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María Gracia Garnica, partera y poetisa

En su vida fueron importantes la lectura, la escritura y su acercamiento a la ciencia a través de los textos, como vehículos imprescindibles para la materialización de su gran vocación humanitaria

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Acercase a la historia de las mujeres requiere siempre, de una mirada microscópica. Su presencia y participación están presentes en cada momento, pero resultan invisibles en la mayoría de las ocasiones. Y sin embargo es imposible reconstruir la historia de nuestros pueblos en el siglo XX de un modo riguroso, sin las mujeres, sin su historia personal y colectiva. Mujeres imprescindibles, como María Gracia Garnica, que rescatamos de la historia en la memoria para construir la semblanza de una mujer de ciencia y letras.

El 27 de diciembre de 1894 nacía en Restábal, en el hogar formado por Manuel Garnica y Antonia Ortega, la niña María Gracia. Una familia modesta de trabajadores del campo, labores que su padre alternaba con las de Sacristán. Junto a sus cinco hermanos, crece en un ambiente familiar de trabajo y ayuda en el hogar, educada como sus hermanas en los roles tradicionales de la mujer de esa época: madre y esposa, en un pueblo donde el escenario cultural y educativo y el acceso a una formación reglada era inexistente para la inmensa mayoría de las mujeres. Desde pequeña mostró una inteligencia natural inquieta y talentosa destacando entre las niñas de su tiempo. Sus constantes visitas a la iglesia acompañando a su padre en las labores de sacristanía despiertan en ella un enorme interés por los libros litúrgicos, atención que percibe el cura párroco y comienza a enseñarle las primeras letras. En la iglesia y en el hogar familiar a la luz de un candil con tintero y pluma, descubre el mundo en los libros, un universo de conocimiento que dio luz a aquellos años de oscuridad y desmoralización en los que le tocó nacer, y que fueron la base donde se forjó el carácter de una joven intelectual, pensadora, reflexiva, humanista, de fuertes convicciones religiosas e inmensa generosidad.

En su vida fueron importantes la lectura, la escritura y su acercamiento a la ciencia a través de los textos, como vehículos imprescindibles para la materialización de su gran vocación humanitaria. En su afán perpetuo por aprender y servir, desde muy joven comienza su iniciación como partera. El motivo inicial de esta actividad estuvo estrechamente vinculado a la familia: la primera vez que ayudó en la atención de un parto fue al presenciar el de un familiar “sintió la necesidad de ayudar a la partera porque la mujer era mayor”. Fue entonces cuando la partera comenzó a llamarla cada vez que demandaban sus servicios, formándose así y tomando el relevo a la anciana mujer.

Para considerar a María Gracia una experta hay que remontarse al primer parto complicado que asiste, después del mismo los sanitarios de la localidad acudieron y agradecieron la valentía que había tenido: “hija le salvaste la vida”. A partir de entonces cuando el practicante coincidía y se encontraba solo, la mandaba llamar por si le hacía falta ayuda. Finalmente acabó atendiendo los partos y solo llamaba a los profesionales en casos muy concretos. Se ganó el respeto del médico y del practicante y recibió de ellos continua formación. La atención sanitaria oficial de aquellos años no alcanzaba para atender a todas las demandas de la población. La escasez de medios unida a las condiciones materiales y sanitarias deficientes en la mayoría de los hogares (carencia de agua corriente, electricidad), fue uno de los desencadenantes para que los sanitarios aprovechasen la buena disposición de María Gracia y dejasen en sus manos esta asistencia oficiosa. Durante su instrucción y aprendizaje, en 1921, contrae matrimonio con Francisco Palomino, de su unión nacieron seis hijos. Ella misma se asistió sola el parto de cuatro de ellos.

En cuanto a su preparación, influyó esa personalidad inquieta, llena de curiosidad y propensión, atrevimiento e iniciativa, combinada con prudencia, y responsabilidad, que le hicieron ganarse el calificativo de “válida como ella decía”, junto a su fuerte sentido del compromiso con sus gentes de responder a lo que la sociedad esperaba de ella “te llamaban y qué ibas hacer”. Cuando una mujer se ponía de parto la familia acudía en su busca independientemente de la hora y el lugar (cortijos, cuevas, gentes de paso): en los primeros dolores mandaba matar la gallina y la ponerla a cocer para preparar el caldo que la parturienta tomaría tras el alumbramiento, mientras se hervía la manzanilla para darla al bebé. Aplicaba las normas de higiene de lavado de manos y se desinfectaba con alcohol, siguiendo los protocolos tal y como el practicante y el médico le habían enseñado, realizando siempre un continuo seguimiento postparto de la madre y el bebé. La familia como muestra de gratitud la recompensaba con lo que tenían o podían (un trozo de tocino, un retazo de tela, un conejo, un pollo,,, algunas veces nada) todo dependía de la situación económica del hogar. Atendió los partos de sus hijas y trajo al mundo a casi todos sus nietos.

La labor que desempeñó en Restábal y otros pueblos de alrededor fue una atención decisiva, apreciada, reconocida, con matices de cercanía en el espacio, tiempo y afecto, similar a la realizada por los sanitarios, pero con la diferencia de que esta estaba sustentada en la generosidad. A pesar de esta significada labor que sentó las bases de la especialidad médica de la Obstetricia, al universalizarse la asistencia al parto en el hospital a finales de la década de los 60, su papel fue desapareciendo de manera paulatina. Volviendo a transitar por los mapas de su memoria, supo compaginar su profesión con el cuidado de su hogar, familia y una continua formación cultural. Lectora empedernida, siempre entró en contacto con las maestras del pueblo, para comentar dudas, ampliar conocimientos, y acceder a libros. Con una ortografía perfecta, cultivó la prosa y el verso.

La mayoría de sus composiciones poéticas giran en torno a la Virgen María de la que era fiel devota, poesía mística donde pone en clave estética su experiencia unitiva de amor hacia María. El tema religioso ocupa gran parte de su obra, junto con la primavera y ese resurgir de la vida que esta estación nos trae, donde las flores también son protagonistas en sus versos, con una métrica y rima acompasada. Su poesía en prosa son oraciones. Los relatos y narraciones los ocupan cuentos e historietas que ella inventó quizá fruto de la imaginación de aquella niña que en su infancia soñaba con nubes cargadas de soluciones a los problemas mundanos, de valores que ella aprendió y que le enseñaron lo que era la solidaridad, el respeto, la paz, la generosidad, la alegría, de batallas del día a día. De su continuo transitar por la iglesia, recopiló una gran cantidad de canciones y oraciones antiguas. Manejaba el latín con soltura, lo aprendió de su relación con los curas y los conocimientos que le trasmitió su padre. Su capacidad intelectual y la formación que ella misma se inculcó y aprendió, hicieron de ella una mujer culta, con unos conocimientos por encima de muchos estudiantes reglados.

Excelente comunicadora, con lenguaje sencillo y rico en términos y expresiones, narraba sus cuentos e historietas a los niños que embelesados la escuchaban formando un corro en torno a ella. Testigos de estas vivencias fueron muchos de los habitantes de El Cerro, en Restábal, niñas y niños hoy mayores que relatan como disfrutaban escuchando la lectura de sus cuentos y cuando los trasladaba a Oriente Medio con los relatos de las Mil y una Noches. Ilustro también con lectura de novelas a muchas mujeres, algunas analfabetas, que compartían tardes de bordado de tul y costura. Redactaba y leía las cartas de maridos emigrantes, hijos en la mili y documentos oficiales a quien le precisase. Gran parte de su obra, paso a manos de curas y maestras de turno. Su familia solo posee una mínima parte de su legado que recopilaron en un libro.

Con una mente totalmente lúcida siempre estuvo rodeada de libros y la lectura fue su fiel compañera hasta que falleció en Restábal el 5 de julio de 1971. Hoy podemos considerar que María Gracia fue una mujer transgresora, rompiendo con los estereotipos de sus contemporáneas. La realidad histórica está social y culturalmente construida, y el papel que ella y otras mujeres de nuestros pueblos tuvieron no trascendió como debiera a consecuencia del grupo social que las evaluó. Cabría preguntarse pues hasta qué punto la condición de mujer en estos casos se convirtió en un determinante de las oportunidades sociales para ellas, por eso tenemos el deber de rescatar del olvido sus figuras. María Gracia impregnó a todos los que la conocieron y se quedó en ellos para siempre.

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