Aben Humeya quiso volver

Juntándose todos los moriscos rebeldes del lugar, el viernes 24 de diciembre, mientras los cristianos celebraban la misa del gallo, lo proclamaron rey, con el nombre de Muley Mahamete Aben Humeya

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Muchos de ustedes han oído hablar de la historia que acaeció en la plaza de la Iglesia de Béznar. Aquí vivían los Valori, una familia poderosa, parientes de Don Fernando de Córdoba y Valor. Ellos se habían encargado de reunir a los cabecillas moriscos indignados de la zona, y convencerles que necesitaban un nuevo rey, haciéndoles ver que su pariente don Fernando, reunía todas las cualidades que presentaba cierta profecía árabe, que trataba de libertad de los moriscos, por mano de un mozo de linaje real, que había de ser bautizado y hereje de su ley, porque en lo público profesaría la de los cristianos, continuando su profesión de fe islámica en lo privado.


Juntándose todos los moriscos rebeldes del lugar, el viernes 24 de diciembre, mientras los cristianos celebraban la misa del gallo, lo proclamaron rey, con el nombre de Muley Mahamete Aben Humeya. Tras la organización en cuatro grupos de los presentes, viudos a un lado, los por casar a otro, los casados a otro y las mujeres a otra parte. Inician el acto con toda solemnidad: Le vistieron de púrpura, y poniéndole una insignia colorada, a forma de faja, en torno al cuello y espalda, él hizo su oración y juramento de morir en su ley y en su reino. Más tarde sería coronado en Narila cerca de Cádiar.


Pues bien, en la siguiente historia de amor y venganza (recogida en un poema por Juan de Ariza, poeta motrileño del romanticismo), comprobaremos como regresa a Béznar el 19 de enero de 1570, para agradecer a sus parientes la ayuda prestada en su proclamación, distinguiéndoles con su presencia, durante la boda de su primo “el Valori” con su amada Zaida.


Era una noche lluviosa y negra, en el palacio de Béznar, estando desvelado por la noticia del acontecimiento, el capitán Gurrea, bravo adalid de la guerra, ordena a Fortín su escudero ensillar su yegua. Este sale a la puerta y mira hacia el Brigital(pago de Béznar situado al este), después a las Albuñuelas e insiste a su señor: -“Capitán ¿no advierte que brama cada vez más la tormenta?” – Gurrea le contesta: -“Mejor, a la luz del rayo, podremos así seguir la senda y llegar a las tropas para preparar un ataque por sorpresa”-.


La boda del Valori y la hermosa Zaida, comienza en la mañana, con agradables festejos y estrepitosa algazara. Era una novia morisca, temida por discreta y muy querida por bizarra (generosa), de ojos negros, tez morena, sedosas trenzas y el talle como una palma. El Valori era famoso en la Comarca como el terror de los castellanos, por sus famosas hazañas, a pesar de contar seis lustros no cumplidos, hombre de ojos fieros, nariz aguileña, tez cobriza y espesa barba.
La hermosura de la morisca y la fama del Valori, hizo que concurriera todo lo más noble y rico de la Comarca. Reuniendo al Consejo de las tribus Mahometanas. Así, entre los invitados importantes, quiso estar presente, Aben Humeya, esta vez ya como rey, pero también como osado y prepotente, ya que lo hizo sin ejército ni guardia.
Llegó Abén Aboo, primo de este, con sus tropas y banderas desplegadas, dejándolas acampadas en las afueras. Volviendo la espalda al enemigo y olvidándose en un momento de la guerra.


Acudió el célebre Anacoz, caudillo de una partida morisca, conocido como Nacor de Nigüelas y famoso por su temida cimitarra (sable árabe de hoja curva), siempre teñida de sangre en las batallas.


Y al son de añafiles (trompetas), tamboriles y dulzainas, diez arrogantes mancebos y diez elegantes doncellas, dan comienzo a la zambra. Aben Humeya, olvidando su dignidad soberana, con gentil ademán presenta su mano a Zaida, la novia envanecida, pide la venia a su esposo con la mirada y acepta, cuando cruzan la sala para confundirse con los jóvenes que danzan, un gemido, repite con voz ahogada: “¡Los cristianos, los cristianos! ¡A las armas, a las armas!”.
Estáticas las parejas, guardan el orden del baile, se desmayan las doncellas, Aben Humeya se esconde, grita el Anacoz en balde, mientras Abén Aboo va a buscar su falange.


El Valori, corre a la puerta y en el dintel se encuentra con los cristianos; cruzan centellas al rudo choque de las espadas de Toledo y los damasquinos alfanjes (espada curva de un solo filo).
¡Atrás! gritan los moriscos, los cristianos ¡Adelante! Las moriscas se cubren los ojos, para no contemplar la trabada contienda.


Las negras pupilas del Valori arden, mientras disputa palmo a palmo los umbrales. Con profundas heridas busca, amparo en sus amigos, y ve que muertos le dejan, los que no huyeron como cobardes, en vano alza su cimitarra y mientras rebrama cae. Herido el tigre, penetran varios infantes, encontrando los tesoros que portaban las moriscas, a las que arrancan sin miramiento, brazaletes y collares, los más cortesanos piden que con amor se las trate.
Gurrea, el cristiano capitán, se acercó a Zaida, que yacía desvanecida, y descubre su semblante, el corazón se le estremece y pide agua para humedecer su rostro, pero un grito le responde ¡A las armas castellanos!, que a renovar el combate, vuelve Aben Aboo con sus banderas. Acuden a las armas pronto los cristianos, pero ninguno abandona los conquistados abalorios.


El capitán suspende a Zaida sobre sus hombros, y al bajar sus ojos, halla con asombro, los del Valori desencajados. Sangrando en sus heridas, que con sobrealiento murmura: – “¡Cristiano!, soy el esposo de Zaida, y con delirio la adoro, déjamela aquí a mi lado, y mi muerte te perdono”-.
Frunce el capitán el ceño, y con impaciencia y enojo, mientras el Valori con gemidos sordos, insiste: –“Cristiano, te daré por ella todas mis riquezas, déjame a Zaida” – le pide mientras le coge una pierna – “¡Suéltame!”– le gritó el cristiano – “O mi acero clavaré en tus entrañas-”.
Clama una voz a lo lejos: “¡Socorro, los moros atacan!”. – “Suelta” – repite Gurrea. El herido responde: – “Cristiano, porque me vengue, el alma daré al demonio” –. Viendo que el enemigo se encuentra próximo, arrastrado de su delirio amoroso, con su desnuda tizona, cercena las manos del moribundo y marcha con la mora cabalgando sobre su yegua.
Por mucho tiempo se habló en la Comarca, del desenlace de la boda, contando peregrinas historias del Valori. Testigos presenciales de la derrota afirmaban, que volviendo Aben Aboo, con el brillo de la aurora de perseguir al cristiano, dio sepultura al Valori a la luz de las antorchas.
Otros decían, del fiero esposo, que a la medianoche, de sierra en sierra discurría su sombra. A esto, daba fuerza la opinión de una deforme y anciana mora, que contaba la promesa que hizo en sus últimas horas, al diablo si le vengaba. Tocante a la novia, más varia se presentaba la crónica, unos la daban cautiva en una mazmorra, otros la pintaban veleidosa en brazos del castellano, sin guardar del Valori, ni la más leve memoria.


A las puertas del palacio de Béznar, sin espaldar y sin cota, presentamos al capitán Gurrea, montando en su yegua torda. Llueve, graniza y retumba el trueno, brama el huracán, alzan olas los relámpagos.
El capitán castellano lleva dos leguas corriendo, sin tomar descanso, párase al pie de un castillo, en cuyas altas almenas, murmuran los labios de Zaida, que con dulce voz dice al capitán, acércate que te aguardo. De las fosas, un profundo gemido sube y a la morisca estremece. Descubren un bulto y una voz varonil que dice: – “Buen ánimo capitán, sigue la senda que yo iré trazando”. – “A tu dirección me entrego” –, va y responde Gurrea enamorado y al parecer poseído por el Diablo.


Sin cambiar más razones, caminan y más caminan, hasta un puente que cimbrea, donde se pierden los pasos. – “¿A dónde nos llevas guía?¿Sobre qué puente pasamos?” –, preguntó el noble Gurrea bastante sobresaltado. – “Sobre el puente de los celos, hacia los infiernos vamos” – grita el misterioso guía en el frágil puente cortado.
–“¡Traidor!” – gritó cayendo la morisca y el cristiano, mientras el rostro del Valori, alumbraba la luz del rayo.
Entre Béznar y Tablate, está este profundo salto, al que las viejas del lugar nombraban como “El salto del Diablo“.

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