Cuando los nombres se abrazan: el alma de un hermanamiento
La propuesta de la Asociación Cultural Almòsita, aceptada con entusiasmo por los alcaldes Francisco García, de Almócita, y Julio Prieto, de Dúrcal, se materializó aquella mañana de otoño en un salón de plenos colmado de emoción
El 5 de octubre, la historia volvió a respirar entre las montañas de la Alpujarra. Dúrcal y Almócita, dos pueblos separados por kilómetros pero unidos por siglos de memoria, sellaron un hermanamiento que va más allá de los papeles: un reencuentro entre raíces, nombres y almas.



I. Dos nombres, una memoria
La historia, aquella que a veces duerme bajo el polvo del tiempo, despertó temprano ese día. Una delegación de la Asociación Cultural Almòsita de Dúrcal, junto al grupo de teatro Zítora —dirigido por Mari Tere Puerta y con el dramaturgo Antonio Serrano, autor de Salvados por las trompetas—, emprendió camino hacia Almócita, ese pequeño gran pueblo de la Alpujarra almeriense que, como un farol encendido entre montañas, custodia la memoria de un pasado milenario.
El propósito era claro: ser la avanzadilla del Ayuntamiento de Dúrcal, representado por su alcalde y concejala de Cultura, para sembrar los primeros brotes de un hermanamiento entre dos lugares que comparten más que un nombre.
“Almócita”, del árabe al-mawsata —el lugar de en medio—, es mucho más que una coincidencia toponímica. Es un hilo invisible tejido por siglos de historia común: Almócita entre Beires y Padules; Almócita entre Márgena y El Darrón, los antiguos barrios moriscos de Dúrcal. Dos puntos de un mismo mapa espiritual, guardianes de una herida antigua que la memoria se resiste a olvidar.
II. De las heridas del pasado a los puentes del presente
En 1570, Don Juan de Austria, hermano de Felipe II, firmó en Almócita la rendición de los moriscos en el Cortijo de Hadid, rebautizado desde entonces como Cortijo de las Paces. Un año antes, en 1569, en el barrio durqueño de Almócita, se libraba una cruenta batalla entre moriscos y tropas del Marqués de Mondéjar. Dos escenarios, dos heridas, una misma promesa de paz.
Y quizá en ese espejo de sufrimientos se halle la verdadera esencia de este hermanamiento: reconocer un dolor compartido y construir, desde las ruinas del pasado, un porvenir reconciliado.
La propuesta de la Asociación Cultural Almòsita, aceptada con entusiasmo por los alcaldes Francisco García, de Almócita, y Julio Prieto, de Dúrcal, se materializó aquella mañana de otoño en un salón de plenos colmado de emoción.
A las once de la mañana, mientras parte de la delegación preparaba el teatro municipal para la representación teatral, la comitiva principal era recibida en el Ayuntamiento de Almócita. Allí, en un ambiente de fiesta y fraternidad, se firmó el convenio que hermanaba oficialmente a ambos pueblos. Hasta las paredes parecían respirar afecto.
En un salón de plenos repleto, el alcalde Francisco García García, acompañado de sus concejales, dio la bienvenida a la delegación durqueña con una calidez difícil de describir. Aquel gesto sellaba no solo un hermanamiento entre municipios, sino un compromiso con la memoria.
Los discursos de ambos alcaldes, Francisco García y Julio Prieto, estuvieron impregnados de emoción y esperanza. Agradecieron a la Asociación Cultural Almòsita su labor visionaria y al autor de este texto, Antonio Gil de Carrasco, la redacción del convenio que hizo posible el acuerdo.
El ambiente era festivo, cálido, fraternal. Hasta las paredes parecían respirar afecto. Lo que comenzó como un encuentro local pronto se convirtió en el germen de un proyecto más amplio: extender el abrazo más allá del mar, hacia el norte de Marruecos, donde aún viven descendientes de los moriscos expulsados en 1609, muchos de ellos conservando las llaves oxidadas de las casas que un día dejaron atrás. Llaves de metal… y de memoria.
El acto concluyó con un intercambio de obsequios y un minuto de silencio por las víctimas del sufrimiento en Gaza, respetado con sobrecogedora solemnidad.
III. Arte, música y esperanza
Tras la firma del convenio, la delegación se dirigió al teatro municipal para asistir a Salvados por las trompetas, obra del dramaturgo durqueño Antonio Serrano. La pieza, que revive la rebelión morisca y la épica batalla de Dúrcal, fue acogida con entusiasmo y aplaudida con fervor.
Después, el cantautor hispano-magrebí Suhail Serguini ofreció un pequeño concierto de canciones andalusíes, acompañado por el laúd árabe mientras el autor de este texto recitaba dos poemas sobre la expulsión de los moriscos y sobre Palestina. La emoción flotaba en el aire: era el sonido mismo de la reconciliación.

El grupo de música tradicional “Fuente de los Tres Caños” de Almócita cerró la jornada con canciones populares llenas de vida y raíces. Incluso el alcalde se unió al canto, símbolo de un espíritu de unión que recorrió cada acto.
El día concluyó con una comida de hermandad ofrecida por el Ayuntamiento de Almócita, donde risas, abrazos y proyectos futuros se entrelazaron como raíces que ya nadie podrá separar. Se anunció con ilusión la próxima visita de una delegación al municipio de Dúrcal.
Fue una jornada cargada de arte, historia y emoción. Una de esas que se guardan para siempre en el corazón, porque cuando las memorias se abrazan con dignidad, se transforman en futuro.
“El hermanamiento entre pueblos no se firma con tinta, sino con el corazón. Porque la paz empieza cuando recordamos que el otro también somos nosotros.”
— Federico Mayor Zaragoza






