Recordando los veranos de los ochenta

Aquellos bocadillos para la merienda que nos preparábamos con mantequilla y azúcar o tulicren, le fueron comiendo la partida la nocilla, los cropanes y phoskitos. Del polo flash y el trozo de corte, pasamos a los cornetos

minutos de lectura

Es insano, dicen, volver al pasado una y otra vez. Pero resulta inevitable regresar de vez en cuando al tiempo en el que se fue feliz, o eso nos parece ahora desde el presente a quienes ya cumplimos los cincuenta y algunos más. La espita de esa bomba de nostalgia la abre el descubrimiento en cualquier rincón de la casa, ahora que es tiempo de hacer limpieza, de ese objeto ligado al pasado que nos hace cosquillas en el alma. O basta contemplar el álbum de fotos abandonado en algún cajón para volver, de pronto a esos veranos en los que el móvil no existía, ni las redes sociales ni los selfis… ni puñetera falta hacían.

El viaje retro nostálgico a aquella década está lleno de recuerdos con una curiosa mezcolanza de sensaciones, descubrimientos, barbaridades e inocencia, que cada uno vivimos en aquellos veranos de los años 80 en nuestros pueblos, y que hoy más de treinta años después la consideramos una década prodigiosa, en donde la memoria sentimental de esos años con una televisión única y una experiencia de vida política y social de gran intensidad provocada por la Transición, no tiene comparación con ningún otro periodo de la historia reciente de España.

El fin de curso, era el pistoletazo de salida a las vacaciones, los que terminaban E.G.B soñaban con comenzar en el instituto, los que fuimos primeros alumnos del instituto de Dúrcal, dejábamos atrás un año de experiencias nuevas y de convivencia entre jóvenes de la comarca, inéditas hasta entonces y que compartimos en las aulas que se habilitaron en bajos y cocheras diseminados por las calles en el entorno del Mercado Municipal de Abastos, donde durante el recreo y las horas libres convivíamos con vecinos y transeúntes.

A las antiguas Eras que usábamos como pistas deportivas, donde debutaron nuestros flamantes chándales y zapatillas que las piedras desgastaban aceleradamente, llegaba el silencio, y el salón del Monte ponía el broche final con la gran fiesta de fin de curso. Regresaban los amigos de los internados y volvían desde Barcelona, Madrid o cualquier punto de nuestra geografía española y del extranjero, otros que junto a sus familias pasaban las vacaciones en el pueblo. A las calles donde crecimos, volvía ese frenesí cotidiano del bullicio colectivo que alteraba el imperante ritmo tranquilo, en un entorno de olor a campo, tormentas de verano, ladrido de un perro, canto de un gallo, conversaciones nocturnas, lluvias de estrellas… a disfrutar de esas amistades que tejimos de pequeños y que tan sólo unos días al año, se hacían invencibles, mientras dejábamos atrás la pre adolescencia y pasábamos a ser los jóvenes de moda, protagonistas de grandes cambios culturales, de estilo de vida y propulsores de una nueva cultura, que la gran mayoría comenzamos a descubrir y a disfrutar junto a nuestra pandilla, que era la estructura orgánica de grupo a la que cada uno pertenecíamos, bien por cercanía o similitudes, templos sagrados de nuestra juventud donde todo se compartía, y donde sin darnos cuenta vivimos grandes experiencias en aquellos maravillosos años, cuando éramos felices y todo era una fiesta.

En pandilla compartimos muchas experiencias nuevas, el ritual del grupo comenzaba en los primeros días de vacaciones con los comentarios típicos del final de curso y la notas, después ya no se volvía a hablar del tema, todo eran planes para el día a día, aventuras y diversión en aquellas largas jornadas de noches interminables. Los amigos que volvían de fuera, nos ponían al tanto de las nuevas modas, que aquí en los pueblos llegaban un poquito más tarde, aunque bien es cierto que ya la televisión y la radio junto a la prensa nos iban llevando a las puertas de la sociedad de consumo que ya hizo su debut por entonces, tiempo de cambios sociales y revolución cultural que tuvo bastante influencia en nosotros y en nuestro tiempo de asueto, y vaya que si cambiamos: de los pantalones rockys con rayas a los lados, tan coloridos, cortos y ajustados, pasamos a la ropa con hombreras y vaqueros de marca, a las melenas y recogidos las sustituyen los cardados, a la bicicleta que era nuestra reina del transporte le come el terreno las legendarias motos Puch Condor, Derbi, Mobilette y Vespinos.

Aquellos bocadillos para la merienda que nos preparábamos con mantequilla y azúcar o tulicren, le fueron comiendo la partida la nocilla, los cropanes y phoskitos. Del polo flash y el trozo de corte, pasamos a los cornetos. El radio cassette vive su época dorada en estos tiempos, acompañándonos con la gran revolución musical que surge a nivel nacional e internacional, se hace imprescindible en nuestras excursiones, reuniones y en aquellas tardes calurosas de verano que disfrutábamos bañándonos en los ríos, albercas y en el canal, mientras Radio Futura nos deleitaba con su “Escuela de Calor”. Comenzamos a fumar los primeros cigarrillos en grupo, turno de caladas de aquellas marcas que la tele nos mostraba con luminosos anuncios. En los ratos que pasábamos en casa, disfrutábamos con las nuevas programaciones televisivas que iban surgiendo, de los payasos pasamos a ser fans del Un, dos, tres.

En películas y series fuimos grandes espectadores de Dallas, Falcon Crest y Corrupción en Miami, aunque los momentos que más nos impactaron fueron como una lagarta se comía un rata en V. Persisten también en nuestro recuerdo los programas musicales como Aplauso o La Juventud baila, donde aprendimos nuevos bailes y ritmos que después ensayábamos en grupo. Mientras nos llegaban los ecos de la Movida Madrileña, disfrutábamos de verbena en verbena por todas las fiestas de los pueblos de la comarca, donde las nuevas orquestas introducían nuevos estilos musicales que aseguraban la diversión en el baile con temas como Paquito el Chocolatero, El Chiringuito… Los bailes domingueros en casa de algún amigo o en el salón parroquial quedaron atrás con las primeras discotecas que se abrieron en algunos pueblos, y las reuniones en la plaza las fuimos cambiando por los encuentros en los primeros pub. Las revistas llegaron a nuestras manos siendo la mas popular la Superpop y el papel cuché lleno de reportajes y artículos de famosos, actores y cantantes y el poster central que ofrecía pasaba a decorar las paredes del dormitorio. Tardes de lectura en grupo, revistas y sobre todo nuevos libros irrumpían con nuevos temas que nos acercaban a mundos muy distintos a los del medio rural en el que vivíamos, recuerdo con especial cariño las tardes que pasábamos escuchando a Triana y devorando la Tesis de Nancy, una novela con la que recorrimos la ciudad de Sevilla y sus personajes en un tono jocoso y de humor que narra la estadounidense en su experiencia con una sociedad conservadora, costumbrista y tradicionalista de la Andalucía de estos años. Con Nacida Inocente descubrimos la crueldad que sufrió la joven protagonista por parte de los malos tratos que le infundían sus padres y que aumentaron en el reformatorio donde fue recluida. La Vida sale al Encuentro nos dio a conocer Galicia y la vida, sentimientos e ideales de los jóvenes protagonistas, y un sinfín de títulos que quedaron acomodados en las baldas de nuestras bibliotecas.

Mientras llegaba la noche y quedábamos para la velada comenzaba el ritual del aseo y arreglo a ritmo de Sombra aquí y sombra allá de Maquillaje de Mecano, los armaritos romi del baño se llenaban de cosméticos, maquillajes y perfumes como Farala y Brumel, que nos acompañaban en cada arreglo. En las fiestas del grupo sustituimos la Gaseosa y la Mirinda por la Fanta y la Coca Cola, y aunque la estrella era la cerveza Alhambra la fueron desplazando los combinados que irrumpían con la ginebra Larios. Estos años fueron la época del descubrimiento del sexo. De la represión que sobre el tema vivimos en la escuela y en la familia, la libertad sexual, el destape masivo que mostraban las revistas con desnudos y striptease como un arte que alababan incluso los poetas intelectuales, nos llevó también a compartir en pandilla las dudas, con más miedo que emociones. Y esos amores de verano, lo intensos que eran. Parecía que no podía uno experimentar nada mejor ni más placentero que conocer en plena adolescencia, a tu media naranja. Muchos duraron hasta el final del verano, sobre todo si la pareja era de fuera y había que separarse. Otros perduraron en el tiempo. Estas vivencias y otras eran en definitiva las de aquellos años en estos pueblos, donde están nuestros orígenes y la esencia verdadera de lo que somos. No hay mejor verano que el que te provoca la nostalgia.

Deja una respuesta

Your email address will not be published.

Lo último

0 £0.00