Grandes Incendios Forestales: análisis y reflexión profundos en el 2026

Introducción

En el futuro nos recordarán como la generación que intentaba vivir con normalidad en un contexto que ya no lo permitía. Pero, para eso, habría que definir primero qué es la normalidad. Quizás este sea el primer gran planteamiento de este análisis que propongo.

Para ello, hay que hacerse algunas preguntas primero: ¿es normal el nivel de consumo de los países «desarrollados»? ¿Lo es el crecimiento ilimitado en un planeta finito, con recursos limitados? ¿La pérdida de biodiversidad que implican estos?… Podrían hacerse muchas más preguntas y nos daríamos cuenta de que nuestro estilo de vida no es normal, azuzado por grandes corporaciones y multinacionales sin escrúpulos cuyo único interés es obtener mayores beneficios cada vez. En otras palabras, un suicidio, una estupidez, una gran ignorancia, pues requiere sacrificarlo todo, incluso la vida en la Tierra —incluidos nosotros, pues no somos ajenos a ella, como muchos creen—.

Quizás por esto nos estamos acostumbrando a imágenes distópicas propias de una película de ciencia ficción apocalíptica: gente veraneando en la playa mientras arden los bosques en el horizonte; boat parties frente a las islas griegas en llamas; ciudades y pueblos emblemáticos atestados por la gentrificación y a más de cuarenta grados. Ni la alta temperatura frena a las hordas de gente que quieren sus vacaciones, pese a pertenecer a una civilización a punto de desaparecer.

Hay algo que no cuadra en nuestro comportamiento actual, muy contradictorio y peligroso. En lugar de planificar, organizarnos y actuar frente a lo que nos viene, nos hemos aferrado al hedonismo superficial y lo plasmamos en los mundos virtuales que la era digital nos brinda con sus redes sociales. Así, parece que vagamos bastante perdidos y desconectados de la realidad, mientras nos esforzamos por fingir, crear imágenes de lo que no somos y conectar con la moda que estos espacios ofrecen a cambio de la destrucción del medio ambiente, pues los centros de datos que permiten que estas realidades virtuales —cuyo fin es proporcionar datos al mercado, que luego nos manipulará para convertirnos en mejores consumidores— existan requieren enormes cantidades de energía y recursos —entre estos el agua, el líquido de la vida—, quizás más que ninguna otra actividad. Su expansión, especialmente vinculada al desarrollo de la inteligencia artificial, introduce además una presión adicional sobre recursos que son especialmente críticos en regiones con estrés hídrico.

Es irónico, toda una paradoja, lo que está ocurriendo, pero a nadie parece importarle. Como en la película Don’t Look Up, nadie está dispuesto a salir de Matrix y vivir en la realidad. Y el coste es todo. Ya lo advierten los últimos informes científicos recién publicados: nos enfrentamos al colapso de la red de suministros y de alimentos, pues, con este contexto climático y de cambio global, la soberanía alimentaria no está asegurada. Y no en las próximas décadas o a finales de siglo, sino en los próximos años. Es inminente. Ya no se puede cultivar como antes, y el modelo de producción está quedando obsoleto debido a las temperaturas extremas, sequías e inundaciones impredecibles, pérdida de suelo y biodiversidad, desaparición rápida de polinizadores, erosión y modelos de producción intensivos que están dañando los ecosistemas: plásticos, contaminación, abuso de consumo de agua dulce…

Y no es alarmismo, es la verdad. Pero ¿a quién le importan los informes científicos, los datos objetivos y empíricos, si podemos escuchar a cualquiera dando su opinión y diciendo que el problema se reduce a que «el monte está sucio y hay que limpiarlo», al igual que los cauces; que «no se deja entrar al ganado en el bosque»; o que el cambio climático no existe y es, más bien, una conspiración global? Claro, es mejor esto y más beneficioso, sobre todo para las multinacionales que seguirían lucrándose en este caos, sin preocupación por este apocalipsis, pues dejar de consumir y crecer como lo hacemos, para ellas, es más grave que el fin de la vida.

A esto hemos llegado, querido lector.

Y los gobiernos y las administraciones tampoco están por la labor. Prefieren seguir aferrados al mito del mercado y del crecimiento, aunque ello suponga el final. Ya han elegido y han cambiado su discurso: nos dicen que nos adaptemos. Ya no hablan de evitar el problema, de cambiar la dinámica. Pero adaptarse significa algo muy grave, pues es, más bien, un «sálvese quien pueda»; es supervivencia, y hacia eso nos dirigimos ya sin la menor duda, pese a que no queremos verlo ni admitirlo.

Hecha esta introducción, he aquí el análisis de la problemática que traigo hoy centrándome más en los grandes incendios forestales (GIF).

Lo que nos dice la estadística

Este año es un ejemplo de la compleja y dura realidad a la que nos enfrentamos. Los megaincendios forestales que estamos sufriendo en España este verano no están siendo causados por unos pirómanos locos, por una conspiración de la Agenda 2030 o por el lobby energético para sus planes de renovables, sino por negligencias derivadas de actividades humanas que se vienen haciendo con normalidad en las zonas rurales: quemas agrícolas, siega de cereal por parte de cosechadoras, maquinaria en trabajos de distinta naturaleza, etcétera. Es justo hacer un desglose exacto de los datos de este año y del origen de los principales incendios forestales para que así saquen sus propias conclusiones:

– Incendio de Burgohondo, en Ávila: El mayor de la historia de España, que ha calcinado unas 50.000 hectáreas. El origen está en una negligencia humana debida al uso de maquinaria pesada sin los permisos necesarios. Esta generó unas chispas que prendieron el terreno. Los trabajos del maquinista fueron contratados por una asociación local de ganaderos.


– Incendio de La Mierla, en Guadalajara: Es el tercer mayor de la historia de España, llegando a calcinar más de 35.000 hectáreas. El origen apunta a las chispas producidas por una cosechadora operada por el alcalde de La Mierla — perteneciente al partido político de VOX—  durante trabajos de siega en parcelas colindantes a la zona forestal.

– El incendio de San Martín de Valdeiglesias, en Madrid: Ha afectado a 26.000 hectáreas y fue causado por un coche de combustión que ardió en el arcén de la carretera M-501, concretamente, un modelo convencional Citroën C3.

–  El incendio Niebla, en Huelva: El origen del devastador incendio apunta a una colilla encendida arrojada desde un vehículo a la carretera. Las condiciones de riesgo extremo, el fuerte viento cambiante y las grandes masas de vegetación y eucaliptos propiciaron que las llamas salieran de la capacidad de extinción, convirtiéndolo en el incendio más devastador de la historia de Andalucía con unas 33.000 hectáreas afectadas.

Las causas: El DPV

Los datos actuales demuestran que simples actividades humanas pueden desembocar en grandes incendios forestales como nunca antes se han visto. Anteriormente, estas actividades podían originar incendios, pero no tenían la capacidad de alcanzar estas dimensiones y superar la capacidad de extinción.

¿Pero qué es lo que ha hecho que esto sea diferente?

Primero tenemos que ponernos en contexto. Si bien antes todas estas actividades podían originar incendios, estos no terminaban en grandes incendios salvo excepciones. Y todo esto se debe a un factor determinante del que apenas se habla en los medios de comunicación y que es muy preocupante: la humedad de la vegetación.

Ahora más que nunca —viendo tal y como está sucediendo esta problemática— recuerdo que, allá por 2012, mientras estudiaba el Máster Universitario de Conservación, Gestión y Restauración de la Biodiversidad, en concreto durante una asignatura del primer cuatrimestre, se nos describió un fenómeno que me hizo reflexionar mucho sobre el futuro y que, hoy día, se está cumpliendo como una profecía científica en la que no se está reparando. Se trata del concepto de Estrés Hídrico Atmosférico por Déficit de Presión de Vapor (DPV) (o Vapor Pressure Deficit, VPD en inglés). Esta variable científica es la que mejor explica cómo las olas de calor afectan a los bosques, secándolos por completo.

¿Y qué mide el DPV? Pues cuantifica con exactitud la diferencia de humedad que existe entre el aire y la cantidad máxima que este podría retener si se encontrara saturado a una temperatura determinada. O dicho de otra forma, es la fuerza que mide la «sed» del aire y su capacidad para arrancar agua de las plantas. Cuando el DPV es muy alto, el aire seco exprime la humedad de la vegetación más rápido de lo que las raíces pueden absorberla, provocando una deshidratación severa conocida como estrés hídrico atmosférico.

¿Y cómo afecta todo esto a la vegetación arbórea? Creando el efecto «Esponja gigante»: Cuanto mayor es la temperatura durante una ola de calor, la capacidad del aire atmosférico para retener agua aumenta de forma exponencial. El aire se vuelve «sediento» y succiona el agua de las plantas y del suelo con una fuerza masiva, provocando el secado completo de la vegetación. En este caso el combustible fino muerto (hojarasca, ramas caídas) equilibra su humedad con la del aire. Un DPV extremo desploma su contenido de agua por debajo del 5% en pocas horas, dejándolo listo para arder ante cualquier chispa. Durante una ola de calor, impulsada por un DPV extremo, la evapotranspiración se dispara a niveles máximos. El resultado final es el colapso de los árboles vivos, ya que estos, para defenderse de este estrés, cierran sus estomas (los poros microscópicos de las hojas por donde se producen los intercambios de gases, transpiración y regulación hídrica de las plantas) para no perder agua. Al cerrarlos, dejan de absorber CO₂ y de hacer la fotosíntesis. Si el DPV es muy alto y prolongado, el árbol sufre embolismo (entran burbujas de aire en sus conductos hídricos) y muere deshidratado de pie, lo que se conoce como decaimiento forestal.

En otras palabras, las plantas tienen dos opciones: morir de «hambre» (porque dejan de realizar la fotosíntesis al cerrar los estomas) o de «sed» (por deshidratación), valga la metáfora.

El problema está en que el DPV está aumentando con los años debido al incremento de la temperatura atmosférica. Las investigaciones científicas demuestran que ha crecido sustancialmente en la mayor parte del planeta, un fenómeno impulsado por el calentamiento global de origen antropogénico. Esto no solo se traduce en olas de calor más intensas y duraderas, sino también en una mayor capacidad de la atmósfera para succionar el agua de la vegetación. Así, el aumento constante del DPV es el principal responsable de que los incendios actuales sean tan rápidos, intensos y difíciles de extinguir. Esta es la clave que nos está sumiendo en un escenario ambiental críticamente peligroso.  

Existe una ley física fundamental detrás de este incremento (la ecuación de Clausius-Clapeyron) que explica por qué la atmósfera se está volviendo más «sedienta»: Capacidad de retención exponencial, donde por cada 1 °C que aumenta la temperatura, la capacidad del aire para retener vapor de agua se incrementa de forma exponencial (aproximadamente un 7% más de capacidad por cada grado). Y la trampa de la humedad relativa, que aunque la cantidad total de agua evaporada en el planeta sube, el aire en los continentes se calienta mucho más rápido de lo que se humedece. Esto provoca que la brecha entre la humedad que el aire tiene y la que podría retener (el DPV) sea cada vez más grande. El resultado es un aire caliente y desecante que succiona el agua de los ecosistemas.

Gracias a los satélites de Copernicus, que miden este estrés atmosférico en tiempo real, se pueden hacer modelos de predicción bastante realistas y útiles. La señal de alarma saltó entre 2005 y 2008, cuando el calor estival empezó a evaporar el agua del suelo a mayor velocidad de la que caía por lluvia (pérdida de agua en el balance de evapotranspiración). Durante este periodo, las agencias forestales de Canadá y Europa septentrional detectaron que la tasa de crecimiento de las piciáceas caía a niveles mínimos históricos en los márgenes del sur boreal debido a veranos inusualmente secos.

Más tarde, la mortalidad masiva de árboles en zonas boreales comenzó a documentarse de forma sólida mediante imágenes de satélite y a gran escala a partir del año 2010. Aunque los satélites capturaban datos desde antes, fue alrededor de 2010 cuando los analistas climáticos, utilizando los registros históricos de los satélites Landsat (NASA) y MODIS, confirmaron un cambio de tendencia drástico en la firma espectral de la taiga. Los satélites detectaron un fenómeno bautizado como «Boreal Browning» (el amarronamiento o pérdida de verdor del bosque boreal).

Estudios definitivos publicados a principios de la década pasada demostraron que, los bosques en lugar de beneficiarse del calor para crecer más, las zonas densamente arboladas de Canadá y Siberia mostraban un declive masivo de clorofila y actividad fotosintética justo en los veranos donde el DPV era más alto.

Esto nos puede dar una perspectiva y dimensión real de a lo que nos estamos enfrentando, y de por qué las cuatro fórmulas fáciles de «limpiar» el monte de «combustible», dejar entrar más ganado o dar más libertad a los habitantes de las zonas rurales para gestionar sus terrenos no pueden servir por sí solas si seguimos ignorando a este monstruo que estamos alimentando y haciendo crecer.

Al igual que las causas no pueden explicarse como se expone en los medios de comunicación y redes sociales, reduciéndolo a «el monte está sucio y hay que limpiarlo», como si fuera tan simple —muy mal uso del vocabulario por cierto—. No me cabe duda de que son intentos de manipulación pública para desviarnos del foco, pues el modelo económico depende de los combustibles fósiles, y relacionar todo esto con el aumento de temperatura derivado del uso que hacemos de estos sería señalar al motor de la economía. Y esa contradicción es necesaria ocultarla: lo que mueve la economía, a su vez, es lo que nos está matando.

Por citar un ejemplo descriptivo, las intensas olas de calor sufridas en julio de 2026 provocaron unas condiciones de calor y sequedad que aumentaron el estrés hídrico de la vegetación, agotando las reservas hídricas del suelo y haciendo que el riesgo de incendio fuera extremo —índice de combustibilidad muy alto—, actuando como desencadenante. Los datos de Copernicus ya muestran que durante 2026 se han producido en Europa importantes anomalías de temperatura y humedad del suelo, especialmente en amplias zonas de la península ibérica, y que estas condiciones han contribuido a la propagación e intensificación de los incendios.

Si esto se suma al contexto histórico del abandono de las zonas rurales, falta de gestión y de prevención en terrenos forestales, tenemos la concatenación perfecta para la catástrofe que estamos sufriendo.

Las causas: El problema estructural

El abandono de las zonas rurales fue una consecuencia del modelo económico basado en los mercados y el crecimiento económico. Principalmente, antes vivía más gente de la agricultura y ganadería, que tenían en explotación pequeñas parcelas y huertos. Era un modo de vida basado en la autosuficiencia. Esto hacía que el campo estuviera cuidado y mantenido; en términos pragmáticos, había más discontinuidades en los terrenos forestales que podían actuar de barrera ante los incendios forestales. Esa tendencia se fue invirtiendo con los cambios del modelo productivo hacia el polo actual: grandes explotaciones intensivas. Ahora menos gente vive de la agricultura y la ganadería, pero para poder hacerlo necesitan ser mucho más productivos, no para alimentarnos, sino para cumplir con las expectativas de los mercados. Así, como resultado, tenemos más cabezas de ganado pero en menos manos y, en su mayoría, estabuladas. La agricultura también se ha intensificado. La consecuencia de todo este proceso ha resultado en rápidos cambios de uso del suelo que han tenido graves consecuencias en la biodiversidad, suponiendo pérdida de hábitat para muchas especies, y además ha provocado un abandono de las zonas rurales y los terrenos forestales que antes eran custodiados por sus habitantes. La economía exige unos precios baratos a los agricultores y ganaderos, y estos se ven presionados, y cada vez más asfixiados. Sería conveniente que vieran la realidad de su problema, entonces comprenderían que las grandes multinacionales y plataformas de la industria son las que realmente están haciendo la vida imposible a estos sectores, y no las políticas medioambientales.

En esencia, es el modelo económico el culpable de este cambio y, en última instancia, el problema estructural del abandono rural y, por ende, de los terrenos forestales, que sin el mantenimiento y gestión que antes realizaban los pobladores de estas amplias zonas, han quedado en la situación hoy día denunciada y que hace a estos terrenos más vulnerables a la hora de exponerse a enfermedades forestales o incendios. Hay que insistir en que esta situación no es nueva y lleva sucediendo desde los años setenta. ¿Pero por qué es ahora cuando los incendios están siendo tan terribles? Esa pregunta es la que resolví en el apartado anterior.

Otro de los factores que influyen ha sido la mala política forestal. En las décadas de 1960 y 70 se realizaron grandes repoblaciones monoespecíficas —se usó una única especie de pino que variaba según la zona— muy densas. La idea era evitar los graves problemas de erosión debido a la deforestación a la que habían sido sometidos los bosques en el pasado —industria maderera para la construcción de barcos y vías férreas, presión urbanística, y la ganadería y  agricultura, entre otras—. El planteamiento era, una vez corregido el problema de erosión, en parte para evitar la colmatación de las grandes presas que se estaban construyendo, realizar una progresiva transformación de estos bosques densos y monoespecíficos de pino hacia bosques mixtos mediterráneos, es decir, encina, alcornoque y roble. Para ello se deberían haber realizado planes intensos de entresacas para reducir la densidad, sumados a los aprovechamientos del bosque y su gestión por los habitantes de estas zonas. El problema fue que estos aprovechamientos dejaron de ser rentables a causa del cambio en los procesos productivos descritos en el párrafo anterior. Es decir, esa sucesión nunca se realizó y nos ha llevado al contexto actual: grandes extensiones de bosque denso con una única especie arbórea, lo que en términos de resiliencia no es funcional, ya que un solo incendio o enfermedad tiene el potencial de acabar con toda la masa. En cambio, un bosque mixto, más biodiverso y heterogéneo, lo haría mucho más fuerte ante estos. Tristemente, esas políticas forestales nunca se han realizado, tal vez a medias en algunas zonas. Aunque es normal que esto haya ocurrido: el medio ambiente suele ser la materia que menos presupuesto recibe y que menos preocupación genera al ciudadano —votos—. Solo ahora, cuando la gente ve amenazadas sus propiedades, modo de vida e integridad física, parece haber despertado inquietud, pero mal enfocada por la tergiversación del discurso que las élites están haciendo a través de RR. SS. y medios de comunicación, y tristemente mucha gente está siguiendo.

Un tercer factor sería la falta de responsabilidad y la dejadez de las administraciones y propietarios. Ambos están obligados, según la titularidad del terreno, a ejecutar diferentes planes de prevención ante situaciones de incendios forestales. Estos son los planes de prevención de incendios forestales, planes técnicos y de ordenación de montes —según la superficie del terreno—, planes de autoprotección y planes locales de emergencias por incendios forestales —de los cuales los ayuntamientos son responsables—. Ni el sector público ni el privado están ejecutando adecuadamente estos, si es que ni siquiera los tienen actualizados o establecidos. Una falta de compromiso de obligaciones que ha llevado a una desprotección del monte, bosque, dehesas o pastos. Una paradoja, porque muchos de los ganaderos y agricultores que ahora claman al cielo, son responsables —y están obligados— de ejecutar dichos planes que hubieran protegido el territorio de estos grandes incendios. Es más, los propietarios reciben grandes subvenciones con fondos europeos para ejecutarlos y mantener sus fincas/explotaciones. Pero, en la práctica, no se ha hecho. Así que administraciones y propietarios privados han ignorado sus responsabilidades, poniéndonos en una situación dramática.

La mala planificación urbanística sería otro. Cada vez se construye más cerca de los terrenos forestales buscando la exclusividad y la tranquilidad. Urbanizaciones y diseminados en zonas de influencia forestal son un peligro, ya que además no ejecutan planes de autoprotección ni adoptan medidas que las protejan de los incendios, exponiendo a sus habitantes a este riesgo.

Falta de concienciación ciudadana a la hora de afrontar estas emergencias o incluso conductas negligentes que las causan: quemas en lugares y fechas de riesgo —y no permitidas—, barbacoas u hogueras para cocinar, uso de maquinaria, actividades y comportamientos inapropiados. La falta de educación ambiental y concienciación es una mezcla peligrosa en unas circunstancias tan vulnerables ante la causalidad de incendios.

Podría mencionar más causas estructurales, pero creo que ya se puede construir una idea con todo esto que se traduce finalmente en: mala gestión y política forestal, y terrenos forestales más vulnerables y dispuestos a sufrir grandes incendios forestales muy complicados de combatir, y sobre todo, nada de prevención. Una actitud reactiva que nos aleja de la solución, en lugar de la proactividad que la prevención nos hubiera dado.

Ciencia ante el negacionismo

Para analizar con rigor científico la relación causa-efecto entre las olas de calor y la propagación de incendios forestales, la comunidad internacional de físicos de la atmósfera y analistas del fuego recurren a los modelos estadísticos de Copernicus (C3S), el Centro Común de Investigación (JRC) de la Comisión Europea, European Forest Fire Information System (EFFIS)  y el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO).  Gracias a los datos de dichas fuentes oficiales he realizado una serie de gráficos para explicar en profundidad las relaciones entre los Grandes Incendio Forestales (GIF) y distintos factores climáticos.

El gráfico superior demuestra que los incendios forestales no se distribuyen de forma lineal a lo largo del verano, sino que muestran un comportamiento exponencial en dientes de sierra, cuyos picos máximos coinciden con un decalaje (lag) de entre 48 y 72 horas tras el inicio de una ola de calor. La ciencia del fuego explica esta correlación objetiva a través de tres variables físicas y termodinámicas:

1. Dinámica de la Humedad Relativa del Aire (HR) y el Combustible Fino Muerto (FMC): De acuerdo con las ecuaciones de la Humedad de Equilibrio Higroscópico, el combustible fino muerto (hojarasca, ramas secas y pastizal agostado) carece de mecanismos biológicos para retener agua; su estado depende estrictamente de la atmósfera ambiental. El fenómeno se describe de forma que cuando una ola de calor desploma la humedad relativa del aire por debajo del 30%, la presión de vapor de la atmósfera actúa como una bomba de succión hídrica, el famoso DPV ya descrito. El contenido de agua de este combustible cae por debajo del 5% de su peso seco. A partir de este umbral crítico, la energía necesaria para iniciar la ignición es casi nula: cualquier chispa mecánica (como la de una cosechadora) provoca una transición instantánea de fase gaseosa a llama abierta en menos de un segundo.

2. La Ruptura de la Recuperación Nocturna (Inversión Térmica): Los datos de la red de estaciones de Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) reflejan que el verdadero peligro de las olas de calor radica en las noches tropicales o ecuatoriales (temperaturas mínimas mayores o iguales a 20 º C  o 25º C). En un verano normal, el descenso térmico nocturno eleva la humedad relativa del aire, permitiendo que la vegetación absorba humedad superficial y «se apague» parcialmente. El impacto de la ola de calor se traduce en un bloqueo atmosférico cálido, la humedad nocturna no se recupera (se mantiene confinada en valores inferiores al 40%). Como consecuencia, los incendios forestales mantienen tasas de propagación nocturnas sumamente elevadas, anulando la ventana de oportunidad bioclimatológica que aprovechan las brigadas de extinción para estabilizar los frentes.

3. El Índice Meteorológico de Incendios (FWI) de Copernicus: El sistema EFFIS califica el riesgo del suelo mediante el índice numérico FWI (Fire Weather Index), que sintetiza la temperatura, velocidad del viento, humedad relativa y precipitación acumulada. Durante los episodios de ola de calor registrados en 2026, el FWI de la península ibérica escaló de rangos Moderados/Altos a valores Extremos (>50). Un FWI extremo denota que la atmósfera aporta el máximo oxígeno y calor disponibles, acelerando la velocidad de avance del frente de llama. Esto transforma incendios convencionales en Incendios de Quinta y Sexta Generación, capaces de modificar la meteorología local mediante pirocúmulos (nubes de tormenta generadas por el propio incendio) y liberar energías superiores a los 10.000 kW/m, lo que supera la capacidad física de extinción de cualquier cuerpo de bomberos.

Este modelo de gráfico de dispersión y barras cruzadas compara los peores años del siglo XXI en España, demostrando que la extensión calcinada está directamente ligada a la severidad de los eventos extremos térmicos de cada verano. La gráfica refleja de manera inequívoca que los peores picos de destrucción forestal del siglo (2022 y 2026) se corresponden matemáticamente con los años en los que la AEMET registró más de 40 días bajo condiciones de ola de calor, rompiendo los límites de resiliencia del suelo forestal español. La explicación científica está en la Anomalía del Umbral: Los datos históricos demuestran que en España el territorio experimenta una fase de resistencia si las olas de calor son aisladas. Sin embargo, cuando se comparan años como 2022 (con más de 41 días en ola de calor) o las campañas consecutivas de 2025 y 2026, la superficie forestal quemada supera sistemáticamente la barrera de las 250.000 y 300.000 hectáreas.

Este gráfico de tendencia multivariable a largo plazo refleja cómo ha cambiado el clima en España desde la década de 1980 hasta la actualidad (2026), evidenciando que las olas de calor son ahora más largas, frecuentes e intensas. La mayor duración de las olas de calor acumuladas por década (línea de Copernicus) provoca un secado extremo de la vegetación que dispara el tamaño medio y el comportamiento incontrolable de los grandes fuegos. Los estudios climáticos en España confirman que la temperatura máxima diaria ha aumentado a un ritmo de 0,41 °C por década. Esto ha provocado que las olas de calor no solo sean más comunes, sino que su duración media casi se haya triplicado desde los años 80.

Por otro lado, aunque el número total de conatos (incendios de menos de 1 hectárea) ha disminuido gracias a la mejora en los servicios de extinción, la línea de la superficie calcinada por cada GIF (incendios >500 ha) ha subido exponencialmente. Al durar más días las olas de calor, los ecosistemas sufren un estrés hídrico acumulativo. Un incendio que inicia en el día 7 de una ola de calor encuentra un combustible vegetal infinitamente más seco y disponible para arder que uno que inicia en el día 1, facilitando la aparición de fuegos fuera de la capacidad de control.

¿Qué nos depara el futuro si seguimos así?

Desglose del Modelo Predictivo:

La comunidad científica y los analistas del riesgo climático fundamentan esta proyección futura en tres dinámicas matemáticas e interconectadas.

1. Aumento Térmico e Intensidad Atmosférica: De acuerdo con los modelos regionales de la AEMET, bajo un escenario de emisiones moderado-alto, la temperatura media estival en España aumentará entre 2,5 °C y 4 °C para el año 2076. Esto provocará que las olas de calor dejen de ser eventos excepcionales para convertirse en la norma climática del verano.

2. Expansión de la Duración de las Olas de Calor: La curva del IPCC estima que los días acumulados bajo ola de calor al año en España pasarán de los ~30-40 días actuales a superar los 65-80 días anuales hacia 2076. Además, «la ventana de incendios» se expandirá formalmente a la primavera (abril-mayo) y al otoño (octubre).

3. Proyección de Hectáreas y Capacidad de Extinción: La línea negra del modelo no refleja que vayan a ocurrir más incendios en número total, sino que los incendios que logren escapar al control inicial encontrarán una atmósfera tan cálida y un suelo tan seco (estrés hídrico extremo por evaporación continua, DPV) que se convertirán sistemáticamente en incendios de sexta generación o megaincendios. El modelo advierte que la superficie quemada potencial en años extremos del futuro podría consolidarse por encima de las 450.000 hectáreas anuales, desafiando por completo los límites tecnológicos actuales de los equipos de extinción.

Según los modelos de simulación climática y forestal España no se quedará completamente sin bosques, pero estos sufrirán una transformación radical y una pérdida severa de densidad y biodiversidad (deforestación funcional) hacia finales de este siglo (2080-2100). No asistiremos a una desaparición total de la noche a la mañana, sino a procesos de aridificación y matorralización. Las masas boscosas actuales, especialmente en la mitad sur y el interior peninsular, retrocederán y serán sustituidas por formaciones arbustivas y paisajes de tipo desértico.

A continuación, se detalla el calendario modelizado de esta transformación y las zonas de mayor riesgo según los escenarios del IPCC: Cronología del Colapso Forestal Proyectado (2026-2100) si las emisiones globales siguen la trayectoria actual más pesimista (Escenario SSP5-8.5), el modelo matemático dibuja tres etapas críticas:

-[2026-2040] Extinciones Locales y Grandes Incendios Forestales (GIF): El umbral de los GIF. Los incendios de sexta generación devorarán masas forestales continuas a una velocidad superior a su capacidad de regeneración natural. Las especies más afectadas serán los pinares de repoblación del interior (Pinus pinaster y Pinus halepensis), mientras que los melojares sufrirán extinciones locales debido a la repetición de fuegos en intervalos menores a 15 años, lo que impide que los árboles alcancen la madurez reproductiva.

-[2041-2060] Matorralización de la Mitad Sur: El colapso por «Decaimiento Forestal». La falta de agua matará más árboles que el propio fuego. Los modelos hidrológicos prevén un descenso del 20% en la disponibilidad de agua en el suelo. Los bosques entrarán en embolismo cavitacional. Millones de encinas y alcornoques en Extremadura y Andalucía morirán de pie por estrés hídrico crónico, un proceso ya estudiado por el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF). El bosque cederá su espacio al matorral espinoso.

-[2061-2100] Sabanización e Inversión del Suelo: La «Sabanización» de la Península Ibérica. El clima semiárido del sureste peninsular (Almería y Murcia) se desplazará hacia el norte, ocupando casi toda la cuenca del Guadalquivir, del Guadiana y el sur de la cuenca del Tajo. El resultado final sería que hacia el año 2100, la mitad sur y el centro de España habrán perdido hasta un 40% de su superficie boscosa actual. Los bosques densos quedarán restringidos casi exclusivamente a la Cornisa Cantábrica, los Pirineos y las cotas más altas de los sistemas montañosos (Sistema Central e Ibérico), adoptando el resto del país un paisaje similar a la sabana africana o al monte bajo mediterráneo.

Soluciones

Estas pasan por un primer paso necesario: reconocer la realidad y no negarla.

Es un problema multifactorial cuyo factor limitante se encuentra en el clima. Podemos trabajar duro y resolver todas las causas estructurales, pero sin este paso todo sería en vano. Hemos ignorado las señales durante años y lo que la ciencia nos advertía, y ahora hemos esperado hasta que la realidad nos ha atropellado. Es hora de tomarse en serio todo el contexto y empezar a trabajar en toda su dimensión, y para ello es necesario también comportarnos de forma coherente y cohesionada con este contexto. Sin ese tándem en el que administraciones, entes privados y sociedad colaboren y trabajen unidas en la misma dirección, solo habrá un escenario posible: el fracaso, con las graves consecuencias que ello implica. Es vital por ello aplicar una custodia del territorio realista, práctica y en equilibrio entre la actividad humana y la biodiversidad.

Para frenar la degradación forestal y adaptarnos al nuevo escenario climático, la ciencia forestal y la piroecología proponen varias líneas de actuación urgentes:

1. Gestión del Territorio y Paisajes Resilientes: Romper la continuidad creando mosaicos paisajísticos alternando bosque, zonas de cultivo y franjas de matorral bajo para impedir el avance masivo del fuego. Heterogeneidad y biodiversidad como fuente de protección y vida.

2.  Selvicultura Preventiva: Realizar clareos y podas estratégicas para reducir la densidad de árboles por hectárea, disminuyendo la competencia por el agua y evitando incendios de copas.

3.  Ganadería Extensiva: Potenciar el pastoreo controlado como desbroce natural para mantener los cortafuegos limpios de combustible fino muerto.

4. Transición hacia Especies Autóctonas y Resilientes: Sustitución de coníferas y reemplazar progresivamente los monocultivos de pinos resinados por frondosas autóctonas (encinas, alcornoques, robles) que retienen mejor la humedad y rebrotan tras el fuego.

5.  Migración Asistida: Plantar especies de procedencias geográficas más secas en zonas que están sufriendo un aumento rápido de la aridez.

6. Restauración de Suelos y Retención Hídrica: Frenar la erosión inmediata tras un incendio, aplicar técnicas como el mulching (cobertura de paja) para evitar que las lluvias arrastren las cenizas y el suelo fértil.

7. Semillas con Hidrogel: Utilizar tecnologías de reforestación con cubiertas que retienen el agua de lluvia directamente en la raíz durante las sequías.

8. Infraestructuras Verdes: Crear infraestructuras integradas en el paisaje natural que tengan la capacidad de mantener la humedad ambiental del monte.

9. Cambio de Económico y Comportamiento: Podría parecer lo más utópico, pero es necesario y lo más determinante si queremos salvarnos de un verdadero colapso ecológico y, por tanto, civilizacional. Debemos dirigirnos a un modelo económico y social realista con el escenario en el que nos encontramos y el mundo físico en el que vivimos, y esto solo es posible alejándonos de las fantasías del mercado y el crecimiento económico dentro de un planeta finito con recursos limitados. En otras palabras, ser realistas y vivir de una forma saludable y lógica dentro del ecosistema planetario. Un cambio de paradigma social, económico, pero también ideológico-filosófico. Necesitamos una economía real e integral, en equilibrio y armonía con nuestro entorno, pero también con nosotros mismos, que resuelva las asimetrías, desigualdades e injusticias que, en primer lugar, nos han llevado a esta problemática de colapso. La economía integral es necesaria, pues la actual solo sirve para que crezcan los bolsillos de los que más tienen y este es el origen de todo. Aquí es donde podemos actuar, con una planificación justa e inteligente. Hacen falta planes y presupuestos, e implicación de todos los sectores involucrados: administraciones, propietarios y la sociedad en general. Sin esa cohesión, todo resultaría estéril.

Responsabilidad y Crítica social

En una problemática tan compleja como la que comprenden los incendios forestales es fácil caer en los juicios rápidos, fáciles y superficiales, pero como se ha analizado en este trabajo, estas fórmulas no valen y por ello es necesario hacer un ejercicio de responsabilidad y autocrítica. Que cosechadoras, uso de maquinaria pesada, una colilla mal apagada o un coche de combustión en una cuneta hayan sido los causantes de los mayores incendios de la historia de España este verano nos da una información muy importante. No se trata de pirómanos o una conspiración de la Agenda 2030, eso se llama negacionismo, pues se niega una realidad completa, quizás porque eso requiere un ejercicio autocrítico y vernos como responsables y parte del problema al no comprender o no querer ver el problema en toda su dimensión y magnitud. Desde nuestro modo de vida de alto consumo no responsable hasta nuestras actividades en las zonas rurales y de interfase urbano-forestal marcan el carácter de por qué se originan estos incendios. Una vez explicado el porqué, una vez originados, ya no pueden apagarse y se convierten en mega-incendios de sexta generación que superan las capacidades de extinción y pueden generar su propia climatología, originando focos secundarios en puntos distantes que ponen en peligro a las brigadas de extinción y a las poblaciones cercanas.

En este apartado es trascendental resaltar el tema de la propiedad. Los propietarios, tanto públicos como privados, ya sean Estado, Comunidades Autónomas, Ayuntamientos o Entes Privados, no están ejerciendo sus obligaciones de acuerdo con la legislación y normativa de montes y de incendios forestales. Pues hay diversas herramientas, ayudas, subvenciones y planes que se están ignorando o se están usando mal. Esta falta de responsabilidad por parte de la administración y propietarios privados es parte del problema estructural que mencioné anteriormente, y es necesario que se resuelva esta circunstancia lo antes posible de cara al futuro que se nos viene. Este apartado preventivo y de planificación debe sumarse a unos presupuestos e inversiones coherentes con el tamaño del problema, pues estos son insuficientes, además de las malas condiciones de trabajo que soportan los profesionales dedicados a la prevención y extinción de los incendios forestales, sumado a la falta de personal, recursos, formación y protección. En otras palabras, tanto la administración como la sociedad no se han tomado en serio el problema de los incendios forestales.

El uso correcto de la pedagogía

A través de los medios de comunicación, tanto los tradicionales como las redes sociales, se está ejerciendo un mal uso del lenguaje y de la palabra a la hora de abordar la problemática, sin reparar en ningún tipo de análisis profundo y objetivo. Es importante aclarar una serie de puntos al respecto:

Por ejemplo, cuando se nos dice que el monte está «sucio y hay que limpiarlo». He aquí uno de los mayores errores del uso del lenguaje. Porque la vegetación no es suciedad; si la basura que algunas personas dejan en estos espacios cuando los visitan, eso sí es suciedad. En lugar de hablar en estos términos habría que entender primero la ecología del bosque y considerar las zonas forestales como ecosistemas, comprender la importancia de la biodiversidad que albergan en todo su conjunto, su funcionamiento y la trascendencia de los servicios ecosistémicos que estos brindan. Así veríamos que el problema no está en eso que tanto se repite, sino en cómo hacer una gestión adecuada de estos territorios y adaptarlos al nuevo contexto climático y de cambio global en el que nos encontramos.

Pasa igual cuando se habla de combustible. La vegetación no es combustible, son seres vivos que forman parte de un todo y, a su vez, son el soporte de otras muchas especies. Una vez más habría que hablar en otros términos, más de gestión y adaptación, comprensión y conocimiento. Usar la ciencia ecológica y forestal para hacer estos territorios más resilientes ante el problema.

Dentro de la pedagogía también se deben desmentir y combatir los bulos y desinformación que, en lugar de aportar soluciones que sumen, crean confusión y problemas. Tristemente, la sociedad está creyendo más estos, lo que nos hunde en una situación peligrosa y de negación, lo que nos aleja de un comportamiento práctico y resolutivo. Entre las desinformaciones que más se repiten están: «no se deja entrar al ganado», «no dejan desbrozar ni hacer nada en el monte», «antes sí se hacían las cosas bien y por eso no había incendios», etcétera. Al final todo entraña o apunta hacia lo mismo: los mercados, y voy a desarrollarlo.

Si se deja entrar al ganado e incluso hay planes de gestión de cortafuegos usando rebaños, como el caso de Andalucía con la Red de Áreas Pasto-Cortafuegos de Andalucía (RAPCA), donde la Junta de Andalucía utiliza rebaños de ganado en régimen de pastoreo controlado para limpiar y mantener líneas cortafuegos forestales. El problema es que la economía exige cada vez unos estándares de producción más exigentes a los ganaderos, obligando a estos a la intensificación en lugar de una ganadería extensiva y tradicional que pasta libre por el territorio. Esto ocurre igual con la agricultura. Ganaderos y agricultores están siendo asfixiados por los mercados y los bajos precios que reciben por su producción, no viendo recompensado su duro trabajo e inversión, generando un malestar que se está enfocando en la dirección contraria. La legislación medioambiental no es el problema de estos sectores que nos dan de comer, sino el sistema económico que se aprovecha del trabajo de estos y tiene consecuencias. En el caso de los incendios forestales, sin una ganadería y agricultura extensivas y tradicionales, como antes abundaban en las zonas rurales y contribuían a la creación de discontinuidades que hacían de barrera al fuego, creaban mosaicos y paisajes heterogéneos y disminuían la densidad de vegetación, se propicia parte del gran problema estructural que tenemos en estas zonas, espacios naturales protegidos y terrenos forestales en España y el mundo. El enemigo es uno y de todos: el Mercado y sus leyes de crecimiento. Una asimetría injusta. Explicado en otras palabras, para engrosar los bolsillos de unos pocos, se esclaviza al resto de humanos y se hipoteca su casa, La Tierra.

Otro de los fallos pedagógicos está en los aprovechamientos y gestión de los montes. Al igual que en el apartado anterior, estos simplemente no se realizan porque no estén permitidos por la legislación, sino al contrario, es una obligación por parte de los propietarios. No es cierto que no se deje desbrozar, recoger piñas o hacer nada en el monte. Simplemente se requiere de unos procedimientos que sí podrían simplificarse o hacerse universales, ya que difieren según las comunidades autónomas. Pero la realidad es que no se realizan estos trabajos o aprovechamientos simplemente porque dejaron de ser rentables, una vez más el mismo enemigo, los mercados.

En resumen, todo el problema estructural de los territorios y paisajes forestales en España se debe al modelo económico y a las exigencias del crecimiento económico, no porque unas leyes medioambientales lo impidan, al contrario. Pero los habitantes de estas zonas, exprimidos por este modelo injusto y parásito para con las zonas rurales, han equivocado dónde dirigir su rabia y protesta. Es necesario entender todo esto y hacer un ejercicio pedagógico para que se produzca un cambio genuino antes de que sea demasiado tarde. El mercado nos ha manipulado, pero todos somos responsables y en nuestras manos está la solución.

Quizás el gran fracaso de la pedagogía actual radica en la incapacidad de hacer entender que esto ya no es un problema local: es un colapso global. Países con políticas forestales opuestas y contextos estructurales radicalmente distintos se están estrellando contra la misma realidad, devorados por los peores incendios de su historia. Asistimos a escenarios inéditos, como el del Parque Nacional de Cairngorms en Escocia, que ardió de forma descontrolada durante doce días consecutivos. Francia, Canadá, Grecia, Bélgica, Argelia… la lista es interminable. Ignorar que la crisis climática es el detonante de estos megaincendios es un acto suicida. La Tierra está gritando a través de señales unívocas. El Danubio, asfixiado por una sequía sin precedentes históricos, ha obligado a la parada técnica de infraestructuras críticas: las centrales nucleares de Cernavodă en Rumanía y Paks en Hungría —al igual que ocurrió en Francia durante las extremas olas de calor de julio— se han quedado sin caudal suficiente para refrigerar sus reactores, desatando una crisis energética en cadena. Los lechos secos han estrangulado el transporte fluvial de mercancías, golpeando la economía ante el riesgo inminente de encallamiento, mientras las aguas en retirada exponen de forma casi mística restos prehistóricos y fósiles de mamuts. Alemania ha sido otro epicentro del colapso en julio. Las redes de tranvías en Leipzig y Núremberg se paralizaron por completo cuando el calor extremo licuó el asfalto y el sellador sintético de las juntas, inutilizando las vías, mientras el asfalto de puentes y autovías se retorcía bajo la presión térmica. Cada uno de estos eventos es un síntoma de la misma enfermedad. Ya no es tiempo de debatir, sino de reflexionar con urgencia sobre la magnitud de la catástrofe a la que nos estamos enfrentando.

Paralelismo con las inundaciones

Lo que estamos presenciando con los incendios forestales podría decirse que es un espejo de lo que ocurre con la problemática de las inundaciones. Al igual que con los fuegos, existe un problema estructural derivado del planteamiento urbanístico. Muchos desastres recientes, como las inundaciones en Valencia y otras zonas de España, responden a la urbanización rápida y sin planificación. Construcciones en áreas inundables, la pavimentación y asfaltado continuo, y la falta de ordenación ambiental en las ciudades son factores que aumentan la velocidad y el volumen del agua durante las lluvias.

Por otro lado, el cambio climático intensifica las lluvias torrenciales y agrava la situación. Hoy más que nunca, necesitamos medidas que respeten la naturaleza y nos preparen para los desafíos futuros. También ocurre en este ámbito un mal uso pedagógico cuando se habla de «limpiar los cauces de los ríos y que estos están sucios». Una vez más hay un error en el empleo de las palabras limpiar y suciedad, y es importante desarrollar este punto. Suciedad pueden ser todos los escombros o desechos humanos que van a parar a los flujos fluviales o que algunas personas, malintencionadamente, abandonan en estos; pero, al contrario de lo que muy extendidamente se piensa, la vegetación de ribera no es suciedad, sino que nos presta unos servicios esenciales. Por ejemplo, los árboles y plantas que crecen en las orillas ralentizan la velocidad del agua. Este efecto es similar al que los manglares producen en las costas, donde sirven de barrera ante oleajes fuertes causados por huracanes o tsunamis. Las raíces actúan como una especie de «esponja» que absorbe y reduce la fuerza de las corrientes, ayudando a disminuir la magnitud de los desbordamientos aguas abajo. Así que, en contra de lo que se cree, esta flora es beneficiosa y clave a la hora de evitar catástrofes. Además, las canalizaciones y el hormigón, más que soluciones, empeoran el escenario. La canalización de barrancos, ramblas y ríos —es decir, encauzarlos con paredes de cemento— tiene efectos inesperados. Aunque se busca evitar que el agua se desborde, en realidad estas estructuras suelen aumentar su velocidad y cantidad al concentrar el flujo en un espacio reducido. Esto puede provocar avenidas, ya que el caudal acelerado se desboca al llegar a zonas urbanas. Y si hay otras infraestructuras, estas pueden actuar de barrera o presas que terminan colapsando, como se vio durante la DANA de Valencia. Además, al cubrir los lechos con cemento, se impide la infiltración en el suelo, lo que frena la recarga de acuíferos subterráneos, que son nuestras verdaderas reservas hídricas. Al eliminar este aporte natural, no solo aumentamos la corriente sino también la posibilidad de desastres. En resumen, la canalización y el uso de hormigón, lejos de ser la solución, pueden intensificar la crisis.

El mantenimiento de los cauces es una práctica común, pero es necesario llevarlo a cabo con cuidado. Los arbustos, raíces y otras plantas ralentizan el agua y ayudan a evitar desbordamientos en zonas bajas. Sin embargo, la acumulación de residuos artificiales, como escombros o restos de infraestructuras obsoletas (como ciertas presas o azudes), puede crear bloqueos que, al romperse, generen fuertes corrientes con alto riesgo de daño. Estos elementos, no la naturaleza, son los que deben ser retirados en una gestión responsable. Recuperar la conectividad de los ríos es vital para preservar la biodiversidad. Los azudes, presas y otras infraestructuras interrumpen el flujo natural, dificultando el desplazamiento de peces y otras especies acuáticas. Esto afecta directamente a la fauna y rompe el equilibrio del ecosistema fluvial. También, una interrupción en la conectividad puede favorecer eventos catastróficos, como la acumulación de caudales que terminan liberándose de golpe. Respetar el curso natural de los ríos y mantener sus conexiones es esencial para preservar estos entornos y reducir riesgos. Así, la ciencia y la sostenibilidad son nuestras mejores herramientas. Escuchar a la comunidad científica y aplicar prácticas de gestión basadas en el conocimiento ambiental es el camino para mitigar los riesgos de inundaciones y preservar nuestros recursos hídricos. Al respetar los procesos naturales, proteger las riberas y reducir intervenciones agresivas, es posible construir un futuro donde convivamos en armonía con el entorno, en lugar de enfrentar sus consecuencias.

Y como desarrollé con la problemática de los incendios forestales, aquí también falta pedagogía al ignorar que el cambio climático está detrás de las inundaciones catastróficas que estamos sufriendo en los últimos años. Los mares y océanos están cada vez más calientes y emiten más energía a la atmósfera, generando grandes células tormentosas capaces de descargar agua de forma violenta a magnitudes no vistas por el ser humano moderno. Es decir, nos estamos enfrentando a inundaciones extremas de nueva generación, al igual que con los megaincendios, debido al cambio climático y al aumento de la temperatura. En este caso, los mares actúan como un potenciador directo, transformando el ciclo del agua en un sistema mucho más violento. Esta relación se produce a través de tres mecanismos físicos principales: atmósferas más sedientas (Efecto Clausius-Clapeyron) debido a un océano cálido que evapora agua hacia el aire a un ritmo más acelerado; una mayor capacidad de carga, donde por cada 1 °C que aumenta la temperatura ambiental, esta puede retener un 7% más de humedad; y, finalmente, precipitaciones torrenciales. Cuando esa enorme masa de humedad se condensa, no llueve de forma gradual; se descarga en forma de tormentas severas en periodos muy cortos, colapsando ríos y sistemas de alcantarillado urbano. El agua cálida del mar es el «combustible» de los ciclones tropicales, huracanes y borrascas profundas. Las temperaturas oceánicas elevadas permiten que las tormentas se vuelvan extremadamente poderosas en cuestión de horas. Todo esto se suma al agravante terrestre: los suelos impermeables. Cuando estas lluvias torrenciales golpean la tierra, frecuentemente encuentran terrenos secos y endurecidos por las olas de calor previas. El suelo seco actúa como el hormigón, impidiendo que el agua se filtre y obligándola a correr por la superficie, lo que genera inundaciones relámpago (flash floods). Por no hablar de los ríos atmosféricos, que transportan gigantescas cantidades de agua desde los mares cálidos hacia tierra firme, como ya pasó en Andalucía este año.

Quizás lo más potente está en el tándem que los incendios forestales y las inundaciones forman, llevándonos a un escenario muy preocupante de pérdida de suelo y sequía. Los bosques y la vegetación retienen las avenidas de agua y la erosión, y facilitan la infiltración hacia los acuíferos o la recarga de los sistemas lacustres superficiales y de los ríos. Cuando se queman grandes extensiones, el terreno desnudo es pasto para las tormentas de finales de verano y otoño, así como para las lluvias del invierno y la primavera siguientes, que terminarán arrastrando la tierra desprotegida, acelerando los procesos de erosión, degradación y desertificación. En cuestión de décadas podemos perder la mitad de los suelos en España, con su consecuente afección a la agricultura y a la producción de alimentos. El escenario es dramático y debemos comprenderlo antes de que sea tarde.

La gran perdida

Las ciudades crecen como garrapatas con afilados y distantes tentáculos y con su motor económico, el mercado, son las que están impulsando la muerte de lo rural y los ecosistemas. Estos tentáculos son distantes y diversos: carreteras, autopistas, vías marítimas, ferrocarriles, aviones, etcétera. Todo extrayendo y explotando, mientras crece la costra urbana sobre la superficie terrestre. Un ectoparásito de la Tierra para proporcionar a los habitantes de las urbes un nivel de vida desnaturalizado y que rompe con la realidad y el propio planeta. Estos también deben hacer el ejercicio de responsabilidad dentro del problema bien descrito aquí, pues para disfrutar de sus estándares de vida saquean la vida rural y la matan. Incluso dentro de las fronteras urbanas se saquean y parasitan entre ellos, pues unos ostentan cada vez más y otros trabajan para que ello se produzca, lo que es un intercambio asimétrico e injusto, y la razón última de todo lo que he expuesto en este análisis. Es la desigualdad que hace crecer el problema. ¿Y la pérdida? El todo, la vida, la biodiversidad que conforma todo el significado de lo vivo. Principal problema porque es la vida misma.

Pensemos por un momento en el coste de cómo vivimos y nos comportamos, de lo que estamos haciendo. Comprar, usar y tirar. Miles de cosas que ni necesitamos. U otras que sí necesitamos, pero en lugar de comprarlas a los productores locales, lo hacemos en el supermercado, viniendo de lugares distantes. Una cadena de suministros totalmente irracional, pues implica finalmente nuestro propio colapso. Y con este, el del resto de los seres vivos. Hagamos un ejercicio de conciencia, sobre la pérdida de hábitats y de ecosistemas que se está produciendo, hogar de tantas criaturas que ahora se han quedado desamparadas, las que han sobrevivido. Y estas no tienen refugio alguno. No se trata de la pérdida de viviendas o incluso vidas humanas, que ya es incalculable y no debemos permitir que vuelva a suceder, sino mucho más profundo: la pérdida de todo lo que significa la vida silvestre y, por tanto, la vida en este planeta que estamos maltratando.

Nos han engañado. No somos la generación del empoderamiento, un concepto que, para mí, cobra verdadero sentido cuando se vincula con la auténtica autosuficiencia: aquella que no significa aislamiento ni dominio, sino capacidad para vivir en equilibrio y en profunda armonía con el entorno. Somos, en cambio, la generación de los mayores consumidores de la historia; consumidores y productores, narcisistas e individualistas, pero no empoderados. No hemos conquistado ningún poder verdadero ni hemos avanzado necesariamente hacia una vida mejor. Es cierto que hemos progresado extraordinariamente en determinados ámbitos, especialmente en el tecnológico, pero, en lo esencial, nuestro comportamiento revela algo mucho más inquietante: actuamos como una sociedad enferma, aquejada de un síndrome patológico que la empuja hacia su propia destrucción. Esta es, quizá, la realidad que más nos cuesta reconocer. Y tenemos el deber moral de transformarla, porque la alternativa ya comienza a vislumbrarse entre cenizas, polvo y humo negro. Piensen en ello. Quizá esta sea la última reflexión que debamos hacernos.