La intolerancia que incendió Granada: memoria escénica del drama morisco

Como dejó dicho Federico García Lorca, “el teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana”. Y en noches como estas, esa poesía tuvo rostro, voz y latido gracias a directores como Mari Tere Puerta y autores como Antonio Serrano, capaces de convertir unas tablas en memoria viva y emoción perdurable

En 1570, Don Juan de Austria firmó en Almócita la rendición de los moriscos en el antiguo Cortijo de Hadid, desde entonces llamado Cortijo de las Paces. Un año antes, en 1569, la sangre había corrido en Dúrcal, donde moriscos y tropas del Marqués de Mondéjar se enfrentaron con la ferocidad de quienes saben que luchan por su destino. Dos lugares. Dos heridas abiertas. Una sola esperanza de paz.

A veces la historia duerme en los libros, sepultada bajo el polvo de los siglos, muda y olvidada. Pero existen hombres capaces de despertarla, de arrancarla de la sombra y devolverle aliento sobre las tablas de un escenario. Uno de ellos es Antonio Serrano: creador incansable, sembrador de memoria, artesano de emociones. En su obra Salvados por las trompetas, la tragedia y la risa se entrelazan con ese humor satírico andaluz que sabe llorar sin dejar de sonreír.

Con la pluma en una mano y el corazón en la otra, Serrano ha rescatado del olvido la batalla de Dúrcal de 1569, ocurrida en los albores de la rebelión morisca bajo el reinado de Aben Humeya, proclamado en Béznar. Aquella contienda estremeció las entrañas de Granada y de las Alpujarras. Fue el grito desesperado de un pueblo que, tras la caída del Reino Nazarí en 1492, intentaba conservar su fe, su lengua y sus costumbres frente al empuje inexorable de la Corona.

Gracias al empeño de Serrano, Dúrcal entra ya en la noble estirpe de pueblos que reviven cada año su pasado en fiestas de moros y cristianos, como Quéntar, Vélez de Benaudalla o Válor. Porque esto no es solo teatro: es rito, raíz, espejo donde un pueblo vuelve a mirarse para recordar quién fue, quién es y de dónde viene. Una llama que cruzó océanos y prendió también en México y Perú, donde aún sobreviven ecos de aquellas gestas.

Antonio Serrano está hecho de la madera noble de los hombres de escena. Maestro paciente, actor poderoso, escenógrafo visionario, director de imaginación inagotable. Desde su llegada, hace más de treinta años, a la compañía Mira de Amescua, ha sido columna firme, latido constante y brújula de generaciones enteras.

Pero toda obra necesita manos que sepan convertir la palabra en milagro visible. Y ahí surge el nombre de Mari Tere Puerta. Con delicadeza de orfebre y sensibilidad de poeta, tomó el texto de Serrano y lo elevó a espectáculo memorable. Su trabajo, a la vez técnico y artístico, sobrio y emocionante, fue la piedra angular de este triunfo.

Directora del grupo Zítora, Mari Tere brindó a Serrano la oportunidad de ver su obra respirando ante el público de su tierra. Y ese gesto tuvo algo de justicia poética: el reconocimiento de un pueblo a quien tanto había entregado en silencio.

Junto a ellos brilló también la precisión sonora de Juan Felipe “Tierra”, así como la valentía de un elenco joven, muchos debutantes, que se arrojaron al escenario con la pureza de quien aún no conoce el miedo.

El camino de Salvados por las trompetas comenzó en Dúrcal, el 12 de septiembre de 2025, en la Escuela Taller. Allí un público fervoroso celebró cada escena, cada refrán, cada giro de lenguaje en el que se mezclaban el castellano antiguo y los dichos populares del Valle de Lecrín. Los aplausos interrumpían la función como si también ellos quisieran formar parte de la representación.

La segunda parada fue el 5 de octubre en Almócita, durante los actos de hermanamiento entre ambos pueblos: Dúrcal, donde se libró la batalla que inspira la obra, y Almócita, donde se firmó la paz. Pocas veces un acto cultural encontró marco tan perfecto. Y ocurrió el milagro: en un pueblo de apenas doscientos habitantes, a una hora tan improbable para el teatro como las doce de la mañana, acudieron casi más espectadores que vecinos.

El 29 de marzo de 2026 la obra regresó a Dúrcal. Era Domingo de Ramos, fecha difícil por la cercanía de la Semana Santa. Sin embargo, el público casi llenó de nuevo el espacio. Muchos salían emocionados, reconociéndose en las palabras, en los gestos, en la memoria compartida de sus mayores.

Y después llegó a Padul, el 18 de septiembre, en el Centro Cultural Federico García Lorca. Allí se alcanzó, quizá, la cumbre artística de la obra. Cada actor bordó su papel con una verdad escénica estremecedora. Hubo magia en el aire, una energía antigua, casi ceremonial. Y, sin embargo, fue la representación con menos público. El teatro conoce bien esas paradojas: a veces ofrece sus noches más hermosas ante los ojos más escasos.

Mari Tere Puerta anunció entonces que aquella sería la última representación del grupo Zítora. La noticia dejó en el ambiente una tristeza serena, esa nostalgia que nace cuando algo hermoso llega a su final. Porque entre ensayo y ensayo, entre risas y nervios de camerino, los actores habían tejido la amistad verdadera.

Pero el telón no parece dispuesto a caer del todo. Antonio Serrano sueña con llevar la obra a la plaza del pueblo, con caballos, jinetes y pueblo en fiesta, para sembrar en Dúrcal una nueva tradición de moros y cristianos. Y no sería extraño que lo lograra, porque hay hombres a quienes el teatro no les ocupa la vida: les arde dentro.

Como dejó dicho Federico García Lorca, “el teatro es la poesía que se levanta del libro y se hace humana”. Y en noches como estas, esa poesía tuvo rostro, voz y latido gracias a directores como Mari Tere Puerta y autores como Antonio Serrano, capaces de convertir unas tablas en memoria viva y emoción perdurable.

La historia enseña que la intolerancia siempre busca disfraces nuevos: ayer se persiguió a los moriscos por su fe y su cultura; hoy se castiga a gazatíes e iraníes en nombre de la seguridad, mientras quienes acumulan los mayores arsenales del planeta señalan con el dedo ajeno lo que jamás se reprochan a sí mismos.