¿Qué está pasando con la Educación?

Llevamos décadas reformando el sistema educativo. Cada cambio de gobierno trae consigo una nueva ley, un nuevo currículo y una nueva forma de entender la enseñanza

Entre imputaciones, incendios y fútbol, una noticia ha pasado casi desapercibida. Sin embargo, debería ocupar mucho más espacio en el debate público: en las oposiciones al cuerpo de maestros han quedado plazas sin cubrir porque un número importante de aspirantes no ha alcanzado el nivel mínimo exigido.


La noticia no debería escandalizarnos por el hecho de que haya plazas vacantes. Lo verdaderamente preocupante es el motivo. Los tribunales hablan de faltas de ortografía impropias de quien aspira a enseñar a escribir, de errores de acentuación, de puntuación y de expresión escrita. No faltó quien intentó justificar lo injustificable, como si una tilde fuera un detalle sin importancia. Pero no lo es. No significa lo mismo escribir «Juan valoró tu trabajo» que «Juan, valoro tu trabajo». La lengua no es un adorno; es una herramienta para pensar y para comunicarse con precisión.


Las carencias no terminan ahí. También han trascendido errores de conocimientos básicos: confundir un municipio con una provincia, considerar que el estudio de las plantas pertenece a las Ciencias Sociales o desconocer qué es la robótica, una disciplina que desde hace años forma parte de las prioridades educativas por su vinculación con las competencias del futuro.
La pregunta es inevitable: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?


Llevamos décadas reformando el sistema educativo. Cada cambio de gobierno trae consigo una nueva ley, un nuevo currículo y una nueva forma de entender la enseñanza. Mientras tanto, los resultados siguen generando preocupación y el nivel de exigencia parece haberse convertido en un asunto incómodo. Quizá hemos confundido igualdad de oportunidades con rebajar el listón. Y eso, lejos de beneficiar a los alumnos, termina perjudicándolos.


La profesión docente merece el máximo reconocimiento social. Pero ese reconocimiento también exige responsabilidad. Quien va a formar a las próximas generaciones debe acreditar una preparación sólida. No basta con cubrir plazas; hay que cubrirlas con los mejores.


No tengo la receta para resolver un problema tan complejo. Sé que hacen falta más estabilidad para el profesorado, menos burocracia, ratios más bajas y mejores condiciones en los centros. Pero también creo que hace falta algo que llevamos demasiado tiempo posponiendo: un gran pacto por la educación que sobreviva a los calendarios electorales y que sitúe el aprendizaje por encima de la confrontación política.


Cuando los resultados son malos, resulta demasiado fácil culpar al examen, al tribunal o al sistema de evaluación. Tal vez haya llegado el momento de formular una pregunta más incómoda: ¿y si el problema no está en cómo medimos, sino en lo que estamos enseñando… o dejando de enseñar?