El antepenúltimo de Dúrcal

Pocas curas de humildad como ver que durante nueve kilómetros te adelantan más de 200 personas de todo tipo de condición

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Está usted leyendo al tipo que se clasificó como antepenúltimo –categoría masculina- en la carrera de Dúrcal del domingo pasado, dentro del Gran Premio de Fondo de Diputación. Siempre he pensado que, igual que los primeros clasificados suelen ser entrevistados para recabar sus impresiones, los últimos también tenemos nuestro titular. Y como misteriosamente no se me acercó nadie a recabar mis impresiones mientras intentaba recobrar el aire, aquí estoy.


Imagino esa primera pregunta. ¿Cómo ha ido la carrera? Pues mira, francamente bien. He de admitir que sí, que existe cierto placer en recorrer el extrarradio y algunos caminos agrícolas de Dúrcal a las diez de la mañana de un domingo. Que cada vez que una de las personas que nos daban palmas desde sus casas gritaba “¡Máquinaaaaaa, buen ritmooooo!”, me lo creía y me flipaba pensando que ya estaba llegando a meta.


Vamos con esa segunda cuestión. ¿Qué te parece quedar el antepenúltimo? Estupendo, ya lo podía intuir. Para mí, que siempre he aceptado la derrota muy deportivamente, esto es muy edificante. En su momento, le pegué un cabezazo a un monitor de ordenador porque perdí en un videojuego, así que estamos progresando. Pocas curas de humildad como ver que durante nueve kilómetros te adelantan más de 200 personas de todo tipo de condición.


Y ya, la pregunta final, la clásica. ¿De quién te acuerdas en este momento? Por supuesto, de mi familia, que se estaba comiendo unos maravillosos churros a la sombra mientras yo corría por un camino de tractores al lado de una autovía. Al menos, tuvieron la decencia de decirme que no esperaban que llegase tan pronto. Es decir, las expectativas estaban tan bajas que cualquier cosa que no fuera mandar a una patrulla de la Guardia Civil a rescatarme ya era un éxito. No está mal.


En cualquier caso, querido lector, no se confunda. Le recomiendo encarecidamente participar en carreras como ésta. Por una vez, será usted el protagonista y no el que está viéndolo desde una silla. Y el valor que tiene cruzar una línea de meta –aunque ya la hayan atravesado otros muchísimos- solo se descubre cuando se realiza. Si usted también lo quiere saber, solo tiene que ir poniéndose las zapatillas.

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