LOS HIJOS DEL IMPERIO.Mi Mundial desde el Barribáo
Dos potencias ahora futbolísticas, favoritas del Mundial, frente a frente en lo que para muchos era una final anticipada. Ellos, con una estrella en declive y nosotros con una superestrella emergente. Cristiano y Lamín, mano a mano, frente a frente
FOTO RTVE PLAY
Sesenta años en el siglo XVI era toda una vida. El mismo tiempo que los reinos de Portugal y España fueron unidad política y el mayor imperio de todos los tiempos, donde Iberia puso al mundo bajo sus pies. Fue entre 1580 y 1640 con Felipe II y bajo la mano de hierro del duque de Alba. Pero hoy en Atlanta tocaba romperse la cara.
Dos potencias ahora futbolísticas, favoritas del Mundial, frente a frente en lo que para muchos era una final anticipada. Ellos, con una estrella en declive y nosotros con una superestrella emergente. Cristiano y Lamín, mano a mano, frente a frente.
Lo primero, antes de empezar, los himnos. Los portugueses cantan el suyo, que como todos, es absurdo y habla de guerras, muerte, patria… (lo vamo a faratá, que decimos en el Barribáo). Le llaman A Portuguesa, y dice así: “A las armas, a las armas….. contra los cañones marchar”… O sea para acojonar al contrario, como todos los himnos. ¡Cuánto agradezco que el nuestro no tenga letra! Los portugueses de rojo, la Roja de blanco y la afición española de rojo… Asine mismo.
El coro sinfónico
Pero no fue el temor lo que trabó el juego. Había respeto y calidad a raudales. Vitinha creaba, Nuno Mendes frenaba a Lamín y Cristiano navegaba en el área a ver si pescaba “chanquetes o lubinas”. Lamín y Oyarzábal no tenían su día pero daba igual porque la Roja -blanca- funcionaba ya como una sinfónica que dominaba y se llevaba el partido, con una genialidad a tres toques: Fabián-Ferrán-Merino… y golazo. Minuto 90 y tan igualado todo que pudo ganar cualquiera.
Y si a alguien hubiéramos preferido no ganarle hubiera sido a Portugal, país amigo y amigable, casi hermano. Que se lo digan a Saramago, que defendió el iberismo cultural y político, o al Partido Ibérico, que quiere unir España, Portugal y Andorra. Y nada amigables los equipos emergentes que pisan fuerte. Que se lo digan a Alemania o a Brasil, eliminadas a la primera de cambio. “Es que el fútbol ya no es lo que era”, dice Manolo La Pepa, que no es muy futbolero pero se pone taquicárdico cuando juegan el Graná o la Roja.
Las soluciones de La Estación
Taquicárdico está todo el Mundial por la suspensión de una tarjeta roja a Balogun a petición de Trump, ante la protesta de Bélgica, próximo rival de EEUU. En nuestra infancia, hechos como estábamos al aguerrido fútbol que construíamos en el chinarral, entre los árboles del Parque de la Estación, se nos hubieran ocurrido varias soluciones. Uno: darle un punterazo en las espinillas al enchufado en el minuto uno de partido. Dos: plantarnos, no jugar y pinchar la pelota. Tres: pasarles por encima y meterles ocho a cero. No sabemos qué opción han pensado los belgas.
A ver qué hacen.
