La tarde en que septiembre dejó de ser triste, gracias a Zítora Teatro
La compañía de Dúrcal estrenaba ayer su comedia “El Almanaque, doce meses, doce fotos” convirtiendo una tarde de septiembre que parecía destinada a la melancolía en una celebración de la vida, el teatro y el encuentro.
El final del verano convierte siempre a Dúrcal en un lugar ligeramente melancólico. Tras el bullicio de quienes regresan al pueblo para pasar sus vacaciones, llega una etapa más silenciosa, casi mustia, en la que los días comienzan a acortarse y las calles recuperan poco a poco su habitual quietud. Es un contraste inevitable con la primavera, cuando todo parece despertar, y con los meses de julio y agosto, en los que el pueblo alcanza su máxima efervescencia.
Había cancelado un compromiso en la costa con unos amigos para poder asistir a la representación del grupo de teatro Zítora, que presentaba una adaptación de la obra El Calendario, de Juan Ramón Oliva Alonso. Zítora había bautizado su propuesta como El Almanaque. 12 meses, 12 fotos.
Todas las obras que he tenido ocasión de ver de Zítora me han encantado y, además, soy un ferviente admirador del trabajo que viene realizando su directora, Teresa Puerta. Así que no había mucho más que pensar. Dicho y hecho.
Le pedí a mi esposa que convenciera a mis dos nietos, Lola y León, para que nos acompañaran. Después de algunas protestas y no pocos refunfuños, terminaron accediendo.
Llegamos a la Escuela Taller a las 19:50 horas, apenas diez minutos antes del comienzo de la función, y la sorpresa fue inmediata: la sala presentaba un aspecto impresionante. Estaba prácticamente llena y todavía seguía entrando una considerable cantidad de público.
Incluso antes de que se levantara el telón, hubo algo que llamó poderosamente mi atención: el decorado. Era tan colorista y sugerente como todos los que realiza mi buen amigo Antonio Serrano. De Antonio se podrán decir muchas cosas, porque es hombre capaz de poner pasión y talento en cuanto hace, pero hay una que resulta indiscutible: su extraordinaria maestría para crear decorados. Los construye con la precisión de quien arma un enorme rompecabezas, pieza a pieza, hasta lograr que todo encaje con una perfección asombrosa. Y, cuando finalmente ocupa el escenario, ese conjunto se convierte en luz, color y atmósfera, creando el ambiente que cada historia necesita.
Yo llegaba con un pequeño problema: tenía un sueño terrible. Una nueva ola de calor había regresado para hacer aún más insoportable la noche anterior y apenas había conseguido pegar un ojo. Temía, sinceramente, que en cualquier momento pudiera quedarme dormido y regalar a los asistentes un inesperado concierto de ronquidos.
Mis nietos, mientras tanto, me miraban con esa expresión entre resignada y acusadora de quien se siente víctima de una imposición familiar. Solo mi esposa parecía disfrutar tranquilamente de aquel momento.
Y entonces se alzó el telón. Con una música perfectamente elegida para la ocasión, aparecieron sentadas alrededor de una mesa varias monjas, encabezadas por su superiora. Su misión no era precisamente sencilla: encontrar alguna fórmula capaz de salvar a su convento de un cierre provocado por la bancarrota. Y, desde ese mismo instante, ocurrió algo maravilloso. La obra atrapó al público.
Lo hizo con la comicidad de sus diálogos, con la agudeza de los personajes, con el ritmo de las situaciones y, sobre todo, con esa capacidad tan difícil de conseguir en el teatro: hacer que el espectador olvide que está contemplando a unos actores para convencerse de que, sobre el escenario, hay monjas, hermanos, periodistas, fotógrafas y personajes de carne y hueso viviendo, sufriendo y disfrutando su propia historia.
La dirección de Teresa Puerta fue, una vez más, impecable. Aunque, si he de ser sincero, en esta ocasión me atrevería a decir algo más: creo que se superó a sí misma. Supo extraer lo mejor de cada uno de los doce personajes que intervenían en la representación, logrando que todos tuvieran su espacio, su personalidad y su momento.
El público interrumpió la obra en numerosas ocasiones con sus aplausos.
Los diálogos de las monjas fueron sencillamente desternillantes. La hermana boba, la hermana cachas —todo un prodigio de interpretación—, la hermana borrachuza, la hermana quejica, la superiora… Y, junto a ellas, los representantes del obispado, el periodista, las fotógrafas y el resto de los personajes. Todos estuvieron magníficos.
Todos parecían sentirse cómodos dentro de sus personajes, como si durante aquella hora y media hubieran dejado de ser quienes eran para convertirse, de verdad, en aquellos seres que habitaban la historia. Y eso se transmitía al público, que disfrutaba sin reservas de cuanto sucedía sobre el escenario.
Pero no, no me olvido de la hermana cegata. Su interpretación merece una mención aparte. Yo la observaba con atención y había algo en ella que me resultaba familiar. No eran sus gestos —que bordaba admirablemente—, sino algo en su voz, en su fisonomía, en esa manera de estar presente sobre el escenario. Pero no conseguía descubrir quién era. Hasta que, finalmente, y para mi enorme sorpresa, caí en la cuenta.
¡Era Teresa Puerta! La directora de Zítora se había subido al escenario y, por primera vez desde que conozco su trabajo, tenía ocasión de verla no solo detrás de la dirección, sino interpretando. Se integró en su personaje con una naturalidad admirable y consiguió que todos creyéramos, durante la representación, que aquella mujer era realmente una hermana cegata. No interpretaba un personaje: parecía habitarlo.
El desenlace de la obra reunió, además, algunos de los ingredientes que hacen que una historia llegue verdaderamente al corazón: el triunfo de la lealtad, la confianza en las propias posibilidades y la solidaridad de quienes deciden ayudar cuando más falta hace.
La música, bellísima y perfectamente integrada en el momento final; el magnífico mobiliario elaborado por Francisco Molina, y el brillante vestuario diseñado por Teresa Puerta contribuyeron a crear una puesta en escena llena de personalidad.
Y entonces llegó el aplauso. Un aplauso largo, intenso, atronador. Varios minutos durante los cuales el público quiso devolver a quienes estaban sobre el escenario una pequeña parte de todo lo que ellos nos habían regalado. Creo que aquel aplauso emocionó a todos y cada uno de los participantes.
Y estoy seguro de que también emocionó a Teresa Puerta, directora de este magnífico grupo teatral que tenemos la enorme suerte —y el legítimo orgullo— de disfrutar en Dúrcal.
Y entonces llegaron las palabras de mis nietos que, para mí, fueron quizá el mejor aplauso de toda la tarde: “Abuelo, nos ha encantado. Gracias por habernos traído”.
Hay tardes que uno decide vivir casi por intuición y que, sin saberlo, terminan convirtiéndose en pequeños recuerdos para guardar.
Ayer, cuatro de septiembre, comenzó siendo uno de esos días tristes de final de verano. Pero Zítora consiguió llenarlo de risas, de emoción, de talento y de vida. Y, por unas horas, Dúrcal vivió intensamente la alegría.
Enhorabuena, actrices y actores.
Enhorabuena, Teresa Puerta.
Y gracias, Zítora, por recordarnos que el teatro, cuando se hace con talento, pasión y verdad, tiene la maravillosa capacidad de convertir una tarde cualquiera en algo que merece la pena recordar.



