Cuando dos pueblos se abrazan, los puentes se convierten en historia

Dúrcal y Almócita lo hicieron de nuevo. Y el puente de lata, nacido para salvar un río, se convirtió en algo mucho mayor: un puente entre dos pueblos y entre las generaciones que habrán de mantener viva su amistad.

Hay encuentros que comienzan mucho antes de que sus protagonistas se estrechen las manos. Nacen de una memoria compartida, de nombres que atraviesan los siglos y de la intuición de que dos pueblos, aunque los separen montañas y caminos, pueden reconocerse como parte de una misma historia.

El pasado 10 de octubre, Dúrcal y Almócita volvieron a encontrarse. La delegación almeriense devolvía la visita realizada por Dúrcal el 5 de octubre de 2025, cuando ambos ayuntamientos firmaron un convenio de hermanamiento. Lo que entonces fue una promesa es hoy una amistad que empieza a echar raíces.

La iniciativa partió de la Asociación Cultural Almòsita de Dúrcal, que descubrió en los vínculos históricos y culturales entre ambas localidades una oportunidad para convertir la memoria en futuro.

No es casual que Dúrcal tenga un barrio llamado Almócita, como el municipio de la Alpujarra almeriense, ni que ambos compartan a san Blas como patrón. Detrás de estas coincidencias hay una historia que merece recordarse.

En 1569, el barrio durqueño de Almócita fue escenario de una cruenta batalla entre los moriscos sublevados y las tropas del marqués de Mondéjar. Un año después, don Juan de Austria, hermano de Felipe II, recibió en Almócita la rendición de los moriscos en el Cortijo de Hadid, conocido desde entonces como Cortijo de las Paces.

Dos lugares, dos episodios de una misma tragedia. Dos escenarios unidos por el dolor que hoy pueden encontrarse bajo un signo diferente: la reconciliación. Recordar el pasado no significa permanecer prisioneros de él, sino transformar sus heridas en motivos de entendimiento. Eso es, en el fondo, lo que ambos municipios han querido expresar con su hermanamiento.

A las once de la mañana, el Ayuntamiento de Dúrcal recibió a la delegación almociteña, presidida por su alcalde, Francisco García García. La alcaldesa durqueña, Ángela Ruiz, agradeció la extraordinaria acogida dispensada a sus representantes en 2025 y expresó su voluntad de abrir nuevas vías de colaboración.

El alcalde de Almócita correspondió con palabras igualmente emotivas. Ambos reconocieron la labor de la Asociación Cultural Almòsita y manifestaron su deseo de impulsar proyectos culturales y sociales que acercarán a sus vecinos.

Los obsequios intercambiados dieron forma visible a esa voluntad de unión. La alcaldesa entregó al alcalde almeriense una reproducción del puente de lata, emblema de Dúrcal, que acababa de cumplir su primer centenario. Francisco García correspondió con un cuadro de la artista almociteña Delia Balaguer Muñoz, en el que ambos pueblos aparecen unidos por ese mismo puente. Una imagen elocuente: dos localidades que deciden tenderse la mano y convertir la distancia en camino de encuentro.

El alcalde entregó también a la Asociación Cultural Almòsita otra obra de la artista, protagonizada por las iglesias parroquiales de ambos pueblos, en reconocimiento a la iniciativa que hizo posible el hermanamiento.

La alcaldesa reservó, además, dos reproducciones conmemorativas del puente: una para la asociación y otra para quien firma estas líneas, en reconocimiento a mi colaboración con Dúrcal y a mi participación en el proceso que condujo al hermanamiento. Desde aquel viaje exploratorio del 28 de abril de 2025 hasta la redacción del convenio firmado en octubre de ese mismo año, he tenido el privilegio de contribuir a una historia que ayer vivió un nuevo capítulo.

Al recibir el obsequio, expresé mi agradecimiento a la actual alcaldesa, Ángela Ruiz, y a su antecesor, Julio Prieto, impulsor de este reconocimiento. Señalé que aquel puente era una hermosa metáfora de buena parte de mi vida: tender puentes entre personas, pueblos y culturas. Hay reconocimientos que, además de agradecerse, nos devuelven el sentido del camino recorrido

La jornada continuó en la plaza de Almócita, donde se descubrió una placa conmemorativa. Las majorettes de Dúrcal, acompañadas por la Banda Amigos de la Música, llenaron de alegría el encuentro. Después, el grupo Almociteñas al Fresco ofreció un tapeo que reflejó su generosidad y el espíritu hospitalario del barrio durqueño que lleva el nombre del pueblo hermano.

Tras la comida ofrecida por el Ayuntamiento de Dúrcal en el Centro de Día, la Asociación de Música Cultural La Fuente de los Tres Caños, de Almócita, interpretó canciones sefardíes y tradicionales españolas y representó una pequeña obra teatral sobre la transmisión cultural entre abuelos y nietos.

La elección encerraba un mensaje profundo. La cultura no sobrevive encerrada en libros ni vitrinas: permanece viva cuando una generación la entrega a la siguiente, cuando las canciones encuentran nuevas voces y las tradiciones se convierten en patrimonio compartido.

Juan Jiménez Ruiz, presidente de la Asociación Cultural Almòsita, agradeció a ambos ayuntamientos su disposición a aceptar la propuesta y entregó una distinción especial al municipio de Almócita, así como un reconocimiento al Ayuntamiento de Dúrcal por su apoyo a las iniciativas culturales de la asociación.

La fotografía final reunió a las dos delegaciones en torno a una promesa: seguir construyendo una relación fecunda, abierta a nuevos encuentros y proyectos.

El hermanamiento no había terminado con la firma de un documento ni con los actos de una jornada. Acababa, en realidad, de comenzar.

Porque los pueblos también tienen memoria y corazón. Y cuando descubren que sus historias, sus nombres y sus símbolos pueden acercarlos, comprenden que la fraternidad no consiste en borrar las distancias, sino en encontrar la manera de atravesarlas.

Ayer, Dúrcal y Almócita lo hicieron de nuevo. Y el puente de lata, nacido para salvar un río, se convirtió en algo mucho mayor: un puente entre dos pueblos y entre las generaciones que habrán de mantener viva su amistad.