimonio hidráulico del Valle de Lecrín. Obras como la histórica Acequia de los Arcos, el Partidor de Agua de Nigüelas o la red de acequias tradicionales de la comarca constituyen muestras de una ingeniería popular de enorme valor técnico y patrimonial, fruto de siglos de observación, cálculo empírico y conocimiento del medio natural.

A ello se suma el aprovechamiento de la energía hidráulica en antiguos molinos como el Molino de la Erilla, el Molino del Sevillano o el Molino de las Alberquillas, infraestructuras que permitieron transformar la fuerza del agua en energía útil para la molienda y la producción alimentaria, contribuyendo decisivamente al desarrollo económico de la comarca.

La ciencia en el Valle también tuvo durante generaciones un profundo rostro humano a través de la medicina rural, ejercida por profesionales que llevaron el conocimiento sanitario a los pueblos en tiempos de grandes dificultades materiales.

Entre ellos destaca Rogelio Vigil de Quiñones y Alfaro, médico rural en Talará y Chite entre 1886 y 1897, atendiendo también a vecinos de Mondújar y Acequias. Posteriormente alcanzaría fama nacional e internacional como uno de los célebres Últimos de Filipinas, destacando por su labor sanitaria durante el sitio de Baler. Su paso por el Valle constituye uno de los episodios más notables de la historia médica local.

La memoria sanitaria de la comarca conserva igualmente el recuerdo del doctor Rejón Delgado, figura destacada de la medicina en Padul, símbolo de aquella medicina de cercanía en la que el facultativo era también consejero, apoyo moral y referente de confianza para toda la comunidad.

Otro nombre imprescindible es el de Don José Maldonado Jiménez, quien ejerció como médico rural entre 1925 y 1958, desarrollando durante más de tres décadas una intensa labor asistencial que lo convirtió en una de las figuras médicas más constantes y queridas de su tiempo.

Especial relevancia tuvo también D. Fermín Álvarez, médico adelantado a su época, recordado por incorporar en Padul un laboratorio de análisis clínicos y una pantalla de rayos X, dotaciones extraordinarias para un entorno rural de mediados del siglo XX y que supusieron un hito de modernización médica en la comarca.

Junto a ellos, el recuerdo popular mantiene viva la figura de D. Evaristo Pérez, quien llegó a atender simultáneamente a vecinos de Dúrcal, Nigüelas y Cozvíjar durante las epidemias de gripe y viruela de comienzos del siglo XX, así como la de Antonio García Martín y Antonio García Garrido, médicos muy queridos y recordados por varias generaciones de valleños.

En el ámbito sanitario resultó igualmente esencial la labor de los practicantes, entre ellos Juan Pérez Romero, “Juanito Pérez”, figura muy apreciada en Padul por su papel en curas, inyecciones, urgencias y asistencia domiciliaria.

Junto al médico y al practicante, otro de los pilares de la sanidad tradicional fue el farmacéutico. La botica constituyó durante décadas un espacio de conocimiento científico aplicado, atención cercana y elaboración de remedios en una época en la que el farmacéutico desempeñaba funciones mucho más amplias que las actuales.

Entre las figuras más destacadas sobresale Hipólita Molina, histórica farmacéutica de Padul, cuya farmacia abasteció a numerosas familias de la comarca y se convirtió en referente sanitario de su tiempo. También merece recuerdo María Antonia Rejón Delgado, farmacéutica titulada por la Universidad de Granada y regente de la farmacia de Hipólita Molina, ejemplo pionero de incorporación femenina a la profesión farmacéutica en el medio rural granadino.

El Día Mundial de la Ciencia y la Tecnología es también ocasión para recordar que la vocación investigadora del Valle de Lecrín continúa viva en la actualidad a través de profesionales que proyectan el nombre de la comarca en el ámbito científico contemporáneo, como la bioquímica durqueña Cristina Fernández, representante de una nueva generación de investigadores formados desde la excelencia académica.

Las Comadronas del Valle de Lecrín: Ciencia, Vocación y Humanidad al Servicio de la Vida

Junto a médicos, practicantes y farmacéuticos, la historia sanitaria del Valle de Lecrín no puede entenderse sin recordar a aquellas comadronas que durante generaciones asistieron nacimientos en casas, cortijos y cuevas de toda la comarca, desempeñando una labor esencial en tiempos en que el acceso a hospitales y maternidades era limitado o inexistente.

En la memoria colectiva permanecen nombres como la legendaria Coma Soleá de Ízbor, así como Doña Eloísa, María Jesús, Joaquina y Doña María de Padul, Rosario de Melegís, María Romero de Saleres y María de Murchas, mujeres que llevaron su saber y experiencia allí donde una familia necesitaba ayuda para traer una nueva vida al mundo.

Mención muy especial merece María Gracia Garnica Ortega (1894–1971), de Restábal, figura extraordinaria de la historia comarcal. Partera, poetisa y humanista, fue una mujer adelantada a su tiempo: aprendió a leer y escribir cuando muchas mujeres aún no tenían acceso a la educación, cultivó la poesía y el conocimiento, y asistió partos por todo el Valle con entrega absoluta, desplazándose a cualquier hora del día o de la noche hasta cortijos, cuevas y hogares humildes.

Su vocación estuvo marcada por el servicio desinteresado, aceptando en numerosas ocasiones como pago apenas un trozo de tocino, un retal de tela o simplemente la gratitud de las familias atendidas.

Ellas trajeron al mundo a generaciones enteras de valleños y valleñas.

No solo asistían nacimientos, ofrecían seguridad, serenidad y esperanza en uno de los momentos más trascendentales de la vida familiar.

La labor de estas mujeres constituye una parte fundamental del patrimonio humano, sanitario e histórico del Valle de Lecrín, y su recuerdo merece ocupar un lugar destacado en la memoria colectiva de la comarca.

Así, el Valle de Lecrín puede reivindicar con orgullo una historia en la que la ciencia y la tecnología no han sido elementos ajenos o importados, sino parte de su propia identidad colectiva: presentes en el agua domesticada por las acequias, en la mecánica de los molinos, en la modernización de la medicina rural y en el esfuerzo de quienes pusieron su conocimiento al servicio del bien común.

Porque en el Valle de Lecrín, la ciencia no solo ha servido para avanzar. También ha servido para cuidar, alimentar y hacer prosperar a toda una comunidad.