Capítulo III: Edad de los Metales

Los habitantes del Valle de Lecrín, al parecer, eran unas gentes provenientes de Anatolia que no tardaron en fusionarse con los indígenas e inventaron las ciudades en la Península, con sus hornos metalúrgicos, sus artesanos y sus comerciantes

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Yacimiento arqueológico de Los Millares. FOTO: A. M. Felicisimo
Yacimiento arqueológico de Los Millares. FOTO: A. M. Felicisimo

La Edad de los Metales se inicia alrededor del 3.000 a.C., aunque durante este periodo, gran parte de las innovaciones que se habían iniciado en el Neolítico (como la aparición del comercio y las clases sociales), se enfatizarán. En este caso, el invento clave para el desarrollo tecnológico fue la metalurgia (técnica para tratar los metales). El primer metal que se convirtió en el eje central de la tecnología metalúrgica fue el cobre, después el bronce (como aleación de cobre y estaño) y por último, el hierro, dando así nombre a los tres periodos que todos estudiamos en la escuela (otra cosa es que nos acordemos). Con la utilización de los metales se crearon utensilios, herramientas y armas más duraderas y reciclables. Si tuviéramos que otorgar el premio a los mejores inventos de esta época, lo tendríamos complicado para elegir entre la rueda, el arado, el torno, etc. Pero la palma se la lleva la escritura, que tardará aún bastante en consolidarse por estas tierras, allá por el II-I Milenio con la escritura tartésica, o como afirman algunos autores, en torno al siglo VII a. C.

En aquellos tiempos, nuestros antepasados vivían en poblados fortificados con murallas de piedra (no se fiaban de los vecinos, por lo que parece), vestían capas, espadas y puñales, y también se adornaban con diademas de oro y plata, anillos y brazaletes. Se dedicaban con bastante éxito, por cierto, a la ganadería (caballos, cerdos, cabras, ovejas y vacas, principalmente) y hacían unas cerámicas brillantes que eran la leche.

En primer lugar apareció la cultura de los Millares, que en Granada supuso la existencia de poblados fortificados a los pies de las Sierras, y que en el Valle de Lecrín cuenta con yacimientos que atestiguan la ocupación del territorio en estas fechas, en lugares como Nigüelas y Padul. Pero en torno al 1.600 a.C., cuando a las costas peninsulares asomaron algunos prospectores de metales provenientes del otro extremo del Mediterráneo, (a quienes el ya mencionado sir Gordon Childe llegó a llamarles «misioneros de una nueva fe»), nuestros paisanos habían desarrollado la cultura del Argar (que toma el nombre de su asentamiento más representativo localizado en el oriente almeriense). Imagínense a los antiguos chipriotas y egeos llegando a las costas de Almería o de Granada y preguntando a los lugareños que dónde se podían yantar un buen espeto de sardinas y a quien se le podían comprar metales.

Los habitantes del Valle de Lecrín, al parecer, eran unas gentes provenientes de Anatolia que no tardaron en fusionarse con los indígenas e inventaron las ciudades en la Península, con sus hornos metalúrgicos, sus artesanos y sus comerciantes. Eso sí, sus ciudades en nuestro territorio las construían con fortificaciones y en zonas altas, mientras que en las vegas bajas de la Depresión del Guadalquivir únicamente se construían poblados de cabañas sin fortificar, con silos para el grano. Seguían siendo gentes que se dedicaban principalmente a la ganadería trashumante de cortas distancias de especies adaptadas a los paisajes áridos de estas tierras del sudeste peninsular y que también practicaban la agricultura cerealista en las vegas. De hecho, en el poblado granadino del Real (Galera) incluso se ha descubierto un sistema de acequias.

Sin embargo, la desaparición de esta cultura argárica fue muy repentina. En los yacimientos granadinos de este periodo, las antiguas viviendas y sus bastiones aparecen desmoronados, como por abandono de sus moradores. Parece ser que con la aparición de la tecnología del Bronce y al no existir minas de estaño en Almería ni en Granada, los sevillanos de entonces que comerciaban con las zonas atlánticas que sí lo poseían, terminaron por desplazar el mercado metalúrgico hacia occidente, lo que tiempo después dio origen a la archifamosa cultura tartésica. Tartessos fue una unidad política que dominaba las fuentes del metal y se enriqueció comerciando con los pueblos del Mediterráneo. La monarquía tartésica parece reflejar la sociedad que construyó los grandes megalitos andaluces del segundo milenio, con hondas y antiguas raíces íberas, pero que no parece que influyera mucho en las tierras de nuestro Valle de Lecrín, a las faldas del Mons Silurus, como fue llamada por los romanos Sierra Nevada. Durante largo tiempo pervivió la cultura heredera de Argantonio, hasta que llegado el siglo VI a. C., la aparición de griegos y cartagineses coincidió con su fin. 

La historia es un incesante ir y venir de gentes en el Valle de Lecrín, que desde hace milenios fue y sigue siendo un lugar de encuentro de diversos pueblos. 

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