Cuando las trompetas hicieron vibrar la plaza de Nigüelas

Antonio Serrano no se limita a reconstruir un episodio histórico. En Salvados por las trompetas consigue algo más difícil: hacer que la historia cobre vida sin perder su dimensión humana y cercana. Sobre el escenario aparecen Dúrcal, Nigüelas, Albuñuelas, Acequias y otros lugares del Valle de Lecrín, convertidos en parte de una historia que pertenece al pasado, pero que habla con una voz actual

El pasado 15 de septiembre, en el marco de las fiestas de Nigüelas, el Grupo de Teatro Zítora, de Dúrcal, volvió al escenario para representar Salvados por las trompetas, obra de Antonio Serrano que recrea, entre historia, humor y memoria de nuestra tierra, uno de los episodios más singulares de la rebelión morisca en el Valle de Lecrín durante el reinado de Felipe II: la batalla de Dúrcal.

La historia nos devuelve a aquellos días convulsos en que las huestes cristianas, al mando del marqués de Mondéjar, se disponían a enfrentarse a unas fuerzas moriscas que las superaban con creces en número. Fue entonces cuando los capitanes Lorenzo de Ávila, Gonzalo de Alcántara y Alonso de Contreras, junto al alférez Cristóbal Márquez, recorrieron las filas arengando a sus hombres, y con la llama de su ejemplo encendieron el valor de la tropa y la lanzaron, decidida, al combate.

Y fue precisamente el estruendo de las trompetas de las mesnadas cristianas el que contribuyó a cambiar el curso de la contienda. Su poderoso sonido hizo creer a los moriscos que ante ellos se encontraba un ejército mucho más numeroso del que realmente era. Una estratagema sencilla que demuestra que, en la guerra y en la vida, el ingenio puede llegar donde no alcanza la fuerza.

Pero Antonio Serrano no se limita a reconstruir un episodio histórico. En Salvados por las trompetas consigue algo más difícil: hacer que la historia cobre vida sin perder su dimensión humana y cercana. Sobre el escenario aparecen Dúrcal, Nigüelas, Albuñuelas, Acequias y otros lugares del Valle de Lecrín, convertidos en parte de una historia que pertenece al pasado, pero que habla con una voz actual.

Serrano utiliza un lenguaje coloquial, lleno de giros y modismos de nuestra tierra, y lo hace con naturalidad. Un lenguaje que, además, tiene una raíz profundamente personal, pues parte de esas palabras y de esa manera tan nuestra de decir las cosas proceden del lenguaje cotidiano de su suegra, Araceli.

Y es aquí donde la representación adquiere, para quien escribe estas líneas, una dimensión emotiva. Este artículo quiere ser también un pequeño homenaje a Araceli, a esa forma de hablar que acompañó tantas conversaciones familiares y que Antonio Serrano ha sabido rescatar y llevar al escenario. Palabras que un día parecieron cotidianas y que ahora, convertidas en teatro, adquieren el valor de la memoria.

La obra demuestra que el lenguaje popular no solo provoca la risa: también conserva la memoria de quienes fuimos y de quienes nos enseñaron a hablar.

Cuando Antonio se refiere en la obra a las mujeres de Nigüelas como «las lentas», las carcajadas llenan la plaza. No es solo la ocurrencia de la escena lo que provoca la risa, sino el reconocimiento inmediato de un apodo que forma parte de la historia y de la manera de hablar del Valle de Lecrín. Quienes lo escuchan saben perfectamente de qué habla Antonio, y esa complicidad entre el escenario y el público convierte la ocurrencia en uno de los momentos más celebrados de la representación.

Lo mismo ocurre con los dichos y juegos de palabras que recorren la representación, como aquellos utilizados para buscar prometida: «Laurel, que te quiero ver; olivo, que te olvido». Son pinceladas que acortan siglos de distancia y convierten a los personajes históricos en seres próximos y entrañables.

Ahí reside buena parte del encanto de Salvados por las trompetas: en su capacidad para hacer reír sin romper el hilo de la historia.

Los golpes de humor fueron recibidos con entusiasmo por un público que llenaba la plaza. Las risas se sucedieron, pero también los aplausos, que interrumpieron en ocasiones la representación para reconocer el trabajo de los intérpretes.

Los magníficos decorados realizados por Antonio Serrano contribuyeron a crear la atmósfera de la obra, mientras que el vestuario, diseñado por la directora, María Teresa Puerta, aportó color, personalidad y realismo a los personajes. La combinación de ambos elementos y la interpretación consiguió que el público dejara de contemplar un escenario para sentirse dentro de la historia.

Y fue el público de Nigüelas, con su entusiasmo, quien terminó de completar la representación. Cada aplauso parecía dar alas a los intérpretes; cada carcajada les devolvía energía. Se produjo así ese hermoso diálogo que solo puede darse en el teatro: el escenario entregándose al público y el público devolviéndole su emoción.

Después de pasar por Dúrcal, Padul, Almócita, en Almería, y ahora Nigüelas, Salvados por las trompetas demuestra que la historia puede seguir hablándonos cuando se cuenta con imaginación, humor y pasión. Zítora la ha convertido en una experiencia compartida, haciendo que el público conozca, ría y se emocione.

Por todo ello, merece una felicitación especial Antonio Serrano, autor de la obra, por unir historia y humor en un texto muy comunicativo; y María Teresa Puerta, directora y figurinista, por reunir y cohesionar a un grupo humano tan diverso hasta convertirlo en un verdadero equipo teatral. A ella corresponde también el mérito de un vestuario colorista y cuidado.

Y junto a ellos, hay que reconocer el trabajo de todos los actores y actrices. Porque el teatro es un esfuerzo colectivo: horas de ensayo, nervios, aprendizaje y entrega, hasta ese instante mágico en el que todo lo ensayado se convierte en emoción.

También merece una felicitación especial el público de Nigüelas, que llenó la plaza y supo hacer aquello que el teatro necesita: escuchar, reír, emocionarse y aplaudir.

Aquella noche, en la plaza de Nigüelas, las trompetas volvieron a sonar.

Esta vez no para confundir a un ejército enemigo, sino para reunir a actores y espectadores alrededor de una historia compartida. Sonaron también las palabras de nuestra tierra, las expresiones heredadas, las voces de quienes nos precedieron y, de alguna manera, la voz de Araceli, que pervive ahora en el lenguaje de una obra que consigue que el pasado vuelva a caminar entre nosotros.