Ceuta, al otro lado de la calma
Una frontera no debería ser el lugar donde termina nuestra solidaridad. Pero tampoco donde empieza el olvido de quienes viven allí
Hoy el mar está como una balsa. Desde la playa, entre sombrillas y gente bañándose, cuesta imaginar que, a pocos kilómetros, hay personas viviendo una realidad muy distinta: incertidumbre, miedo y una espera que parece no tener fin.
Pienso en quienes llegan a nuestras fronteras. En las mujeres, los niños y los jóvenes que emprenden un camino peligroso porque allí donde viven ya no encuentran futuro. No es fácil entender qué tiene que estar pasando por la cabeza de alguien para arriesgarlo todo. Pero quizá sea precisamente eso: cuando la desesperación llega al límite, el miedo deja de ser suficiente para detenerte.
Y, al mismo tiempo, pienso en Ceuta.
En sus vecinos, que llevan años viviendo en primera línea de una realidad que no han elegido. Personas que sienten que su ciudad está desbordada y que sus problemas no reciben la atención que necesitan. Que quieren vivir tranquilos, salir a la calle, hacer su vida sin que la tensión forme parte de lo cotidiano.
Y hay algo que me parece especialmente injusto: que sean los propios ciudadanos quienes, tantas veces, tengan que cubrir las necesidades más básicas de quienes llegan. Muchos ceutíes han respondido con una solidaridad admirable. Pero la solidaridad, cuando se prolonga indefinidamente y sustituye a quien debería hacerse cargo, termina convirtiéndose también en una carga.
No creo que esto pueda resolverse enfrentando a unos con otros.
Entiendo a quien llega sin nada y también a quien está cansado de vivir una situación que siente que le supera. Entiendo el miedo de unos y la desesperación de otros. Y creo que reconocer una realidad no debería obligarnos a negar la otra.
Por eso me cuesta cuando todo se reduce a buenos y malos, a quienes vienen y quienes están. La realidad es mucho más incómoda: hay personas que sufren a ambos lados de la frontera.
Mientras nosotros contemplamos el mar en calma, quizá deberíamos preguntarnos por qué quienes viven en esa frontera tienen que sentirse solos ante una situación que claramente no pueden resolver por sí mismos.
No se trata de elegir entre humanidad y seguridad.
Se trata de exigir que quienes tienen la responsabilidad y los medios encuentren una respuesta que no abandone a nadie.

