Se va el alcalde, queda el hombre
Julio Prieto deja la Alcaldía de Dúrcal después de siete años y entrega el testigo a Ángela Ruiz, una mujer llamada a escribir su propia página en la historia del municipio
He sido, lo confieso, profundamente crítico con la política y con muchos de quienes han hecho de ella una profesión. Demasiadas veces he visto cómo el servicio público se confundía con el interés personal, cómo el poder alimentaba la vanidad y cómo algunos olvidaban, nada más alcanzar un cargo, que antes que representantes son servidores de los ciudadanos.
Pero la vida tiene una hermosa costumbre: de vez en cuando nos obliga a rectificar.
Y yo he rectificado.
Porque durante estos años he tenido la oportunidad de conocer y valorar a un alcalde que ha conseguido devolverme una parte de la confianza que había perdido en la política. Su nombre es Julio Prieto y durante siete años ha llevado sobre sus hombros una de las responsabilidades más hermosas y difíciles que puede asumir un hombre: servir a su pueblo.
Julio nunca ha necesitado grandes gestos ni estridencias para ejercer la Alcaldía. No ha gobernado desde la distancia ni desde la soberbia. Ha hecho algo mucho más difícil: mantenerse fiel a sí mismo.
Cuando llegó al Ayuntamiento, confieso que tuve mis dudas. Vi a un hombre joven, reservado, de palabra medida, y pensé —equivocadamente— que la política acabaría devorándolo. Imaginé que sus adversarios se lo comerían con patatas.
Qué enorme error el mío.
Con el tiempo descubrí que detrás de aquella aparente timidez había preparación, inteligencia, serenidad y una extraordinaria capacidad de trabajo. Y, sobre todo, había una cualidad que no se aprende en ninguna universidad: la decencia.
Julio reunió a su alrededor un equipo de gobierno y puso en marcha una manera diferente de entender el Ayuntamiento: cercana, serena, sin aspavientos y con la voluntad de escuchar y ayudar a sus ciudadanos.
Poco a poco, también creció como comunicador. Su palabra se hizo más segura, precisa y convincente. Pero nunca perdió ese tono sereno que distingue a quienes no necesitan gritar para hacerse escuchar.
Uno de sus grandes objetivos fue sanear las cuentas municipales, que arrastraban dificultades desde hacía años. Trabajó para devolver al Ayuntamiento estabilidad económica y capacidad para mirar hacia adelante. Y, una vez alcanzado ese propósito, llegó el momento de cumplir también otro de sus proyectos personales: regresar a su profesión tras obtener por oposición una plaza como profesor de Matemáticas.
Pero hubo algo más importante que cualquier balance económico o cualquier obra realizada: su manera de comportarse con las personas.
Recuerdo perfectamente el día en que le pedí que los Servicios Sociales ayudaran a una persona residente en Dúrcal que, paradójicamente, había sido muy crítica con el propio Julio. No hizo preguntas. No buscó explicaciones. No pasó factura. Apenas unos minutos después, la responsable municipal de Servicios Sociales se puso en contacto con aquella persona para ofrecerle ayuda.
Aquel gesto me dijo más sobre Julio que muchos discursos.
Porque hay quienes entienden el poder como una herramienta para premiar a los amigos y castigar a quienes discrepan. Y hay otros, mucho más escasos, que comprenden que un Ayuntamiento debe estar al servicio de todos. También de quienes no les aplauden.
Julio se marcha de la Alcaldía con la serenidad de quien puede mirar atrás con la conciencia tranquila. No se aferra al sillón ni necesita perpetuarse en el poder. Ha decidido dar un paso al lado y regresar a las aulas, dejando el testigo con la elegancia y la altura de miras de quien entiende que la política también necesita relevos.
Y ese testigo queda en unas manos que conoce bien.
Ángela Ruiz, hasta ahora concejala de Cultura, Fiestas, Mayores y Patrimonio, ha sido elegida nueva alcaldesa de Dúrcal. Su llegada no es fruto de la improvisación. Durante estos años ha demostrado capacidad de trabajo, sensibilidad, dedicación y una especial vinculación con la vida cultural y social de nuestro municipio.
Conoce sus calles, sus problemas, sus proyectos y, sobre todo, a sus gentes.
Ahora le corresponde escribir su propia página.
No será, ni debe ser, una copia de Julio. Cada persona tiene su carácter, su manera de entender el liderazgo y su propia voz. Pero recibe algo extraordinariamente valioso: el testigo de una etapa en la que la cercanía, la estabilidad y la voluntad de servicio han sido sus señas de identidad.
Ángela comienza ahora su camino con ilusión, cercanía y compromiso. Le deseo toda la suerte del mundo. Dúrcal la necesita y ella merece la oportunidad de demostrar todo lo que lleva dentro.
Por eso, estas líneas no son solo una despedida. Son, ante todo, un reconocimiento.
Julio, te marchas de la Alcaldía, pero no de Dúrcal. Dejas el despacho, pero permaneces en la memoria de quienes hemos visto cómo ejercías una responsabilidad que nunca utilizaste para sentirte más importante que los demás.
Te vas con algo que ningún cargo puede conceder y que ningún título puede comprar: el respeto de quienes han conocido tu trabajo y tu manera de ser.
Un pueblo es mucho más que sus calles, sus plazas y sus edificios. Es también la huella que dejan quienes, durante un tiempo, tienen el privilegio de servirlo.
Julio Prieto ha dejado la suya.
Ahora Ángela Ruiz comienza a dibujar la propia.
A uno, gracias por lo que has sido.
A la otra, toda la confianza y los mejores deseos para lo que está por venir.
Se va el alcalde. Queda el hombre.
Y quizá por eso Dúrcal pueda decirle hoy, sin tristeza, pero con gratitud:
Hasta luego, Julio. Porque quienes han servido de verdad a su pueblo nunca terminan de irse.

