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Capítulo II: El Neolítico en el Valle de Lecrín

En la zona norte del Valle, en los parajes de las Fuentes Altas, la Rambla de Santa Elena y la Cueva del Búho de Padul, los humanos nos dejaron evidencias de sus actividades. Pero también hubo paisanos que se pasearon por otras zonas a lo largo del cauce del río Dúrcal y de algunas ramblas aledañas

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Cómo dijimos anteriormente, en el Paleolítico, en plena Edad de Piedra, la gente en el Valle vivía de aquí para allá y se refugiaba en lugares como las Cuevas de los Ojos de Cozvíjar. Durante miles de años, grupos nómadas probablemente viajaban entre las estribaciones de Sierra Nevada y los ríos y lagunas del Valle de Lecrín. En estos refugios establecían asentamientos temporales que les permitían subsistir y defenderse de sus enemigos y depredadores, ya que había animales que se los comían y enemigos que sin darse cuenta, les daban boleto para el otro barrio en un periquete.

En la zona norte del Valle, en los parajes de las Fuentes Altas, la Rambla de Santa Elena y la Cueva del Búho de Padul, los humanos nos dejaron evidencias de sus actividades. Pero también hubo paisanos que se pasearon por otras zonas a lo largo del cauce del río Dúrcal y de algunas ramblas aledañas. Muchas de las herramientas que usaban estaban hechas de sílex, que resulta perfecto para tallar lascas y láminas.

Sin embargo, los modos de vida humanos estaban a punto de cambiar para siempre, y esos cambios se originaron muy lejos del Valle de Lecrín al finalizar la última glaciación (llamada Würm). Por entonces, la población mundial rondaba los cinco millones y experimentó lo que el archiconocido arqueólogo Sir Gordon Childe denominó como Revolución Neolítica.

Hasta el final del último periodo glacial, hace aproximadamente unos 11.000 años, Europa estuvo poblada exclusivamente por grupos nómadas de cazadores recolectores con la piel oscura y los ojos claros, pero dos migraciones muy importantes durante los últimos 8.000 años modificaron el estilo de vida y también los genes de todos los habitantes del continente. Se trataba de unos grupos originarios de Oriente Medio y Anatolia que llegaron a estas tierras introduciendo prácticas agrícolas y ganaderas y generando un dilema trascendental que marcaría el futuro humano para siempre, puesto que llegamos al periodo que se conoce como Neolítico, la época en la que se descubren la agricultura y la ganadería.

La agricultura y también la ganadería provocaron que hubiese más comida que la que se necesitaba y, claro, algo había que hacer con lo que no se consumía: almacenarlo o desprenderse de alguna forma de esos alimentos. En consecuencia, prosperó considerablemente el comercio y emergió la riqueza (no siempre ha habido ricos y pobres, los pobres empezaron en este periodo).

Durante mucho tiempo, los humanos siguieron viviendo preferentemente en cuevas aunque, entre el 7.000 y el 3.000 a.C., paulatinamente se va prefiriendo vivir en terrenos llanos, porque la primitiva agricultura y el pastoreo eran más sencillos en las vegas cercanas a los ríos. Nuestros antepasados ya eran capaces de elaborar piezas muy cuidadas de cerámica, labores de cestería y por supuesto, herramientas de piedra. Pero serán las piezas de cerámica las que además de ser muy útiles como elementos de almacenamiento de alimentos y agua, harán las delicias de los arqueólogos varios milenios después. En toda la región que milenios después se llamaría Andalucía, se pasó lenta pero inexorablemente de una organización tribal a otra de tipo social, con diferentes clases jerarquizadas. Aparecieron las primeras Culturas como la Cultura de la cerámica Cardial en estas tierras andaluzas, que no es más que un nombre técnico utilizado para describir cerámicas que fueron decoradas con conchas marinas (otro artículo con el que se comerciaba a largas distancias). La vida cotidiana se familiarizó paulatinamente con herramientas tales como las azadas, las hoces, molinos de mano, vasos de arcilla y barro, ollas y brazaletes, así como hachas pulimentadas y cuchillos de sílex, hallados y datados en torno al 4500 a.C. en Dúrcal y en Padul. La imagen icónica del Neolítico son los dólmenes, enormes construcciones de losas de piedras, como los que construyeron en torno al 5000 a.C. en Antequera, pero en nuestra comarca no han aparecido este tipo de estructuras funerarias, al menos de momento.

El Neolítico en el Valle de Lecrín supuso una nueva oportunidad para los vecinos de ver prosperar a sus hijos. Mientras algunos miembros de las tribus paseaban al ganado por los pastos, otros trabajaban la tierra cultivando cereales. Habría quienes comerciarían con sílex desde tierras del interior o aquellos que acarreaban conchas desde la costa. Es fácil imaginar en los poblados a las madres llamando a sus hijos: ¡Fulanito, menganita, a comer! Tal y como lo seguirían haciendo durante miles de años. ¿Se acuerdan?

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