El eclipse moral de Europa: de Ceuta al Ártico bajo el rodillo de Trump
Europa necesita recuperar la memoria, la dignidad y la confianza en sí misma. No para sustituir un imperio por otro, sino para volver a ser una potencia de derecho, no simplemente una potencia de mercado
Hubo un tiempo en que Europa era un verbo que se conjugaba en futuro, un faro de dignidad esculpido sobre las cenizas de su propia tragedia. Hoy, contemplar la silueta del viejo continente es asistir al espectáculo de una parálisis. Frente al regreso de Donald Trump al tablero internacional, con una política de presión y desprecio por el multilateralismo, las cancillerías europeas parecen presas de un pánico antiguo. Europa, cuna del derecho y libertades, asiste a su propio empequeñecimiento, renunciando demasiadas veces a defender una voz propia.
La debilidad europea no es solo una cuestión de balanza comercial o de cuotas en la OTAN; es también una quiebra del espíritu. Se percibe en el temor con que sus dirigentes encajan las amenazas arancelarias de Washington. Mientras la Administración Trump utiliza la presión económica como instrumento de política exterior, la Unión Europea negocia, contiene la respuesta y retrocede. Se comporta como el rehén que agradece el aire que respira.
Qué pedagógica resulta la comparación con Canadá. Ottawa ha respondido a las medidas arancelarias estadounidenses con sus propios instrumentos comerciales y ha buscado reforzar sus relaciones económicas con otros socios. Allí donde Canadá intenta ampliar sus márgenes de maniobra, Europa parece debatirse entre defender sus intereses y el temor a contrariar a Washington.
Esa orfandad se hace más incómoda cuando miramos hacia nuestras propias fronteras. España ha mantenido una posición firme respecto al uso de las bases militares de Rota y Morón en las operaciones estadounidenses contra Irán. El Gobierno español ha sostenido que no permitirá utilizar esas instalaciones para acciones que no estén amparadas por el convenio bilateral y por la Carta de las Naciones Unidas. Es una posición basada en el principio de que las alianzas no pueden estar por encima del derecho internacional.
Lo desolador es que esa discusión apenas haya provocado una respuesta europea de la dimensión que cabría esperar. Cuando un Estado miembro sostiene que sus instalaciones militares no pueden emplearse al margen de los compromisos jurídicos internacionales, la cuestión no debería ser exclusivamente española. Debería interpelar a una Europa que aspira a hablar con una sola voz en materia de seguridad y política exterior.
Esta desprotección adquiere especial gravedad al observar nuestras fronteras meridionales. La presión permanente sobre Ceuta y Melilla no puede entenderse de forma aislada. Marruecos cuenta hoy con una relación estratégica privilegiada con Washington, entre otras razones por el respaldo estadounidense a su posición sobre el Sáhara Occidental. Ese contexto proporciona a Rabat un margen diplomático que España y Europa no deberían ignorar. Ceuta y Melilla son fronteras españolas y, al mismo tiempo, fronteras de la Unión Europea.
El desmantelamiento del orden internacional que muchos atribuyen a la política exterior de Trump no comenzó ayer. Durante su primer mandato ya vimos decisiones unilaterales que alteraron equilibrios diplomáticos consolidados, como el reconocimiento estadounidense de Jerusalén como capital de Israel y el traslado de su embajada a esa ciudad. Aquella decisión anticipó una concepción de las relaciones internacionales en la que el poder parece pesar más que el consenso: «Estás conmigo o eres mi enemigo».
Bajo esa presión, Europa contempla con impotencia y cautela el drama de Oriente Medio. Pero la sociedad israelí no es monolítica. También dentro de Israel existen voces profundamente críticas con la política de Netanyahu.
Una de ellas es especialmente significativa. Ehud Olmert, antiguo primer ministro de Israel, militó durante años en el Likud —el partido de Benjamin Netanyahu— y formó parte de los Gobiernos de Ariel Sharon. En 2004 ocupaba el cargo de Viceprimer ministro y ministro de Industria, Comercio y Trabajo, gobierno en el que Netanyahu ocupaba el cargo de ministro de Finanzas. Hoy se ha convertido en una de las voces israelíes más críticas con Netanyahu acusando al Gobierno de cometer crímenes de guerra y contra la humanidad.
No es necesario compartir las posiciones de Olmert para escuchar lo que significa que esas críticas procedan del propio corazón político de Israel. Europa debería ser capaz de mantener una posición propia, sin convertir su relación con Washington en una camisa de fuerza diplomática.
El último síntoma de esta dependencia se escribe ahora en la geopolítica ártica. Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia han anunciado un principio de acuerdo que permitirá ampliar la presencia militar estadounidense en la isla y limitar la posibilidad de que países considerados adversarios establezcan allí bases. Pero los detalles del pacto aún no son públicos. Copenhague y Nuuk sostienen que la soberanía danesa y el derecho de autodeterminación groenlandés quedan preservados.
Precisamente por eso Europa debería mirar hacia el Ártico antes de que otros escriban por ella el futuro de esa región. Groenlandia no es una pieza más en el tablero de las grandes potencias. Si el Ártico se convierte en uno de los grandes escenarios estratégicos del siglo XXI, Europa no puede limitarse a contemplar cómo otros deciden las reglas del juego.
Europa no puede permitirse este invierno de la sumisión. Por su historia, por su desarrollo cultural y por haber construido el Estado de bienestar y una parte esencial de la arquitectura internacional de los derechos humanos sobre las ruinas de la barbarie, este continente no puede vivir pendiente de los caprichos de una potencia aliada.
La cuestión no es enfrentarse a Estados Unidos ni romper las alianzas que durante décadas han garantizado la seguridad occidental. Es algo más sencillo y, quizá por eso, más difícil: que Europa sea capaz de tener una voz propia. Porque la sumisión nunca compra la paz; solo aplaza el problema y alimenta el apetito del más poderoso.
Europa necesita recuperar la memoria, la dignidad y la confianza en sí misma. No para sustituir un imperio por otro, sino para volver a ser una potencia de derecho, no simplemente una potencia de mercado.
Y quizá el verdadero peligro no sea que Trump consiga doblegar a Europa. El verdadero peligro sería algo mucho más silencioso: que Europa termine acostumbrándose a vivir doblada.


