El Melegís de mis abuelos, memoria viva, religiosidad y vida cotidiana de un pueblo con alma

Este artículo nace del recuerdo personal, pero también del recuerdo compartido, de lo vivido, de lo escuchado al calor de la lumbre, de lo cantado en fiestas y de lo rezado en procesiones

Melegís, joya del Valle de Lecrín, guarda en sus calles, sus fiestas y su religiosidad la memoria de generaciones que hicieron del trabajo, la hospitalidad y la fe una forma de vida. A través del recuerdo personal y colectivo, este artículo recorre el Melegís de antaño, el de los abuelos, el de la Calle La Fuente, el de San Antonio y la Virgen del Rosario, y el de unas gentes que supieron construir comunidad y dejar un legado que aún perdura.

Melegís, pequeño en extensión, pero inmenso en significado, es uno de esos pueblos del Valle de Lecrín donde el tiempo no se ha perdido, sino que se ha ido depositando capa a capa en la memoria colectiva. Hablar del Melegís de mis abuelos es hablar de una forma de vida basada en el trabajo, la dignidad, la hospitalidad y la fe; valores sencillos, pero profundamente arraigados, que dieron identidad a varias generaciones.

Este artículo nace del recuerdo personal, pero también del recuerdo compartido, de lo vivido, de lo escuchado al calor de la lumbre, de lo cantado en fiestas y de lo rezado en procesiones. Es un recorrido por el Melegís de antaño, por sus gentes, por su religiosidad, por sus calles —muy especialmente la Calle La Fuente— y por unas tradiciones que aún hoy siguen dando sentido a la vida del pueblo.

El Melegís de mis abuelos: trabajo, dignidad y hospitalidad

Mis abuelos pertenecieron a una generación forjada en la escasez, pero también en la entereza. Hombres y mujeres que conocieron el valor del jornal ganado con sudor, muchas veces de tres o cuatro reales, y que supieron sacar adelante a familias numerosas sin apenas recursos materiales, pero con una inmensa riqueza humana.

El trabajo estaba ligado casi siempre al campo: a los naranjales, a las acequias, a la vega. Se madrugaba antes de que saliera el sol y se regresaba al caer la tarde, con las manos curtidas, la ropa manchada de tierra y el cansancio en el cuerpo. Sin embargo, nunca faltaba el orgullo por el deber cumplido. Mi abuelo Antonio, conocido como “El Sano”, con casi un siglo de vivencias a sus espaldas, recordaba aquellos años con una mezcla de dureza y serenidad, consciente de que aquel esfuerzo colectivo fue el que levantó el pueblo.

La dignidad no se medía en dinero, sino en comportamiento. La palabra dada tenía valor de contrato. El respeto al vecino era ley no escrita. Y la hospitalidad formaba parte del carácter melegileño: cualquier forastero era recibido con naturalidad, invitado a pasar, a sentarse, a compartir un vaso de vino o un plato caliente. Las casas eran humildes, pero siempre abiertas.

La sociabilidad popular: tabernas, fiestas y vida compartida

La vida social de Melegís giraba en torno a espacios muy concretos: las plazas, las calles y, sobre todo, las tabernas. Hubo un tiempo en que el pueblo llegó a contar con hasta una docena de ellas, auténticos centros de convivencia. La de Maroto, la del Tit, Barbero, Serafinillo, El Mixto, Pepillo, El Rata, El Merino o la del Faraón no eran simples bares: eran lugares donde se hablaba, se discutía, se cantaba, se cerraban tratos y se olvidaban las penas.

En ellas corría el vino, se compartían garrafas, se improvisaban bailes y no faltaban personajes singulares. Jeromo, subido a una silla, soltaba sermones populares con verbo encendido, imitando a los predicadores, mientras los demás escuchaban entre risas y respeto. Frente a la iglesia se bailaban pasodobles, y la música del Padul ponía banda sonora a muchas noches de fiesta.

También había espacio para la intimidad: parejas jóvenes que, aprovechando la penumbra de la carretera o algún rincón apartado, robaban momentos de complicidad. Todo formaba parte de una sociabilidad natural, sin estridencias, donde la comunidad era el verdadero refugio.

Melegís y sus gentes: infancia, campo y personajes

En los años sesenta, Melegís era un pueblo lleno de niños. Las familias solían tener cuatro o cinco hijos, y las calles eran un hervidero de vida. Los juegos infantiles marcaban el ritmo de las tardes: el hoyuelo, el quemao, el churro pico terna, la lima, la comba, los pistoleros, el piya piya o el escondite. No hacía falta nada más que imaginación y ganas de correr.

Las mujeres recorrían el pueblo haciendo los recados diarios: el pan, la leche, el pescado. Los hombres iban y venían con mulos, burras o bestias cargadas hacia la vega. La llegada de los gitanos con sus caravanas y canastos, asentados junto al río bajo mimbres y chopos, era todo un acontecimiento. Por la noche, sus guitarras, tambores y cantes llenaban el aire, iluminados por las hogueras bajo un cielo estrellado.

La escuela suponía también una aventura. Muchos niños caminaban hasta Restábal, encendiendo lumbres bajo el puente en las mañanas frías para calentarse. A la vuelta, el camino se convertía en festín improvisado de membrillos, naranjas, caquis o melocotones.

 Por las tardes, el campo era aula y patio de recreo: cuidar cabras, mulos u ovejas era trabajo duro, pero también libertad compartida.

Entre los personajes que dejaron huella destacan figuras entrañables como José el Bomba, hombre honrado y trabajador; María la Barbera, símbolo de dulzura y fortaleza; o Trinidad la Chota, la “Chacha Trinidad”, que regentaba una tienda donde se podía encontrar desde chocolate Elgorriaga hasta sellos para enviar cartas a Suiza. Personas sencillas que sostuvieron la vida del pueblo.

La religiosidad de Melegís: fe vivida y compartida

La fe ha sido uno de los grandes pilares de Melegís. Tras la repoblación cristiana posterior a la guerra de los moriscos, las tradiciones religiosas se arraigaron con fuerza. La iglesia de San Juan Evangelista, sorprendentemente rica para un pueblo pequeño, se convirtió en el corazón espiritual y social.

Las imágenes —la Inmaculada, la Virgen del Rosario, la Virgen de los Dolores, San Antonio— no eran simples tallas: eran parte de la vida diaria. El temor infantil a que el Niño Jesús dejara caer “la bola” del mundo, o el cariño con el que se hablaba de San Juan, “el del dedo tieso”, forman parte del imaginario popular.

La Santa Hermandad del Santísimo desempeñó un papel esencial. Cuando el Señor salía en procesión para visitar a un enfermo, el toque especial de campanas resonaba por la vega, y todo se detenía. Las limosnas se recogían casa por casa en una taza de bronce, y al grito de “¡El Santísimo!” se respondía “Y a usted la buena cola”, sellando un vínculo de comunidad.

La Salve cantada, alternando hombres y mujeres en la plaza, era uno de los momentos más emotivos. Voces graves y agudas se entrelazaban en un canto que nacía del corazón, reflejo de una religiosidad profunda, sencilla y compartida.

La Calle La Fuente: nobleza, agua y memoria

Hablar de Melegís es hablar de la Calle La Fuente, una de las más antiguas y simbólicas del pueblo. Pasear por ella es caminar entre siglos. Sus fachadas conservan escudos nobiliarios labrados en piedra, testimonio de linajes que marcaron la historia local: los Caballeros de Miras y Calafar, de Pineda, Saénz-Diente y vínculos con la Orden de Calatrava.

A mitad de la calle, el antiguo lavadero público recuerda el papel esencial de las mujeres, que entre espuma, agua y conversación sostenían la vida cotidiana del pueblo. Hoy es un lugar de contemplación; ayer fue un hervidero de historias, confidencias y trabajo compartido.

Piedra y agua, nobleza y humildad, se abrazan en esta calle como metáfora perfecta de Melegís.

Las Fiestas de San Antonio: junio en el corazón

Cada 13 de junio, Melegís celebra sus Fiestas Mayores en honor a San Antonio de Padua, el santo más querido del pueblo. Calles engalanadas, procesiones, música, reencuentros familiares y alegría compartida.

Como dice una estrofa de “Melegís, Canto al Valle”:

“Melegís, luz del Valle, refugio del alma,

tus fiestas en junio llenan de calma.”

Y en la canción “Fiestas de San Antonio”, de mi autoría, se resume el espíritu de esos días:

“¡Viva Melegís en fiestas!

¡Viva su santo patrón!

Que resuenen las campanas,

con alegría y fervor.”

La escultura barroca del santo, declarada Bien de Interés Cultural, recorre las calles llevando bendiciones, mientras los vecinos se reúnían bajo el centenario olmo de la iglesia, entre puestos de dulces y bailes.

La Virgen del Rosario: octubre y la emoción compartida

En octubre, la devoción se concentra en la Virgen del Rosario. El Rosario de la Aurora, la chocolatada, los bailes tradicionales, la misa rociera y la procesión vespertina culminan con la Salve cantada en la plaza.

De la canción “Virgen del Rosario de Melegís”, destaco esta estrofa:

“Virgen del Rosario, Madre del Señor,

florece en Melegís tu rayo de amor.”

La imagen barroca, atribuida a Alonso de Mena, es una joya patrimonial y devocional que sigue despertando emoción generación tras generación.

Tradiciones que nos definen

La Candelaria en Melegís (2 de febrero) es una celebración religiosa íntima y serena que conmemora la Presentación del Niño Jesús y la Purificación de la Virgen María. Destaca por la bendición de las candelas, una breve procesión por las calles del pueblo y una singular estampa local: San José portando un canastillo con pichones vivos, símbolo de la ofrenda humilde. La participación de familias, bebés y el canto comunitario de la Salve en la plaza refuerzan su carácter cercano, familiar y profundamente arraigado en la tradición del Valle de Lecrín.

Una Estribillo  de la Canción dedicada a la Candelaria dice:

«Candelaria en Melegís,

luz callada del invierno,

San José sigue guiando

los pasos del pueblo.

Candelaria en Melegís,

entre romero y oración,

la tradición se hace viva

desde el mismo corazón.»

La merendica en Melegís (febrero)

Era una jornada popular y festiva en la que vecinos, especialmente jóvenes y familias, salían al campo o a los alrededores del pueblo para compartir comida y merienda. Más allá del rito religioso, era un día de convivencia, juegos y encuentro, ligado al final del invierno y a la vida comunitaria.

El día de las Cruces en Melegís (3 de mayo)

El 3 de mayo se adornaban cruces con flores, mantones y elementos naturales, colocadas en casas y rincones del pueblo. Era una celebración sencilla y participativa, donde la calle se llenaba de color y simbolismo, uniendo devoción, tradición y sociabilidad vecinal.

Melegís respira tradición en cada rincón. Entre sus costumbres más queridas están la Guindalla en Carnaval, donde las comparsas pedían alimentos casa por casa, o el cerdo de San Antón, una práctica ya desaparecida que ayudaba a financiar la iglesia.

La Semana Santa en Melegís, como la vivieron nuestros abuelos, se caracterizaba por la sobriedad, el recogimiento y la participación de todo el pueblo. Las celebraciones eran sencillas, con procesiones humildes y una implicación directa de los vecinos. Se vivía con especial intensidad el Jueves y el Viernes Santo, marcados por el silencio, el respeto y la oración. Las casas y las calles acompañaban ese clima de austeridad y luto, más centrado en la vivencia religiosa que en el lucimiento exterior. Era una Semana Santa íntima, heredada de generación en generación, donde la fe y la comunidad caminaban juntas.

Como dice una Estrofa de la Canción:

«No llores más, Señora,

En esta noche sin voz,

Que Melegís entero te abraza

Y consuela tu dolor.

Iremos tras tus pisadas

Bajo el peso del amor,

Hoy contigo en la amargura,

Mañana en la resurrección.»

La procesión de Pascua, con el emotivo encuentro entre la Virgen y el Niño Jesús en el Revellín, era una explosión de fe y alegría, acompañada de habas compartidas al amanecer.

Las fallas de la noche de Pascua, impulsadas por figuras como Benjamín Freire, también dejaron huella, criticando con ingenio aspectos de la vida local.

El día del Corpus: Fe y belleza

El Corpus engalana Melegís con calles decoradas con gayombas y colchas, mientras el Santísimo Sacramento recorre el pueblo bajo palio. Altares adornados por los vecinos y el lavadero de la Calle de la Fuente, transformado en un altar andaluz entre geranios, reflejan la devoción y el orgullo de la comunidad. El himno eucarístico resuena, uniendo a todos en un canto de gloria.

 Y en  Navidad, con comparsas pidiendo el aguinaldo, una tradiciónqueha desaparecido.

 Las noches de Nochebuena, los villancicos y momentos como el apagón de 1994, cuando las uvas se comieron al son de las campanas, evocan la calidez de Melegís.

Sencillez y belleza: El encanto de lo cotidiano

La magia de Melegís está en lo sencillo: el perfume del azahar, los almendros en flor, el canto de los pajarillos. Las casas blanqueadas con cal, las chimeneas como puntos de encuentro y la matanza como rito familiar son parte de su identidad.

 El habla local, con términos como “chancletoso” o “malafondinga”, y refranes como “La que luce entre las ollas, no luce entre las señoras”, reflejan la gracia única de sus gentes. 

 Cultura y Artesanía: Un legado vivo

Melegís conserva juegos infantiles como el marro o la peonza, romances de los años 60 y canciones populares como “Los Mayos”.

La artesanía, desde el jabón de sosa hasta los bordados de tul y la forja de “Los Antonios”, es un tesoro.

 La gastronomía, con platos como las habas con espaldilla, completa esta rica herencia cultural.

Tierra donde no faltaron poetas  que cantaron a su pueblo:

A favor de la diversidad:

«Orgullo en el Valle, sin miedo, sin filtro,

El amor es amor, y merece respeto.

¡Aquí todos caben, aquí todos son!

Diverso y unido late el corazón.»

Canto al agua:

«El agua es corazón!

¡La cuidan nuestras manos,

La canta esta canción!

Canto a la Fiesta de la Naranja:

«Melegís, jardín de naranjos,

Sol y brisa en el corazón.

Fiesta y risas entre amigos,

¡Celebramos con ilusión!»

Canto al Rosario de la Aurora:

«En tu plaza, el Rosario de la Aurora,

Se canta al alba con voz que enamora.

Fuegos y alegría, comida y unión,

Melegís, eres pura tradición.»

Canto al olmo centenario:

«Bajo el olmo eterno, mi raíz está,

Melegís, tus tradiciones siempre vivirán.

Entre aromas de azahar  tu cielo sin fin,

Mi corazón por siempre latirá en ti.»

 Canto a a sus huertos y sus calles:

«Tus huertos verdes y aroma de azahar,

Tierra que invita a soñar.

En tus calles late el tiempo sin fin,

Melegís, mi hogar, mi jardín.»

 Canto al amor por la tierra:

«Entre olivos y naranjos en flor,

Vengo a verte, mi amor.

Tierra de sueños y esperanza,

Donde el alma siempre avanza.»

Canto a sus gentes:

«Me duelen los niños cuando no ríen

 los viejos  cansados de tanto vivir

que ya no tienen fuerza para llorar.

Cayeron los Maestros y los más sabios

cayeron los enfermos y los más sanos,

de muchos de ellos no queda ni el recuerdo

de otros sólo un leve pozo de cenizas.»

Canto a la Esperanza:

» En ningún tiempo habrá más valle de tristezas,

solamente existirá El Valle, para admirar sus bellezas.»

Canto a La Fuente y El Lavadero:

«Cuántas veces fuimos a tu venero?

Las menos por agua, las más por verte

Y el sonido de tu canto escuchar.

En la Fuente lavadero, donde el tiempo reposa,

Mujeres lavaban sueños entre risas hermosas.»

Y hasta al Corazón de Jesús:

«Corazón de Jesús, hoguera encendida,

refugio manso del alma herida,

fuente de amor que nunca se agota,

late en mi pecho y en cada gota.»

En resumen,  cada hoja,  cada rincón de Melegís es sagrado,

La poesía del lugar es un regalo  bien guardado.

Un legado que no debe perderse

Melegís, cuyo nombre árabe  Malaǧīs o Malakīs, que podría interpretarse como :

“Lugar fértil”, “Tierra buena para el cultivo”,

o “sitio de huertas y regadío”, es un vergel humano y natural que debemos cuidar. Sus campos, acequias, caminos, fiestas y recuerdos son un patrimonio vivo.

Melegís no es solo pasado. Es raíz, presente y futuro.

Es memoria, pero también compromiso.

Viva Melegís. Viva su gente. Viva su historia.