Paco Caba y el CD Dúrcal, la parte de la historia que también merece ser contada

Los clubes modestos no existen únicamente gracias a los goles de sus jugadores, se construyen también gracias a quienes deciden implicarse de verda

Hay personas cuya aportación a un club no puede medirse en victorias, clasificaciones o temporadas. Su verdadero legado está muchas veces en las horas que nadie vio, en los sacrificios que nunca se contaron y en todo aquello que hicieron sin esperar reconocimiento a cambio.

Y una de esas personas es mi padre, Paco Caba.

Desde que tengo uso de razón recuerdo a mi padre unido al fútbol y, especialmente, al CD Dúrcal. Para él nunca ha sido simplemente un pasatiempo. Ha sido una pasión que ha ocupado una parte enorme de su vida: formar equipos, enseñar y conseguir que jóvenes de Dúrcal y de otros pueblos encontraran en el fútbol un lugar donde jugar, aprender, competir y sentirse parte de algo.

Porque él nunca entendió el fútbol limitado por las fronteras de un pueblo. Buscaba jugadores allí donde hubiera un joven con ganas de jugar y trataba de construir, por encima de todo, buenos grupos humanos y deportivos, con personas que se implicaran como él lo hacía.

Su compromiso llegó hasta el punto de sacarse los títulos de entrenador de Nivel I y Nivel II, cuando todavía nadie en el club los tenía, formándose en la Facultad de Ciencias del Deporte mientras trabajaba y continuaba vinculado al club, a una edad en la que habría sido mucho más cómodo pensar que el momento de estudiar había quedado atrás.

Yo lo he visto haciendo trabajos hasta altas horas de la noche. Lo he visto delante de un ordenador intentando aprender a preparar una presentación en PowerPoint o una tabla en Word, pidiendo nuestra ayuda porque aquello era completamente nuevo para él. Y lo he visto insistir hasta conseguirlo.

Puede parecer un detalle pequeño, pero para mí resume bastante bien su forma de vivir el fútbol: con una entrega total.

Y esa entrega se entiende mejor a través de cosas que probablemente nunca aparecerán en ninguna estadística ni en la historia oficial de un club.

Era habitual verlo poner lavadoras en nuestra casa con la ropa sucia de los jugadores, ir a la Federación a hacer gestiones, recoger los balones que se salían del campo o utilizar su propio coche para recoger jugadores y llevarlos después de vuelta.

También recuerdo cuando el campo todavía era de albero y había que regarlo con una manguera. Tenía que calcular los tiempos y podía pasarse la tarde cambiándola de sitio para conseguir que todo el terreno estuviera en buenas condiciones al día siguiente.

A eso se sumaban fines de semana enteros ocupados mientras nuestra familia dejaba otros planes para otro momento, horas buscando ejercicios, preparando estrategias, haciendo llamadas, buscando jugadores o pensando continuamente cómo mejorar los equipos.

Todo eso significa tiempo, gasolina, cansancio, dinero y muchas horas personales y familiares.

Pero hubo también gestos que iban mucho más allá de entrenar un equipo.

Llegó a recibir mensajes de jóvenes procedentes de otros países, algunos de África, que habían llegado a España buscando un futuro mejor y apenas podían comunicarse en español. Jóvenes que conseguían escribirle porque buscaban una oportunidad para jugar. Él se preocupaba por traducir sus mensajes, entenderlos y responderles.

Para algunos de aquellos jóvenes, el fútbol no era solamente un deporte. Era un refugio. Una manera de conocer gente, integrarse, olvidarse durante un rato de los problemas y sentirse parte de algo cuando estaban lejos de casa.

Y creo que entender esa dimensión humana del fútbol dice mucho más que cualquier resultado.

También se implicó en crear un equipo femenino cuando no lo había, para que las mujeres que querían jugar tuvieran igualmente su espacio y su oportunidad.

Y hubo momentos todavía menos visibles. Momentos en los que llegó incluso a poner dinero de su propio bolsillo para resolver cuentas pendientes que venían de años atrás, de una etapa en la que él no era el responsable. Momentos en los que insistió para conseguir mejoras para sus equipos aun sabiendo que aquello podía significar discutir, incomodar o quedar mal con determinadas personas.

Porque existe una forma muy sencilla de no equivocarse ni generar conflictos: no implicarse demasiado.

Paco Caba nunca fue especialmente bueno haciendo eso en el CD Dúrcal.

Si consideraba que algo podía mejorar para sus jugadores o para un equipo, luchaba por conseguirlo. Y seguramente esa intensidad le hizo alguna vez decir las cosas de una manera que podría haber sido otra o defender sus ideas con más vehemencia de la necesaria.

Eso no lo hace perfecto, pero sí auténtico.

Y creo que eso tiene especial importancia hoy: entender que ser auténtico no consiste en ser perfecto, sino en actuar de acuerdo con aquello en lo que creemos y ser capaces de entregarnos a lo que amamos.

También sería injusto hablar de los momentos difíciles sin mencionar a todas las personas que sí han sabido reconocer su trabajo.

Hay padres y madres que han valorado lo que Paco hizo por sus hijos, que han entendido las horas que había detrás de un entrenamiento o un partido y que han sabido darle las gracias. También antiguos jugadores que, pasado el tiempo, continúan recordando aquella etapa con cariño.

Ese reconocimiento probablemente valga más que muchos trofeos y hace que todo el esfuerzo haya merecido la pena.

Paco Caba se habrá equivocado muchas veces. Habrá ganado partidos y perdido otros. Habrá tomado buenas y malas decisiones. Pero su compromiso y su entrega al fútbol difícilmente pueden discutirse.

Los clubes modestos no existen únicamente gracias a los goles de sus jugadores. Se construyen también gracias a quienes deciden implicarse de verdad, aun sabiendo que hacerlo significa exponerse, equivocarse alguna vez e incluso incomodar. Gracias a personas que dedican una parte enorme de su tiempo para que unos jóvenes, sean de donde sean, puedan ponerse una camiseta y salir a un campo.

Por eso hemos querido escribir estas palabras. Porque pensamos que esta parte de la historia también merece ser contada. Y porque quizá los homenajes más importantes deberían hacerse cuando las personas pueden recibirlos.

Su familia sí lo ha visto. Y con los años hemos comprendido que detrás de toda aquella entrega había algo muy sencillo: pasión.

La pasión de una persona que encontró algo que amaba y decidió entregarse a ello. No para que le aplaudieran, ni para alimentar un ego, ni por protagonismo, sino porque realmente le apasionaba.

Y quizá esa sea una de las enseñanzas más importantes de esta historia: encontrar algo que amas y tener el valor de entregarte a ello de verdad.

Al final, los resultados se olvidan, las temporadas terminan y las clasificaciones quedan atrás.

Pero permanece aquel jugador al que alguien dio una oportunidad. Permanece aquella chica que pudo formar parte de un equipo. Permanece aquel joven que llegó de lejos y encontró en el fútbol un momento para olvidarse de los problemas y volver a ilusionarse. Permanece el recuerdo de aquel jugador con talento al que se animó a jugar en una nueva posición y terminó descubriendo que aquella era la suya. Permanece el agradecimiento de quienes supieron valorar el esfuerzo.

Y permanece el ejemplo que dejamos a quienes nos han visto entregarnos a aquello que amamos.

Porque quizá una parte importante del sentido de la vida esté precisamente ahí: en encontrar algo que amamos, entregarnos a ello con autenticidad y dejar, mientras lo hacemos, algo bueno en los demás.

La pasión auténtica y la huella que dejamos en las personas permanecen.